domingo 5 de febrero de 2012

Cuestión de confiar


La confianza es, según el diccionario de la RAE, la esperanza firme que se tiene de alguien o algo, y me parece que últimamente juega un rol importante en los diferentes círculos sociales; por ejemplo, cuando sales de paseo, al trabajo, a buscar la cena o la escuela, confías en volver a casa sano y salvo, aun cuando las probabilidades de lo contrario aumentan cada día, y del mismo modo esperas regresar y no encontrarte con malas noticias.

En mi caso, la confianza es una especie de motor que me permite establecer parámetros de compromiso con mis amigos, familia, compañeros de trabajo, alumnos y gente que me rodea; y es que, aunque suelo ser mal pensado (para no errar), no puedo evitar depositar mi confianza en los demás sin más seguridad que la buena fe, con la firme esperanza de algún día recibir el mismo trato.

Una pequeña muestra de los
confiables... Los alumnos, claro...
En mi trabajo sucede lo mismo: confío en mis alumnos. De los que pronto ocuparán las aulas como docentes, espero que hagan su mejor papel: que exijan mejores clases, que alcen la voz con buenos argumentos cuando tengan que hacerlo, que sean buenos lectores y que se transformen en buenos maestros; de los otros, los adolescentes que atiendo por las mañanas, espero que se conviertan en adultos conscientes del esfuerzo que exige su entorno para sobrevivir, que entiendan que lo que hacen sus padres es para su beneficio y que la tarea que nos han encomendado en la escuela tiene que ver con su futuro.

Hace unos días escuché con desaliento a un padre de familia que decía confiar la educación de sus hijos a la escuela, y por más que intentaron explicarle que eso le tocaba a él y que a la escuela sólo era responsable de instruirlo, seguía cada vez más molesto con su misma canción. Lo anterior fue provocado porque en la escuela a donde asisten sus hijos se presentó un caso bullying que había pasado desapercibido por los maestros, hasta que el niño acosado se ausentó de su casa para refugiarse en la de un amiguito. Lo curioso es que los papás se dieron por enterados de la desaparición hasta después de las 22:00 hrs. ¿la culpa es de la escuela?

En otra parte me he enterado de un par de niños de siete años que practicaban sexo oral en el aula mientras la maestra, de contrato, preparaba su celular para grabar en caso de balacera, tal vez con eso le dieran la base o mínimo un premio. En ese caso, que nadie reclama públicamente, sin lugar a dudas la maestra faltó a la confianza depositada en ella, pero el acto tiene su origen en casa de los niños, no es la escuela. Cabe señalar que la profesora perdió el contrato bajo la mayor discreción.

Profesores incógnitos de Secundaria
Hace unos días, tema resonado hasta el desgaste, otra maestra dejó olvidado a un alumno en el salón, hasta el día siguiente que lo encontraron dormido bajo el escritorio. Se ha dicho que lo castigó negándole la salida y que con toda intención puso candado a la puerta para evitar la fuga del pequeño; pero también se ha notado que se trata de una batalla entre televisoras y cualquier cosa que se diga al respecto tiene ya poca credibilidad. Quienes conocen el caso pueden responder: ¿culpa de la escuela?

En mi escuelita han pasado cosas también: una maestra que deja a los alumnos mucho tiempo después de la hora de salida, otra que los encierra con candado para que no se salgan del salón mientras ella se ausenta, otro que les da a leer cuentos que calan en las buenas costumbres familiares de alumnos con inocentes consciencias, y más. Lo más reciente fue una excelente plática sobre las consecuencias de los usos y abusos de las drogas, dirigida por jóvenes rehabilitados y que, por cierto, no representan a ninguna religión, pero que terminaron con cantos y oraciones que tienen origen en alguna religión o creencia religiosa.

