miércoles, 11 de octubre de 2017

Caminar entre la niebla. Reseña.

Dejen les cuento que tuve una reunión Alfonso Ramírez, Felipe de Jesús Michel para platicar sobre el libro Caminar entre la niebla, de este último, editado por el Fondo Editorial Nuevo León, sobre su contenido, sobre lo que refleja. Hablamos del título, del personaje que vive como hilo conductor de las historias que contiene el libro, de las anécdotas compartidas, de las similitudes que encontré conmigo, de cómo se construyó el contenido, de su viaje entre la docencia, el servicio y las letras, de lo que sigue para él como autor en sus futuros retos, y otras cosas.

De todo lo anterior, me quedo con algo que he dicho desde que leí esta obra: “Si conoces a Michel, si has hablado con él, cuando lo lees, lo escuchas”. Su voz domina lo que cuenta. Sus gestos, siempre serios, suelen ser coherentes con lo que dice, con lo que quiere decir; pero también deja ver la broma, la mordacidad, la ironía, el cotilleo, la sencillez que suele antojarse falsa si no lo conoces, pero que se sabe honesta con el trato. Pero permítanme hablar del libro…

Caminar entre la niebla, se antoja fresco, ligero en su lectura, claro en sus palabras, rico en imágenes, y delicioso con un café en cualquier tarde, más aún si se comparte su lectura con alguien. En su portada se deja ver un fragmento de Solsticio (1995), de Rosario Guajardo. Se trata de un diseño tenso que no está sujeto a la realidad, y que se desenvuelve evidentemente en una estructura sin planificar. Se basa en las cualidades de los colores y de líneas complicadas que no buscan precisión y que se sobreponen unas a otras, lo que permite establecer un estilo fuerte y vigoroso que abarca la superficie del soporte con un espíritu unificador.

Algo así sucede con las líneas que Michel presenta en sus catorce cuentos: permiten la tensión en algunas de sus historias que facilitan el descubrimiento de la voz narrativa en el personaje que usa como ancla a lo largo del libro; ofrece colores distintos, entremezclados, para otorgar al lector la oportunidad de encontrar el ritmo en una época distante, y distinta a la que se vive hoy, pero cercana en las experiencias narradas; las variantes entre la veracidad y la ficción se unen en una nueva realidad que permite recrear en imágenes la anécdota recurrente; el estilo, que aún busca su propio sello, está marcado por su gracia de contar, la misma que usa cuando se platica con él en los pasillos.

En el primer cuento, nos lleva de la mano a su amor por las letras, al compromiso que carga como profesor; pero principalmente, a la forma en que visualiza en la memoria su primer acercamiento a la lectura, y la necesidad de conocer más allá de lo que su pueblo tenía para ofrecerle. Después, comparte el sueño de muchos y su encuentro con “El Diablo” Velasco, reconocido luchador del pancracio mexicano, maestro de figuras como Mil Máscaras, Satánico, Atlantis, Cien Caras, Mascara Año 2000, entre otros; quien además lo mandó al diablo por falta de hambre.

En el tercer cuento, Instrucciones para nadar, por fin descubrimos al narrador: Benito, que enfrenta la ciudad como puede, y que está dispuesto a dejar su vida -o su muerte- en manos del destino, pero que descubre, en apenas unos segundos, que más vale lo seguro a lo desconocido, aunque esto último sea una promesa atractiva… pero al fin promesa nada más.

A partir de aquí, Benito nos permite ver en su memoria y nos abre un abanico de posibilidades que se hacen presentes en cada historia venidera. Un “cuento bisagra” dice Michel, pero la verdad me parece que es Benito el que dicta lo que sigue y, aunque a ratos puede parecer predecible, se sorprenderán al leer e imaginar junto a su autor cada vuelta de tuerca, cada esquina y escondrijo que aparece en el momento menos pensado, con figuras que saltan a la memoria de quien lee como si fueran experiencias propias.

