viernes, 20 de marzo de 2026

Una más, uno menos...

 El primer profe que me enfrentó a la literatura en la Normal, fue Carlos Omar; con él me permití descubrir que literatura es más que leer, llevar al texto a otro nivel, confrontarlo con la realidad, la nuestra… No estoy seguro si era literatura mexicana, pero sí recuerdo lo leído: Juan Pérez Jolote, Los de abajo, algunos cuentos de El llano en llamas y otros más que conservo en copias y en originales que pude comprar después.

Tengo presente -de hecho, lo referí hace poco- una corrección conceptual que me hizo frente a mis compañeros, acto que me provocó vergüenza y un aprendizaje que no se me olvida… Me corrigió con mucho respeto y cuidado de sus palabras para no hacerme sentir mal en mi primera intervención en clase y, a partir de ese momento, no dejé de participar, aunque no me tocara ser el expositor en turno. Fue la única clase que me dio; después de eso se internó en la vida sindical y, unos años después, fue nombrado Secretario General del sindicato que me cobija en la Escuela Normal Superior.

Concluí la licenciatura y fue él mismo quien firmó la propuesta para que ingresara a esta escuela como contrato en un verano para, posteriormente, incorporarme por concurso a cursos regulares. Después supe, por palabras de quien fuera director de la misma institución, que eran cuatro los que se colgaban la medalla de mi ingreso a Regulares, entre ellos él; lo que sí sé de cierto, es que él volvió a firmar, después de mi defensa, mi ingreso a la Normal. Poco lo vi mientras estuvo en la dirigencia sindical, pero siempre estaba rodeado de otros profes, unos ruidosos y otros ásperos, pocos amables, pero siempre con gente.

Él escuchaba, siempre atento, siempre cortés, sin juicios predispuestos al aire, paciente, considerado. Yo solía llamarlo amigo, aunque no lo fuimos… no nos dejamos, no coincidíamos en carácter y preferimos guardar distancia antes de entrar en detalles por diferencias marcadas de opinión. Nunca cuestionó mi actuar, pero yo sí el suyo; nunca reclamó mis palabras y yo sí sus silencios… siempre me consideró muy chavo frente a él, irreverente, y es que tal vez nunca dejó de considerarme su alumno que se negó a aprenderle… no lo sé.

Lo que sí no puedo negar, y eso lo agradezco, es que haya sido mi profe, que me haya dejado en vergüenza frente a mis compañeros (ya dije que aprendí de eso), que haya aceptado mi ingreso dos veces a esta escuela que tanto quiero… -En eso coincidimos… los dos queremos esta escuela… él lo hizo patente con el himno que nos identifica, yo lo sigo intentando con mi trabajo en las aulas…-; le agradezco el saludo y sus felicitaciones en cada cumpleaños, que ni yo tengo presente. Le agradezco su sentido humano y su paciencia conmigo… Gracias… Maestro-amigo-compañero… luego seguiremos discutiendo por mis comentarios impertinentes y tu poca tolerancia a mis malos chistes… Brillen luces de paz y esperanza, vibren notas que exalten tu honor...

Bueno, bai.

viernes, 28 de marzo de 2025

Un profe bueno

He decidido tomar el título de un artículo que leí hace ya muchos años que trataba de describir a un médico pediatra que me atendió en la infancia, justo un día después de su muerte, y lo he cambiado porque, si bien no conocí en el plano personal al profe que aquí intentaré describir, sí puedo reconocer su labor como docente, formador de docentes y un poco como directivo de una secundaria que pertenecía a la zona escolar donde trabajé poco más de trece años.

Cuando llegué a la Normal, no recuerdo en que año, su nombre resonaba en los pasillos junto a otros que me parecían igual de importantes: Garma, Chiu, Rogelio Reyes y el de él, Enrique Varela. Cada uno de ellos tenía una fama que defender, Varela la de un lector que exigía formar lectores, a partir de sus propias lecturas, sus referentes literarios que correspondían a un gusto propio y que, me parece, le eran cómodos, además de conocidos.

En su clase leímos, entre otros, a Swift, Shakespeare, Kipling, Goethe, Flaubert y otros que se me escapan de la memoria; se trataba de lectura obligada semanal, es decir, una obra por semana, con su respectivo análisis desde el enfoque histórico y literario, con las implicaciones que eso podía tener, particularmente para quienes no tenían desarrollado el hábito de la lectura lo cual no era mi caso. En cuatro frecuencias por semana, nos alcanzaba para comentar lo leído y lo escrito, para discutir nuestros puntos de vista frente a los suyos, para exponer nuestros argumentos y confrontarlos con otros y perfilarnos para la siguiente pieza literaria que guardaba una relación, aunque fuera débil, con la anterior, hasta tejer una historia mayor.

Por supuesto Varela era el terror de mis compañeros y, a ratos, el mío también; era rígido en su evaluación, ácido en sus comentarios y buen conversador, si le gustaban los argumentos. Después, visité la secundaria en la que era director, para hacer mi práctica docente, porque era la escuelita que me quedaba más cerca de mi casa; nunca imaginé que tiempo después compartiría con él en la misma zona escolar, tiempo en el que aprendí más que en esa desafortunada práctica y, justo antes de concluir los cuatro años de licenciatura, me apoyó con una publicación, como Consejero Editorial, en la que tenía cancha libre para hacer cosas que me parecían interesantes, hasta que la historia de Paradoja y “el Jefe” Valera, nos alcanzó para que la revista fuera suspendida.

Al concluir esa formación docente inicial, Varela se convirtió en mi compañero docente en la Normal; ya no era mi terror, sino el de otros, y podíamos hablar de igual a igual de libros y publicaciones por las que compartíamos el gusto. Su postura siempre fue de ser superior, aunque sé que solamente era eso, una pose pública que debía mantener el mayor tiempo posible; su frase “A partir de este momento me convertiré en la peor de sus pesadillas”, dirigida a sus alumnos, ahora me quedaba clara y, aunque no la compartía, muchas veces otros compañeros me recriminaban haber adoptado esa frase para mi actuación.

Pocas veces tuvimos desacuerdos, en muchas ocasiones coincidimos en la apreciación de algún hecho detectado entre los alumnos que compartíamos y en otros momentos, pocos, pero significativos, fuimos cómplices para tirar carrilla a Arellano, Chiu y hasta a Gilberto Garza. En los últimos años, su impresión hacia mi persona se hizo distinta, creo que me veía como a uno de esos alumnos que casi te alcanzan, o al menos lo intentan, al menos eso me hacía sentir, con el hálito de respeto con el que platicaba conmigo, con los comentarios cercanos, casi íntimos, que se tienen entre profe y alumno, con la confianza de reclamar y atender inquietudes que compartimos en torno a la tarea adoptada al interior de nuestra Normal.

Lo identifico como un Profe bueno, uno de los que se arremangan la camisa para agarrar el gis y se quitan el saco para actuar su rol docente; lo identifico como un Profe bueno porque escuchaba a sus alumnos y discutía sus ideas como uno más, sin mayor autoridad que la del profe que sabe, el que ha caminado por otros caminos, el que quiere dar más, aunque no sepa cómo hacerlo, porque no es su estilo, su personaje, su modo…

Varela deja un hueco en la Normal, justo cuando se necesita mayor atención a la formación docente, en el ámbito de la lectura, en el compartir experiencias, en lo que él sabía y se lleva a donde quiera que vaya. Descanse, como sea que lo haga, Enrique Varela Bueno, mi profe bueno.

Bueno bai

domingo, 10 de diciembre de 2023

Uno más...