Si bien el sentido de la charla fue bueno, incluir oraciones e imposiciones de manos mientras se invita a la reflexión, va en contra del artículo tercero que señala que la educación será laica y, por tanto, se mantendrá por completo ajena a cualquier doctrina religiosa”; allí se faltó a la confianza, no sólo de los padres, sino de la sociedad y de las leyes que nos rigen. Si algún papá hubiera protestado por esto, tengo claro de qué lado me pondría…


Tal vez algunos educadores tengan desviado el camino, tal vez algunos planteles se dirigen a discreción y se regulan conveniencia de las autoridades; tal vez algunos abusamos de la confianza o la usamos para andar en la calle tranquilos; pero lo que nadie puede negar es que mientras algunos tienen confianza, otros salen con fianza. ¿La escuela tiene la culpa?

Hasta luego.

martes 15 de noviembre de 2011

Papalotes


Conocí a mi hermano Joaquín en una piñata infantil. Ambos fuimos invitados porque su papá, el mío y el del festejado eran amigos de años atrás. Sí, suena raro eso de su papá y el mío, cuando hablo de mi hermano; pero somos hermanos porque así lo decidimos, y nos ha funcionado más de treinta años. Recuerdo claramente que ese día nos dimos duro con unos carrizos, simulando que eran espadas, hasta que uno de los dos perdió el suyo. Era, por supuesto, una pelea a muerte, pero honorable. 

Siempre ha sido muy hábil para armar y construir cosas: rompecabezas, modelos a escala y juguetes; fabricaba con triplay aquellos esqueletos de dinosaurios que él mismo recortaba. Del mismo modo, se las ingeniaba para replicar las naves de Star Wars con material reciclable y madera. Para trabajar con sus manos no necesitaba pensarlo mucho, ellas lo hacían por él y lo hacían muy bien. En alguna ocasión se le ocurrió que sería buena idea elaborar papalotes y venderlos a los vecinos; así que con plástico, hilo y varitas de algún árbol comenzamos a hacer los cometas que se vendían como pan caliente, hasta que se le ocurrió la mejor de las ideas: elaborar un papalote de gran tamaño.

Con muchas ganas y gran paciencia planificamos las medidas y los materiales que debían usarse, trenzamos los hilos para que resistieran el viento y conseguimos plástico grueso para que no se rompiera con el viento. La cauda era más larga de lo que podíamos cargar solos, así que pedimos ayuda a los vecinos para transportar los materiales que habrían de formar parte de esa gran proyecto, que una vez en el aire, en la parte más alta de la loma, necesitó de la fuerza de ocho voluntarios para que no se volara.

Lo mejor llegó después cuando, ante el éxito obtenido, nos propusimos hacer un papalote tan grande que pudiera soportar el peso de mi hermano. Con mayor cuidado que con el anterior, se dispuso del plano y los materiales; los niños del barrio asomaban sus cabezas por la reja para ver cómo se construía aquella maravilla que levantaría en vuelo a cualquiera de nosotros. Conseguimos los mejores y más resistentes materiales que pudimos, y con el mayor de los sigilos salimos de la casa para armar los últimos detalles en la loma, muy cerca de lo que ahora llaman Paso del Águila.

Atamos lo brazos de mi hermanito al larguero del papalote y sus pies a la parte baja; la cuerda unía la cruceta y daba una vuelta por el pecho del aventurero para asegurarnos que volviera, en caso de que el viento arreciara. La cola del papalote nos anunciaba la intensidad del viento; nos acercamos al vacío a esperar el momento oportuno, y cuando llegó, un pequeño empujón logró lo que nadie había visto antes… Las manos se tensaron en torno al pasamano que habíamos instalado al final de la cuerda, la quijada de más de uno rechinó de la fuerza que se hizo para apretarla, los ojos de todos se centraron en un punto, de modo que nadie perdía de vista a mi hermano que volaba en picada a una altura de más de diez metros con piedras afiladas cortando el plástico, la cuerda, sus ropas, brazos y piernas. El vuelo terminó cuando su cabeza rebotó por última vez contra el suelo. Apenas llegué junto a él y alcancé a escuchar su pregunta: -“¿Volé?”; y mi respuesta –“¡Con madre!”.