Si alguien ha vivido la experiencia de ser un estudiante foráneo, seguramente se identificarán con Benito, personaje que se presenta recién llegado a Guadalajara, de Casimiro Castillo, pueblo ubicado a poco más de 200 Km. de la Perla tapatía. Con apenas 14 años, en 1975, época en que se ubican los cuentos. Es un güerquillo, con sus papás lejos, en una gran ciudad; por supuesto que cada cosa que vivencia, lo marca y lo transforma a diario en un Benito diferente, un Benito que sobrelleva cada encuentro y desencuentro como si fuera el último, un Benito que siente cada golpe de vida en la piel, el corazón, la panza y el orgullo.

En el siguiente cuento, Daniela, una de tantas en la vida de Benito, correrá con la mala suerte de perderse en la niebla del recuerdo, igual que la esperanza del protagonista y la fuga del sueño de hacerse de una novia, te dejarán con ese ligero saborcillo a llanto que se atora en la garganta, sin saber exactamente el por qué. En su búsqueda, decidido a encontrarse con alguien que lo quisiera pobre y feo, pero con la consigna de que cumpliera también el requisito de ser igual: pobre y fea, aparece, como un accidente, Claudia. Todo Guadalajara dio cuenta de ese amor y ofreció consejo de qué hacer para llegar a su corazón; otros criticaron su falta de decisión, pero la solución se presentó como una bofetada acompañada de un guiño de la vida que se burla de cualquier cosa.

Una de esas burlas es El asalto de las Valkirias, donde Benito y Michel se unen en ideología y tesón, a lo que hoy llamaríamos necedad y terquedad, origen de mucho de lo que hoy vivimos en la política y buen gobierno. Pero donde se deja ver también, mucho del actuar, del ser, del carácter del autor.

Si alguno ha leído a El rey criollo, de Parménides García Saldaña, hagan de cuenta que el siguiente cuento se inspiró en el mismo ambiente. Tendrán que poner las primeras tres rolas de Led Zeppelin III, de 1970, … y Light my fire, de Doors, para ambientar la lectura, tal vez acompañados de esos pastelillos que se encuentran en algunas tiendas naturistas. Cuando estén en eso, se toparán con sorpresas y desengaños, y entenderán otro sentido de lo que es quedarse como el perro de las dos tortas.

Desde la ventana, es un pasaje desgarrador de la infancia de Benito, del que no diré más porque vale la pena leerlo y entender que la violencia sexual se presenta bajo cualquier máscara, con cualquier pretexto, y con el mismo miedo. En Confabulando, Benito nos comparte esa experiencia ansiosa de toparse con uno de sus ídolos, inalcanzable bajo otras circunstancias, e inalcanzable para él, por caprichos de la naturaleza y el temor de los cómplices de ese fallido encuentro.

En el cuento número once, Xavier hace acto de presencia y se muestra aborrecible, abusivo, prepotente, y mamón, entre una serie de flash backs que llevan a lector de ida y vuelta en los recuerdos de Benito. En La difícil sombra de la infamia, Benito sufre otra transformación frente a Dalilha, tal vez la que marcará el final del ciclo, el que llevará al último encuentro con el narrador, con sus desventuras juveniles que cada vez se tornan más adultas y cercanas a lo que vemos en las noticias; pero lo más grave, pierde el don de la palabra, aquella que lo acompaña desde sus primeras lecturas, desde sus primeros encuentros consigo mismo, con su sueño de ser el que cuenta, con su labor de transmitir el gusto por las letras.

Por último, en Los ojos de Xavier, Michel, no Benito, deja el tono irónico, burlesco, ingenuo del pueblerino que llega a la ciudad para perderse, y nos lleva de la mano por la lujuria perversa, esa que raya en lo vulgar y se adereza con un crimen desatado por locura, que rompe con cualquier esperanza de que ese muchacho se logre.


Estoy convencido de que Caminar entre la niebla es un libro que no tiene desperdicio, que permite un enfrentamiento entre el lector y el autor desde la primera historia. Este Caminar entre la Niebla me permitió conocer a un Michel, que ya conocía de viva voz, en el papel de escritor, en el de tiro al blanco para las escopetas de quienes se juzguen críticos. 

lunes, 3 de abril de 2017

El abuelo, el mío...

