domingo, 7 de julio de 2013

Mi chaparra

Hace poco era mi bebé y, aunque sigue siendo mi niña, ya no la mareo tan fácil en los traslados como cuando la recogía de la guardería cantando para que no llorara en el camino. Hace unas horas, 18 años atrás, nació la que verdaderamente me quita el sueño con los suyos; la cosa no estaba fácil entonces, menos que ahora, pero su madre me dio ese obsequio que hoy atesoro junto a mis otros dos regalos que me cuestan, muchas veces, más que el solo acto de dormir.

Esa noche, del seis al siete, no dormí. Hacía un calor de los mil diablos y me quedé afuera de la clínica hasta que me dijeron que todo estaba bien y que la vería hasta unas horas antes de recogerla. Llegada la hora, me escurrí entre los pasillos atiborrados de gente, entre olores mezclados de formol y enfermo, entre montones de sábanas sucias olvidadas por alguien en los corredores también llenos de camillas y ruidos que se confundían con gritos y quejumbres.

La mamá brillaba y el bulto, más parecido a un tamal que a una niña, me llegó a los brazos con la misma intensidad del juego eterno del “piensa rápido”; la desaté para verle las manos y los pies, para asegurarme que era niña y para aprender a anudarla de nuevo como minutos antes lo hiciera la enfermera. Desde entonces, 18 años han pasado y en el camino hemos compartido casi de todo. Debo decir que, en buena medida, ella influyó para que hoy me dedique a lo que me dedico, para desgracia de muchos, en ocasiones de ella misma.

Me acompañaba a la Normal y atendía la oficina del Consejo Estudiantil mientras estaba en clase, con apenas dos años de edad; se presentó sola a mi entonces directora y demostraba la confianza de quien tiene su futuro en las manos, parecía que nada la detendría, y ha demostrado, hasta ahora, que así será. Siempre abierta al diálogo cuando tiene algo que decir, busca la forma más diplomática de convencer, y tal vez debido a que conmigo no siempre le funciona busca entre sus recursos la mejor manera de llevarme a donde quiere bajo sus condiciones, a lo que yo me desentiendo como si realmente no supiera lo que pasa.

Los rasgos físicos son de su mamá, pero los gestos y gran parte de su carácter son míos, aunque no le guste aceptarlo, sobre todo aquello que ella misma llama “estreñimiento emocional”, que finalmente no deja de ser en ambos una máscara para proteger lo más íntimo que traemos cargando, pero que a la primera de cambio se oculta para dejar salir a flote, entre dientes y a ojos cerrados para no ver que nos ven, una palabreja acompañada de un golpecito; un abrazo, de una palmada o el asentimiento, de una sonrisa cómplice que muchas veces dice más que cualquier conjunto de letras articuladas.


No lo digo, ni lo diré, con frecuencia, pero quienes me conocen saben que la idea me acompaña siempre: día y noche, tarde y temprano, horas y minutos, dormido y despierto, con amigos y sin ellos… Es más, no lo diré ahora tampoco porque ¿qué les importa? Eso es algo entre mi hija y yo; además, ¿qué puedo decir de manera objetiva sobre la mayor de mis chaparritas?

martes, 11 de junio de 2013

Mis hermanos...

Frente a mis amigos en no pocas ocasiones me refiero a mis hermanos como si lo fueran en verdad, y la verdad es que sí lo son, pero no hermanos comunes como aquellos con los que llegan tus papás un día y te dicen “Es tu hermano”, o hermana, según sea el caso, no. A mis hermanos yo los elijo y creo haber corrido con la fortuna de haber sido electo por ellos también.

Dos de ellos, los de más antigüedad son Joaquín y Carlos. En ellos he visto crecer muchas veces la pasión por lo que hacen y por aquello en lo que creen; de mismo modo creo que han visto en mi persona, en más de una oportunidad, las altas y las bajas por las que he pasado, pero primordialmente creo que entre los tres hemos encontrado esos ratitos de encuentro y escape que siempre hacen falta en diferentes etapas de nuestras vidas.

No se ha tratado nunca, al menos entre nosotros, de ocultar algo o engañarnos con algo. Estoy seguro que tenemos la confianza suficiente para compartir lo bueno y lo malo, lo que sentimos, lo que decimos y, por qué no, hasta lo que hacemos. Entre los tres nos permitimos regañarnos, aconsejarnos y hasta burlarnos cuando la circunstancia lo amerita. Nos preocupamos unos por el otro y ese otro por el resto de los tres. Si bien es cierto que por ratos largos nos perdemos de vista, nadie puede decir que estamos alejados, porque siempre estamos en comunicación, al pendiente de lo que nos pasa en casa, el trabajo o con los mismos amigos.

Mis hijas y los hijos de Joaquín, aunque no el de Carlos por cuestiones que escapan de las manos de mi hermanito, saben que tienen tíos que no son más tíos que los que ya tienen, pero que están dispuestos a saltar en el momento necesario para hacer lo que se tiene que hacer por ellos. Tal vez, con el tiempo, la relación existente entre los sobrinos y nosotros se rompa, pero puedo afirmar que tal cosa no podría suceder entre los tres.