Después de eso perdió el sentido; después de eso no lo volvimos a intentar; después de eso nos castigaron, aunque el mayor castigo fue para él; después de eso, por muchos años, quienes volaban papalotes en ese lugar recordaban al viento al chavo que voló desde ese lugar hasta la parte baja de la loma, y cada vez la historia era más fantástica. Hoy, cada vez que los vientos arrecian, se escucha el sonido de los papalotes en la loma y los gritos de aquellos que intentaron desafiar la gravedad; hoy, con las licencias que me otorga el tiempo y el imaginario, cuento esta historia a mis alumnos para ejemplificar cómo nace una leyenda, y ¿qué creen? Funciona.
Hasta luego.

martes 1 de noviembre de 2011

Hay muertos que no hacen ruido porque andan en alpargatas.

La muerte no pide permiso y me pela los dientes… Andar por allí en estos días suele ser tan peligroso como siempre; la diferencia es que hoy la muerte ronda vestida de Catrina y eso puede ser hasta divertido. Anoche, 31 de octubre, las brujas dominaron el escenario. Las expertas y las novicias reclamaban su lugar en el calendario, como si esto les diera la oportunidad de seguir inmaculadas ante el paso incesante del tiempo. Mañana toca el turno a la muerte, de la que ninguna bruja se salva; aquella que si te descuidas te estira las patas, la que asusta con el petate del muerto, porque pájaro que huye morir de noche cae de mañana, que al fin para morir nacimos.

La muerte en México, más que un pesar, se ha transformado en una tradición… y sí, todos, tradicionalmente morimos, siempre de un jalón hasta el panteón; así, cuando menos se piensa, la muerte llega. Y como dicen que como se vive se muere, debemos estar permanentemente dispuestos a morir en la raya, a cargar con el muerto, o a hacerse el occiso para ver pasar el entierro, o mínimo, para ver el velorio que le hacen. Lo único necesario para recibir la muerte es estar vivo; y cuando llegue todos dirán que el muerto era bueno, aunque haya andado como el diablo en el panteón.

Por eso hay que hacer muchos amigos, porque sin ellos de la muerte no habrá testigos. Se debe tener en cuenta que el tiempo que al vivo le falta, al muerto le sobra, y que a quien Dios quiere para sí, poco tiempo lo tiene aquí; tal vez por eso la muerte nos da risa y se convierte en objeto de burlas contenidas en expresiones con cierta carga de humor negro: está tres metros bajo tierra, fue a ver las flores crecer de abajo, colgó los tenis, se quedó tieso, chupó faros, entregó el equipo, dobló el petate, se lo cargó el payaso, estiró la pata, se petateó, se fue de minero eterno, pasó a mejor vida, se difunteó, que en gloria esté, se fue al viaje sin regreso, caducó.

Y otras: El muerto a la sepultura y el vivo a la travesura; cayendo el muerto y soltando el llanto; el muerto y el arrimado a los tres días apestan; consejos y ejemplos que obligan, los que los muertos nos digan; no le pido pan al hambre, ni chocolate a la muerte; casa hecha sepultura abierta; la viuda entierra al marido y el cura [o el compadre] hace el nido; te asustas de la mortaja y te abrazas al difunto; vale más un cobarde en casa, que un valiente en la cárcel o en el cementerio; y muchas más.

La cercanía de la muerte con el mexicano le otorga un rostro y una personalidad que se presenta, y representa, cada año para convivir con ella, para hablarle de frente, para tutearla, para compartir con ella el pan y el tequila, los dulces y el mole, o aquello con lo que los animados dolientes se caen cadáveres, conscientes de que tarde o temprano habrán de cruzar el umbral que los separa del otro mundo, de que aquí a cien años, todos seremos pelones y tal vez polvo. De allí la importancia de tomar la muerte tan en serio como la vida, de mandarla al diablo mientras la última dure, y tener claro que el asno sólo en la muerte halla descanso para lo cual debemos preguntarnos: si trabajamos para vivir, ¿por qué nos matarnos trabajando?

