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viernes, 11 de septiembre de 2015

Lo que leo lo aprendí del Profe.

Siempre comparto con mis alumnos mi afición por la lectura y la forma en que me acerqué a ella. Les digo que cuando niño sorprendí muchas veces a mi madre leyendo en su cuarto un libro que curiosamente guardaba en el toallero de su closet, lo cual me daba curiosidad porque ¿qué podía leer ella a escondidas si todos los libros de la casa –que eran muchos- estaban siempre a la vista de todos?Lo ponía cada que vez que la sorprendía, arriba donde yo no alcanzaba a verlo. Un día, cuando salió con mi papá, entré a su cuarto y, escalando por los cajones y entrepaños, llegué a asomarme apenas entre las toallas y descubrí el misterio.


Efectivamente era un libro, sin monos, puras letras… y muchas porque hasta me pareció un libro muy gordo. En su portada aparecía una muchacha semi-desnuda, llorando en lo que parecía el piso de una regadera. Yo apenas tenía siete años, tal vez ocho. La portada despertó mi curiosidad morbosa, además del título, y comencé la lectura de la novela en cuestión. Cada vez que papá y mamá salían de casa, yo entraba a la misma habitación, subía a los mismos escalones improvisados, y me sentaba a leer con toda la calma que ofrece lo prohibido esas líneas que mamá me ocultaba. Entonces ese libro era para adultos, ahora ese libro se encuentra en la biblioteca escolar de las secundarias.

Lo que pocas veces cuento, aunque no es algo que oculte, es mi afición por los cómics y la parafernalia que les rodea. Gracias a ellos me acerqué a la verdadera literatura y a las grandes historias que hoy, muchos de mis contemporáneos ni siquiera han soñado leer, mucho menos lo han intentado; sin embargo, muchos de mis compañeros de trabajo, la mayoría más viejos que yo, cuentan que eran sus lecturas de cabecera cuando niños o jóvenes. Incluso, en ocasiones, muchos de ellos apenas han descubierto lecturas, si no libros, que yo leí cuando era estudiante de secundaria.

La Iliada y la Odisea, La guerra de los mundos, La vuelta al mundo en 80 días, Tarzán, Historia de dos ciudades, Los hermanos Karamasov, Crimen y Castigo, El quijote, Frankenstein, Drácula, Romeo y Julieta, La fierecilla domada, Hamlet, Marianela, algunos cuentos de Poe, poemas de Byron, obras de Conan Doyle y Robert E. Howard, así como muchas, muchas más, fueron mis lecturas serias, si así se les quiere llamar, gracias a las historietas que me llevaron a las obras completas en sus versiones originales.

Mis lecturas entonces se daban a diario, un poco como ahora, pero con una disciplina mayor porque tenía claro que tenía mucho por leer. Todos los días, después de hacer tareas, por casi seis años, me sentaba en el resquicio de la puerta de la sala o de la cocina, en la cama, en el piso de la sala, en el baño, en el patio y en la calle misma a leer lo que se atravesaba. Lo curioso es que rara vez era en mi casa, salvo cuando me llevaba “lonche” para el fin de semana –entre siete y diez libros de cómics de cualquier cosa que me interesara-.


Las lecturas las hacía en la casa de mi hermano, mientras él y el resto veían televisión, mientras todos dormían o merendaban, mientras los demás jugaban a lo que fuera en la calle. Ellos vivían con esos libros en su casa, yo los tenía prestados a diario. Los leí todos. Imaginen una casa donde todo lo que la amueblaba eran estantes con libros; cada gabinete, cada puertita de mueble, cada repisa, trastero o mostrador –menos en la cocina-, era un escondrijo de libros, de revistas, de historietas. Miles y miles de libros organizados, uno junto al otro, por fechas, títulos, temas, colecciones, editoriales, dibujantes, escritores, ¡era una locura! Sobre todo para alguien de apenas trece años.

