Cuando llegué a la Normal, no recuerdo en que año, su nombre
resonaba en los pasillos junto a otros que me parecían igual de importantes:
Garma, Chiu, Rogelio Reyes y el de él, Enrique Varela. Cada uno de ellos tenía
una fama que defender, Varela la de un lector que exigía formar lectores, a
partir de sus propias lecturas, sus referentes literarios que correspondían a
un gusto propio y que, me parece, le eran cómodos, además de conocidos.
En su clase leímos, entre otros, a Swift, Shakespeare, Kipling,
Goethe, Flaubert y otros que se me escapan de la memoria; se trataba de lectura
obligada semanal, es decir, una obra por semana, con su respectivo análisis
desde el enfoque histórico y literario, con las implicaciones que eso podía
tener, particularmente para quienes no tenían desarrollado el hábito de la
lectura lo cual no era mi caso. En cuatro frecuencias por semana, nos alcanzaba
para comentar lo leído y lo escrito, para discutir nuestros puntos de vista
frente a los suyos, para exponer nuestros argumentos y confrontarlos con otros
y perfilarnos para la siguiente pieza literaria que guardaba una relación,
aunque fuera débil, con la anterior, hasta tejer una historia mayor.
Por supuesto Varela era el terror de mis compañeros y, a
ratos, el mío también; era rígido en su evaluación, ácido en sus comentarios y
buen conversador, si le gustaban los argumentos. Después, visité la secundaria
en la que era director, para hacer mi práctica docente, porque era la escuelita
que me quedaba más cerca de mi casa; nunca imaginé que tiempo después compartiría
con él en la misma zona escolar, tiempo en el que aprendí más que en esa desafortunada
práctica y, justo antes de concluir los cuatro años de licenciatura, me apoyó
con una publicación, como Consejero Editorial, en la que tenía cancha libre
para hacer cosas que me parecían interesantes, hasta que la historia de Paradoja
y “el Jefe” Valera, nos alcanzó para que la revista fuera suspendida.
Al concluir esa formación docente inicial, Varela se
convirtió en mi compañero docente en la Normal; ya no era mi terror, sino el de
otros, y podíamos hablar de igual a igual de libros y publicaciones por las que
compartíamos el gusto. Su postura siempre fue de ser superior, aunque sé que
solamente era eso, una pose pública que debía mantener el mayor tiempo posible;
su frase “A partir de este momento me convertiré en la peor de sus pesadillas”,
dirigida a sus alumnos, ahora me quedaba clara y, aunque no la compartía,
muchas veces otros compañeros me recriminaban haber adoptado esa frase para mi
actuación.
Pocas veces tuvimos desacuerdos, en muchas ocasiones
coincidimos en la apreciación de algún hecho detectado entre los alumnos que
compartíamos y en otros momentos, pocos, pero significativos, fuimos cómplices
para tirar carrilla a Arellano, Chiu y hasta a Gilberto Garza. En los últimos
años, su impresión hacia mi persona se hizo distinta, creo que me veía como a
uno de esos alumnos que casi te alcanzan, o al menos lo intentan, al menos eso
me hacía sentir, con el hálito de respeto con el que platicaba conmigo, con los
comentarios cercanos, casi íntimos, que se tienen entre profe y alumno, con la
confianza de reclamar y atender inquietudes que compartimos en torno a la tarea
adoptada al interior de nuestra Normal.
Lo identifico como un Profe bueno, uno de los que se
arremangan la camisa para agarrar el gis y se quitan el saco para actuar su rol
docente; lo identifico como un Profe bueno porque escuchaba a sus alumnos y
discutía sus ideas como uno más, sin mayor autoridad que la del profe que sabe,
el que ha caminado por otros caminos, el que quiere dar más, aunque no sepa
cómo hacerlo, porque no es su estilo, su personaje, su modo…
Varela deja un hueco en la Normal, justo cuando se necesita
mayor atención a la formación docente, en el ámbito de la lectura, en el
compartir experiencias, en lo que él sabía y se lleva a donde quiera que vaya.
Descanse, como sea que lo haga, Enrique Varela Bueno, mi profe bueno.
Bueno bai