Si nuestro prójimo comete errores en vida, más vale que apliquemos un poco de filosofía; entender que más vale morirse cagando que pasarse la vida comiendo mierda, y adoptar el viejo adagio que dicta “comer bien, cagar fuerte y no haber miedo a la muerte” porque el estreñido muere de cursos. Las penas no matan, pero ayudan a morir y además morimos de todo y por todo: se muere de risa, de miedo, de calor, de vergüenza, de frío, de hambre, de amor, de coraje, de sueño, de cansancio, de tristeza, de ganas, de dolor, de envidia, por verte, por no verte, por sentir, por insensato, por probar, por ir, por llegar, por callarte, por terminar, por lo que sea o no sea, pero nadie se muere por morirse y quien lo dice sólo es por hablador.

¡En fin! Quien teme la muerte no goza la vida, porque todos nacemos llorando y nadie se muere riendo; así que vámonos muriendo todos que están enterrando de gorra. En nuestra cultura, la muerte, mejor conocida como la Catrina, no tiene edad, ni tiempo, nadie conoce su origen pero sí su destino; en estos días a todos nos da gusto verla, pero en cualquier otra fecha ni nos acordamos de ella. Después de todo, tengo claro que lo último que haré será morirme, porque sólo los guajolotes mueren en la víspera.

Bueno Bai

domingo 25 de septiembre de 2011

Generación

Cargo la fama del decir impertinente, del decir lo que siento sin importar mucho los efectos que eso pueda provocar. Nada más alejado de la realidad. Sí, acepto que pocas veces me guardo aquello que me incomoda y que otras digo lo que pienso –no lo que siento- con poca discreción. ¿Pero qué le hago? Así soy y me tengo que aguantar, aunque en eso se me vaya la lengua. Aprendí lo anterior en el seno de mi familia; la parte materna solía discutir acaloradamente los domingos en la casa de mi abuela. En mi papá siempre observé que más valía ser gritón que agachón, pero que alzar la voz tiene sus pro y contras, según estés entre los que siempre ganan o entre aquellos que pierden algo más que el rumbo.

Otra fuente de aprendizaje fue la generación con la que me formé. Desde pequeño mis compañeros de juegos eran mayores, y la mayoría tenían hermanos más grandes que les heredaban, además de ropa, el gusto por la música, el vestir, el hablar, leer, que también acogí como propio: Credence, Roling’s, Led Zepelling, Janis, Hendrix, las playeras y camisas largas, el buen uso del lenguaje que me caracteriza (chingadamadresosonóchingónmecaecabrónhijo’eputa), y muchas de lecturas de mi febril adolescencia.

Esa generación fue, en parte, la que participó en los diferentes movimientos generados a partir de los 60’s, la que se prendía cuando tenían que secuestrar camiones para quemarlos en los patios de la escuelas de la Uni; la que creía en el Ché y Castro, en Kenedy, Luther King y Malcom X; la que defendía su ideología en el campo, no en la oficina, mientras su ropa se desgarraba por la friega diaria, no sólo en el discurso; la que tomaba lo suyo aunque supiera que se lo quitarían a golpes, si no es que a muertes.

Hoy veo con desaliento que esas luchas, exageradas tal vez, sirvieron para darnos una cómoda libertad de expresión y de acción. Cómoda porque dejaron todo tan tranquilo, que nos desencancharon en la pelea por lo que consideramos justo, aunque también sea exagerado. Nuestros líderes hoy se rodean de gente buena que no sabe pelear, ni pensar, ni aportar; gente que fue entrenada para seguir instrucciones, pero no para decidir en una situación que exija el compromiso; además, es bien sabido que si alguien se atreve a opinar o actuar por sí mismo, corre el riesgo de ser tachado de represor, transgresor, corrupto, malagradecido, irreverente o mínimo como pendejo impertinente.