El dueño de todo eso me permitía manosear los libros a diestra y siniestra, me sabía responsable y cuidadoso de sus tesoros, mis tesoros también. Después de la lectura eran largas horas de platicar sobre cosas relacionadas con lo leído, cosas que dictaban las siguientes lecturas de los próximos días. Más locura, sí. El profe, así le decía, me atendía igual que a sus hijos, platicaba igual conmigo que con ellos, me trataba del mismo modo que a mi hermano Joaquín, Ángel, Paco, Nelly y Nancy… ellos eran su adoración, yo era el colado, el que siguió su tradición de coleccionista.

El profe se fue hace casi una semana y con él se llevó nada, al contrario, nos dejó mucho… a mis hermanos postizos sus cosas, su nombre, su sentido del humor; a mí, la lectura y una buena parte de mis aficiones y mi profesión. Hasta pronto Profe. Ya seguiremos platicando de superhéroes.



Hasta pronto a todos.

martes, 11 de junio de 2013

Mis hermanos...

Frente a mis amigos en no pocas ocasiones me refiero a mis hermanos como si lo fueran en verdad, y la verdad es que sí lo son, pero no hermanos comunes como aquellos con los que llegan tus papás un día y te dicen “Es tu hermano”, o hermana, según sea el caso, no. A mis hermanos yo los elijo y creo haber corrido con la fortuna de haber sido electo por ellos también.

Dos de ellos, los de más antigüedad son Joaquín y Carlos. En ellos he visto crecer muchas veces la pasión por lo que hacen y por aquello en lo que creen; de mismo modo creo que han visto en mi persona, en más de una oportunidad, las altas y las bajas por las que he pasado, pero primordialmente creo que entre los tres hemos encontrado esos ratitos de encuentro y escape que siempre hacen falta en diferentes etapas de nuestras vidas.

No se ha tratado nunca, al menos entre nosotros, de ocultar algo o engañarnos con algo. Estoy seguro que tenemos la confianza suficiente para compartir lo bueno y lo malo, lo que sentimos, lo que decimos y, por qué no, hasta lo que hacemos. Entre los tres nos permitimos regañarnos, aconsejarnos y hasta burlarnos cuando la circunstancia lo amerita. Nos preocupamos unos por el otro y ese otro por el resto de los tres. Si bien es cierto que por ratos largos nos perdemos de vista, nadie puede decir que estamos alejados, porque siempre estamos en comunicación, al pendiente de lo que nos pasa en casa, el trabajo o con los mismos amigos.

Mis hijas y los hijos de Joaquín, aunque no el de Carlos por cuestiones que escapan de las manos de mi hermanito, saben que tienen tíos que no son más tíos que los que ya tienen, pero que están dispuestos a saltar en el momento necesario para hacer lo que se tiene que hacer por ellos. Tal vez, con el tiempo, la relación existente entre los sobrinos y nosotros se rompa, pero puedo afirmar que tal cosa no podría suceder entre los tres.

Tenemos mucho en común: la bohemia, plática rica, revistas, juegos, películas y aventuras que nos mantienen ocupados las más de las veces que logramos reunirnos, porque pocos pueden creer lo que hemos pasado juntos, desde pasar horas enteras leyendo, hasta compartir novias; desde una simple tarde de cocina, hasta un maratón de tres a siete días tirados a la perdición y el vicio; de una tarde creativa escribiendo, cantando o dibujando, hasta una de aquellas en las que lo más importante era adivinar el final de alguna serie de televisión o película que hemos visto una y otra vez, como si pudiera cambiar algo de ésta.

Pocas cosas disfruto tanto como ver la cara de mi esposa o de mis hijas cuando escuchan las historias que cuento de mis hermanos, en boca de ellos mismos, protagonistas incansables de mis aventuras juveniles, porque los relatos son los mismos, porque todos somos héroes en esos cuentos, porque muchas veces suenan a invenciones exageradas (muchas sí lo son, pero así suenan más divertidas) de mentes alcoholizadas o febriles que buscan atención para convertirse en el centro de la noche.

De lo anterior, ya lo dije en otro espacio, mi esposa y ahora mi hija mayor, aseguran que muchas de nuestras historias son cosas que hace años acordamos contar, cuando se dieran esos momentos para los relatos, cuando la ocasión permitiera intercambiar narraciones, pero ¿cómo hacer tal cosa? No hay manera, al menos no alguna que pueda revelar aquí.
Hasta luego