Hay un proyecto que me gusta trabajar con mis changos en la secundaria, que trata de elaborar biografías; lo que hago distinto es que, en lugar de hacerla sobre un personaje, como lo sugiere el programa, les llevo a la construcción biográfica de alguno de sus abuelos, hecho que considero importante porque estoy convencido de que debemos tener conocimiento de dónde venimos y el camino que hemos recorrido gracias a quienes nos anteceden.

Mis alumnos se emocionan con su trabajo y, conforme avanzan en la producción, se dan cuenta que hay detalles de la historia de sus propios padres que no conocen y, a su vez, cositas que sus padres desconocen de sus padres, es decir, de los abuelos, ¿qué cosas no?

Para fortuna de mis hijas, por ejemplo, su abuelo –mi papá- siempre habla de su historia; además, hace algunos años escribió una biografía que compartió con nuestra familia y amigos; para mi suerte, la vida de mi abuela paterna no me es del todo desconocida por ese mismo texto que escribiera mi padre; sin embargo, sobre mis abuelos maternos, no conozco casi nada –o nada- de su origen, aunque viví de cerca su partida.

Hace unos días, mientras esperaba a que mi esposa saliera contenta del Oxxo con su café, escuché una canción que, cuando me dedicaba a cantar, se me atoraba en la garganta; ahora que me topé con esa historia de nuevo, como auditorio, no me fue posible oír siquiera sus compases sin evitar el nudo en la garganta y alguna lagrimilla rebelde que se evaporó al tocar mis pestañas. No, la canción no trata de mi abuelo, pero sí de uno, que según la historia, llegó de lejos porque sus oportunidades en su tierra se acabaron y, al llegar a esa nueva patria formó su familia y el trazo del camino que anduvo hasta el fin de sus días, cuando le pidió a su nieto que volviera a su terruño a avisar que había dado todo en otro lugar.

No sé, porque nunca lo hablamos, los motivos de mi abuelo para dejar Agujitas, Coahuila, pero supongo que su trabajo en las minas no le permitiría hacer lo que hizo en su vida; tampoco sé cómo conoció a mi abuela, no me lo quiso contar; ni sobre su primer matrimonio, del que tengo entendido enviudó y le dejó dos hijos que acogió mi abuela como propios; tampoco conocí el origen de su oficio, pero también lo viví cercano; me contó cómo dejó de fumar y por qué caminaba todas las mañanas hasta el mercado de abastos, por qué no hacía coraje y cómo evitaba decir maldiciones. Esto último no lo aprendí… ni lo primero tampoco.

Recuerdo que mi viejito lloraba sin que nadie se diera cuenta, a menos que le conocieran; el puchero era su gesto. Recuerdo el último día de mi estancia en su casa, después de casi un año de acompañarlo: Había cobrado mi primer cheque como promotor cultural y decidí, después de feriarlo, dárselo. No quería aceptarlo, pero después de escuchar mis razones no tuvo otra opción y lo tomó, no sin soltar dos o tres lagrimillas con sus respectivos pucheros. Cuando se fue, según me contó mi madre, tenía guardado ese dinero en un sobre, junto al talón de cheque que también le entregué.

No es que lo extrañe, en serio; sino que me parece que no platicamos lo suficiente de todo, aunque hablamos mucho.

                                               Y el abuelo entonces, cuando yo era niño, me hablaba (…) del                                                 viento del norte, de la vieja aldea y de sus montañas. Le gustaba tanto recordar las cosas que llevo grabadas muy dentro del alma...

Bueno bai.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Lo que leo lo aprendí del Profe.

Siempre comparto con mis alumnos mi afición por la lectura y la forma en que me acerqué a ella. Les digo que cuando niño sorprendí muchas veces a mi madre leyendo en su cuarto un libro que curiosamente guardaba en el toallero de su closet, lo cual me daba curiosidad porque ¿qué podía leer ella a escondidas si todos los libros de la casa –que eran muchos- estaban siempre a la vista de todos?Lo ponía cada que vez que la sorprendía, arriba donde yo no alcanzaba a verlo. Un día, cuando salió con mi papá, entré a su cuarto y, escalando por los cajones y entrepaños, llegué a asomarme apenas entre las toallas y descubrí el misterio.