Lo malo es que de esos somos muchos; lo bueno, es difícil distinguirnos entre la multitud. Lo peor es que no tenemos esperanza: somos parte del gremio y por él nos distinguimos. Nos identificamos por las leyendas en las camisas y las pancartas en la mano, por el cobro seguro y las prestaciones bien logradas que le dan tranquilidad a mi familia, por los discursos preparados en la acera de la improvisación y por los resultados inesperados, que muchas veces rebasan lo planeado y de chiripa salen bien, aunque eso no es garantía, pues no sabemos bien para quién… Aunque de todas formas aplaudimos y seguimos gritando enardecidos –poco convencidos todavía-, sin conocer bien a bien el origen del conflicto -o festejo, según sea el caso-.

Pero vuelvo al origen de esta verborrea terrible. Esa generación con la que me identifico fumaba mota por rebeldía, tenía sexo por diversión y protestaba por lo que consideraba justo, aún a costa de su confort. Mi generación es tibia, pocas cosas reales le apasionan, fuma mota sin disfrutarla, tiene sexo para que no digan que no lo conoce y protesta cuando le indican, porque le enseñaron que es la manera segura de mantener su trabajo.
Amor y Paz.

jueves 8 de septiembre de 2011

Mi tía


Mi tía siempre me ha parecido bonita, dulce y de mano dura. He tenido la oportunidad de demostrarle que mi apuesta está en mi casa, aunque pocas veces lo ha notado porque no entro en su círculo de sobrinos consentidos. Pero eso no me ha importado, sigo en lo mío como se lo prometí cuando me acusó, junto a otros primitos, de alterar el escudo de armas de la familia, agregándole unas manitas al rostro del tío Moy. Su acusación no tenía fundamentos, y entendí que eso hace ella con mucha frecuencia: acusar sin fundamentos, sólo porque su hígado así lo decide. De eso hace trece años.

Mi tía lleva mucho tiempo al frente de la casa. Primero, como la segunda al mando… pero siempre al mando. Durante todo ese tiempo se le ha escuchado y aplaudido, también se le han criticado y recriminado los cambios –algunos buenos- que ha sufrido nuestro hogar. Sus decisiones, muchas veces sólo deseos, se han convertido en órdenes irrestrictas para quienes no quieren cuestionar nada, con la intención de comer un poco más con menor esfuerzo, para los simuladores, para quienes han ocupado un lugar a su derecha.
Cuando le llegó el turno de ser quien dirigiera los destinos de la casa, pareció enloquecer. De un día para otro las cosas cambiaron, adoptó a Marzano como única religión; puso, quitó y volvió a poner árboles en el patio, bueno, primero fueron palmas, pero como se estresaron las cambió por árbolitos, muy bonitos todos ellos; los poderes que otorgó a sus colaboradores del orden fueron ilusorios porque ninguno ha sido capaz de resolver cualquier cosa sin anteponer un desvergonzado “Hay que consultarlo con ella”. Tal vez era la forma de tender la trampa: hacerla culpable de todas las inconformidades ante la mala administración.

Mis quejas me las he tragado muchas veces porque en esta casa aprendí a remojarlas en el café del Chamán, de Cheli o del seven; nadie entre estas cuatro paredes se atreve a quejarse de nada porque si lo escuchan lo joden, y si alguien se atreve a corear la queja del prójimo también es ajustado. Basta recordar el caso del primo Berrones, que gritó fuerte algunas fallas y como nadie hizo nada por solucionarlas, mejor se fue, antes de que le pidieran irse.