Tenemos mucho en común: la bohemia, plática rica, revistas, juegos, películas y aventuras que nos mantienen ocupados las más de las veces que logramos reunirnos, porque pocos pueden creer lo que hemos pasado juntos, desde pasar horas enteras leyendo, hasta compartir novias; desde una simple tarde de cocina, hasta un maratón de tres a siete días tirados a la perdición y el vicio; de una tarde creativa escribiendo, cantando o dibujando, hasta una de aquellas en las que lo más importante era adivinar el final de alguna serie de televisión o película que hemos visto una y otra vez, como si pudiera cambiar algo de ésta.

Pocas cosas disfruto tanto como ver la cara de mi esposa o de mis hijas cuando escuchan las historias que cuento de mis hermanos, en boca de ellos mismos, protagonistas incansables de mis aventuras juveniles, porque los relatos son los mismos, porque todos somos héroes en esos cuentos, porque muchas veces suenan a invenciones exageradas (muchas sí lo son, pero así suenan más divertidas) de mentes alcoholizadas o febriles que buscan atención para convertirse en el centro de la noche.

De lo anterior, ya lo dije en otro espacio, mi esposa y ahora mi hija mayor, aseguran que muchas de nuestras historias son cosas que hace años acordamos contar, cuando se dieran esos momentos para los relatos, cuando la ocasión permitiera intercambiar narraciones, pero ¿cómo hacer tal cosa? No hay manera, al menos no alguna que pueda revelar aquí.
Hasta luego

miércoles, 15 de mayo de 2013

Grupos


En los últimos meses los maestros hemos estado en la palestra de los medios y en boca de quienes no tienen idea de lo que realmente implica la labor que llevamos a cabo. Tal vez tengan razón, porque no tienen la obligación de saber lo que hacemos cada día y porque por culpa de unos cuantos que destrozan, con su paso y sus actos, la imagen que tratamos mantener quienes estamos interesados en hacer las cosas bien para beneficio de los niños y jóvenes que atendemos, nos catalogan a todos por igual.

La verdad, igual que muchos de mis compañeros del gremio, me preocupa todo lo que se maldice de la Reforma al artículo tercero, pero también me alienta saber que estamos más cerca de clarificar las reglas del juego para quienes queremos seguir este camino y para aquellos que pretenden iniciarlo. Lamentablemente algunos de estos últimos siguen en las formadoras de docentes por las razones equivocadas: la “seguridad” que ofrece este trabajo, aunada a los periodos vacacionales y bonos que les acompañan, entre otras cosas que se dicen en las aulas y confirman quienes están en proceso de formación.

Por mi parte llevo casi trece años intentando diariamente trasmitir la pasión que siento por mi trabajo en la Normal Superior, y en ese corto tiempo he compartido con alumnos de todas las especialidades que ofrece la licenciatura, en diferentes asignaturas; pero donde echo toda la carne al asador, donde más aprieto y la que más disfruto, es mi especialidad: Español. Desde esa trinchera he visto cómo llegan chavos que buscan qué aprender y salen verdaderos docentes a quienes me gustaría toparme después como mis propios maestros; pero también he sido testigo de lo contrario: la indolencia, la apatía, la negatividad ante cualquier cosa, la exigencia de atención para despreciarla y, por supuesto, a cambio de nada.

Desde el semestre pasado atiendo dos grupos de mi especialidad; nada más distinto entre grupos que, se puede suponer, comparten intereses de formación. Uno de ellos pregunta todo, lo mínimo y lo máximo, lo cual hace pensar que no entienden al mismo ritmo de los grupos de generaciones anteriores, pero que se empeñan en quedar bien con sus maestros con el esfuerzo reflejado en sus trabajos, que si bien no son los mejores, al menos denotan las ganas de hacer las cosas bien, con cierto grado de organización y complejidad que muchas veces los sobrepasa.

El otro grupo, apenas pone atención a las instrucciones por estar con la cara metida en sus pantallas, con el pretexto de que así toman nota de la clase; creen ser muy buenos en lo que hacen, cosa que no dudo pero que no demuestran. Cualquier cosa que se les encargue es motivo de queja y antes de visualizar la ganancia que les puede traer el desarrollo de tal o cual actividad o tarea, ponen toda su concentración en las fallas que pueda tener y el valor que se le otorgará en su calificación para decidir si vale la pena cumplir o brincarse el esfuerzo. Lo peor de todo, es que los pocos que verdaderamente dicen tener ganas de hacer bien las cosas, lo hacen a escondidas del resto del grupo para no ser tachados de traidores, lo cual demuestra que el grupo mismo es consciente de su mediocridad disfrazada de soberbia.

Nunca me había tocado trabajar con grupos pares tan distintos, y sé que mis compañeros tampoco. Me queda claro que tarde o temprano llegará la prueba de fuego para cada uno de estos alumnos, y que en ésta algunos se quedarán entrampados; sólo espero que quienes logren avanzar al siguiente nivel sean los que tienen verdadera vocación, los que tienen bases firmes para la docencia, los que tienen claro que el magisterio es una forma de vida y no sólo un trabajo, los que tienen verdaderos deseos de servir a sus alumnos, aunque éstos últimos no estén interesados en los que sus maestro tienen que compartirles, los que quieran fortalecer la imagen idealizada del buen maestro.

Hasta luego.