Efectivamente era un libro, sin monos, puras letras… y muchas porque hasta me pareció un libro muy gordo. En su portada aparecía una muchacha semi-desnuda, llorando en lo que parecía el piso de una regadera. Yo apenas tenía siete años, tal vez ocho. La portada despertó mi curiosidad morbosa, además del título, y comencé la lectura de la novela en cuestión. Cada vez que papá y mamá salían de casa, yo entraba a la misma habitación, subía a los mismos escalones improvisados, y me sentaba a leer con toda la calma que ofrece lo prohibido esas líneas que mamá me ocultaba. Entonces ese libro era para adultos, ahora ese libro se encuentra en la biblioteca escolar de las secundarias.

Lo que pocas veces cuento, aunque no es algo que oculte, es mi afición por los cómics y la parafernalia que les rodea. Gracias a ellos me acerqué a la verdadera literatura y a las grandes historias que hoy, muchos de mis contemporáneos ni siquiera han soñado leer, mucho menos lo han intentado; sin embargo, muchos de mis compañeros de trabajo, la mayoría más viejos que yo, cuentan que eran sus lecturas de cabecera cuando niños o jóvenes. Incluso, en ocasiones, muchos de ellos apenas han descubierto lecturas, si no libros, que yo leí cuando era estudiante de secundaria.

La Iliada y la Odisea, La guerra de los mundos, La vuelta al mundo en 80 días, Tarzán, Historia de dos ciudades, Los hermanos Karamasov, Crimen y Castigo, El quijote, Frankenstein, Drácula, Romeo y Julieta, La fierecilla domada, Hamlet, Marianela, algunos cuentos de Poe, poemas de Byron, obras de Conan Doyle y Robert E. Howard, así como muchas, muchas más, fueron mis lecturas serias, si así se les quiere llamar, gracias a las historietas que me llevaron a las obras completas en sus versiones originales.

Mis lecturas entonces se daban a diario, un poco como ahora, pero con una disciplina mayor porque tenía claro que tenía mucho por leer. Todos los días, después de hacer tareas, por casi seis años, me sentaba en el resquicio de la puerta de la sala o de la cocina, en la cama, en el piso de la sala, en el baño, en el patio y en la calle misma a leer lo que se atravesaba. Lo curioso es que rara vez era en mi casa, salvo cuando me llevaba “lonche” para el fin de semana –entre siete y diez libros de cómics de cualquier cosa que me interesara-.


Las lecturas las hacía en la casa de mi hermano, mientras él y el resto veían televisión, mientras todos dormían o merendaban, mientras los demás jugaban a lo que fuera en la calle. Ellos vivían con esos libros en su casa, yo los tenía prestados a diario. Los leí todos. Imaginen una casa donde todo lo que la amueblaba eran estantes con libros; cada gabinete, cada puertita de mueble, cada repisa, trastero o mostrador –menos en la cocina-, era un escondrijo de libros, de revistas, de historietas. Miles y miles de libros organizados, uno junto al otro, por fechas, títulos, temas, colecciones, editoriales, dibujantes, escritores, ¡era una locura! Sobre todo para alguien de apenas trece años.

El dueño de todo eso me permitía manosear los libros a diestra y siniestra, me sabía responsable y cuidadoso de sus tesoros, mis tesoros también. Después de la lectura eran largas horas de platicar sobre cosas relacionadas con lo leído, cosas que dictaban las siguientes lecturas de los próximos días. Más locura, sí. El profe, así le decía, me atendía igual que a sus hijos, platicaba igual conmigo que con ellos, me trataba del mismo modo que a mi hermano Joaquín, Ángel, Paco, Nelly y Nancy… ellos eran su adoración, yo era el colado, el que siguió su tradición de coleccionista.

El profe se fue hace casi una semana y con él se llevó nada, al contrario, nos dejó mucho… a mis hermanos postizos sus cosas, su nombre, su sentido del humor; a mí, la lectura y una buena parte de mis aficiones y mi profesión. Hasta pronto Profe. Ya seguiremos platicando de superhéroes.



Hasta pronto a todos.