Fachada de mi casa

El problema de mi tía fue, desde mi torpe punto de vista, aplaudir las gracias de algunos inquilinos que ahora esperan pacientes el llamado al bat. Esos inquilinos no dejaron nada bueno durante su estancia en la casa, salvo desconfianza y temor entre los posesionarios que invaden el patio, porque si se manifiestan en voz alta corren el riesgo de perder su terrenito, al parecer su único patrimonio, dada la actitud dócil para hacer lo que se les ordena con la mirada, aunque no estén de acuerdo con la instrucción.

Al parecer, a mi tía se le ha olvidado que lo que hoy se le exige, no es más que aquello que antes ha permitido. Para algunos, me cuento entre ellos, es muy difícil entender cómo ayer, antier y antes de eso también, nos era permitido jugar en la sala con la pelota, aunque rompiéramos los jarrones y mancháramos las paredes. Sí, sabíamos que no era muy bien visto por los vecinos, que por cierto hacen lo mismo, pero ¿cómo está eso que ahora ni la pelota nos quiere prestar? No se vale ¡caramba! ¡Qué falta de coherencia y de sensibilidad!

La raza quiere que se vaya, o al menos que deje de administrar la cena, siempre limitada, siempre con un sabor que no corresponde a su apariencia, muchas veces servida con recelo, como si nos quisiera enviar a la cama sin siquiera un vaso de leche en la pancita. Creo que debe irse... cuando la mayoría lo pide, bajo cualquier pretexto, uno debe marcharse antes de permitir que las paredes se descarapelen más por las uñas y dientes que se calvan en ellas en señal de protesta. Creo que debe irse porque de otro modo quienes aún la admiramos nos daremos cuenta de su necedad, que adjudicaremos a una poca vocación de servicio que estoy seguro no existe.

Cuando mi tía se vaya, espero que antes de doce días, la casa volverá a estar tranquila, al menos por unas horas, mientras se decide quién llegará a sustituirla y bajo qué condiciones. Será entonces, y sólo entonces, cuando algunas voces musitarán cuánto extrañan a mi tía, otros dejarán las palabras en su garganta y los más sonreirán con cierta complicidad por haber logrado algo, sin saber qué precisamente, pero algo al fin.

Hasta luego.

lunes 1 de agosto de 2011

Cuentas pendientes

El Meme era un tipo que vivía en el barrio donde crecí. Era mayor que yo, y lo admiraba por su habilidad para dibujar. Siempre he pensado en él como un genio del lápiz y papel que, con un poco de atención y empuje, pudo haber llegado lejísimos en ese arte que muchos envidiamos. En mi caso casi siempre lo buscaba para pedirle que dibujara a algún cartel de Kiss, un superhéroe o la tira que contara la última aventura de alguno de la cuadra.

Los otros de su edad eran muy grandes para juntarse con nosotros, y se notaba que el papá del Meme estaba satisfecho de que su primogénito nos dominara por su edad, estatura y fuerza por lo que, siempre vigilante, se aseguraba de que su vástago fuera quien escogiera equipo o ganara los volados, pues de no ser así lo llamaba a entrar a la casa, hasta que las condiciones cambiaran favorablemente para su heredero.

A mi madre no le gustaba que me juntara con él; no le parecía correcto que un niño se juntara con un muchacho, y menos si este último decía groserías y promovía travesuras sin el menor dejo de sentido común para su edad. La verdad es que no recuerdo las groserías, y las travesuras no pasaban de robarse las frutas de los árboles que tenía papá en el jardín o subirse, cuando no había nadie en casa, a los columpios que nos habían comprado.

Dejé de juntarme con él en mi adolescencia, cuando comencé a salir con muchachas y dejó de caerme bien que siempre quisiera tener la razón -¡um! ¡Hasta parecía profe de español de la Normal!-. Recuerdo que una de las últimas veces que hablamos, me amenazó estrujándome el cuello de la camisa, frente a su orgulloso papá, e intenté darle un cabezazo en su cara con tan mala puntería que fui a dar al suelo. Los que vieron se rieron mucho, hasta que me puse de pie y, también riendo, le solté un golpe en la boca del estómago, a lo que su papá respondió con otra amenaza que contesté con un zapatazo que lo escamó. Fue cuando me di cuenta que yo era más alto que todos los de mi calle.

Años después de ese incidente, el Meme apareció por mi casa con una actitud distinta. Quería hablar conmigo de una cuenta pendiente. Pensé que iba a pelear y le pedí que fuera otro día, que en ese momento estaba ocupado. Me aclaró que no era eso y que podía no haber otro día. Su comentario llamó mi atención y lo escuché. ¾“Fíjate Carín”, así me decían, “que Dios me habló ayer y…”; ¾“¡A la chingada! ¡¿Qué fumas ahora?!”, lo interrumpí, pero mi comentario no tuvo efecto.

Resulta que iba a pagarme unos dólares que me había robado más de diez años atrás. Me dejó sin palabras por un rato y sólo atiné a preguntarle: ¾”¿Te vas a morir, o qué chingados?”, y no se los acepté; en primer lugar porque ni me acordaba; segundo, porque si no me acordaba no me hicieron falta antes; y tercero, si no me hicieron falta de niño, menos entonces que ya ganaba mi lanita, así que le pedí se los entregara a quien le hicieran falta y nos quedamos platicando mucho rato. (Ahora sé que debí pedirle me los guardara pa’ cuando anduviera igual de jodido que hoy).

Cuando no duermo me asaltan los pingos
No sé que hizo con el dinero, pero estaba convencido que había sido Dios el de la idea del rembolso y no él que, según dijo, tampoco recordaba haber tomado mis ahorros. ¿Por qué me acordé de esto? Porque no puedo dormir y tengo muchos pendientes, no sólo de trabajo, sino facturas de vida que no he pagado y que, en noches de insomnio, me asaltan y me estrujan las ideas, como el Meme la camisa. No vaya a ser que sea el Dios del Meme que me quita el sueño para que no me olvide de esas deudas. ¿Cómo vas con las tuyas? ¿Un cigarrito?

¡Bueno bye!

martes 5 de julio de 2011

El Rata... a muchos kilos de distancia.

Ese año no hizo mucho frío. Seguramente estuvimos encerrados un par de días con lo que se pudiera beber... grabamos el audio unos minutos antes y se suponía que debía hacer play back de mi propia canción. A mi lado está Luis Mario (si mal no recuerdo) mientras Alek's graba el vídeo. Napo ha de estar por algún lado; Victor, que no me ha regresado mi libro de Poniatowska, estaba frente a nosotros en una silla del comedor.

No extraño esos días, pero los recuerdo entrañablemente. Nuestra mayor preocupación entonces se asomaba por las noches cuando no había más que hacer, que cantar, que discutir y que tomar hasta caer a la mañana siguiente. 

Las noches no eran ociosas... se montaban verdaderos talleres improvisados de teleteatros que incluían la actuación de vecinos, transeúntes y lo que se dejara; se montaban radionovelas con guiones, espontáneos en los parlamentos, pero bien planeados. Se narraban partidos de futbol inexistentes, con comentarios de cancha, entrevistas con expertos y jugadores... Bueno, sí eran ociosas, pero nos divertían mucho.

La Real Compañía de Teatro Karagöz, dirigida por Jorge 'Camilo' Enderle y empujada por Napo Barrera tuvo sus buenos ratos en el Teatro Monterrey, la Casa de la Cultura y otros lugares... Siempre había qué hacer... Hoy sé que por allí andan todavía porque hace días Alek's visitó este espacio -eso me recordó el vídeo-, porque hace un par de años me los topé en una sucursal bancaria, porque sé que Napo sigue aferrados su sueño de pintar en grande.

La canción se llama El Rata, por si alguien quiere saber. La escribí por ese tiempo y no pasó nada con ella, pero le gustó a mis amigos de entonces; la pagaban con una palmada en la espalda y su silencio que escuchaba o con sus voces que coreaban... Eso se hacía.

Saludos.