lunes, 1 de agosto de 2011

Cuentas pendientes

El Meme era un tipo que vivía en el barrio donde crecí. Era mayor que yo, y lo admiraba por su habilidad para dibujar. Siempre he pensado en él como un genio del lápiz y papel que, con un poco de atención y empuje, pudo haber llegado lejísimos en ese arte que muchos envidiamos. En mi caso casi siempre lo buscaba para pedirle que dibujara a algún cartel de Kiss, un superhéroe o la tira que contara la última aventura de alguno de la cuadra.

Los otros de su edad eran muy grandes para juntarse con nosotros, y se notaba que el papá del Meme estaba satisfecho de que su primogénito nos dominara por su edad, estatura y fuerza por lo que, siempre vigilante, se aseguraba de que su vástago fuera quien escogiera equipo o ganara los volados, pues de no ser así lo llamaba a entrar a la casa, hasta que las condiciones cambiaran favorablemente para su heredero.

A mi madre no le gustaba que me juntara con él; no le parecía correcto que un niño se juntara con un muchacho, y menos si este último decía groserías y promovía travesuras sin el menor dejo de sentido común para su edad. La verdad es que no recuerdo las groserías, y las travesuras no pasaban de robarse las frutas de los árboles que tenía papá en el jardín o subirse, cuando no había nadie en casa, a los columpios que nos habían comprado.

Dejé de juntarme con él en mi adolescencia, cuando comencé a salir con muchachas y dejó de caerme bien que siempre quisiera tener la razón -¡um! ¡Hasta parecía profe de español de la Normal!-. Recuerdo que una de las últimas veces que hablamos, me amenazó estrujándome el cuello de la camisa, frente a su orgulloso papá, e intenté darle un cabezazo en su cara con tan mala puntería que fui a dar al suelo. Los que vieron se rieron mucho, hasta que me puse de pie y, también riendo, le solté un golpe en la boca del estómago, a lo que su papá respondió con otra amenaza que contesté con un zapatazo que lo escamó. Fue cuando me di cuenta que yo era más alto que todos los de mi calle.

Años después de ese incidente, el Meme apareció por mi casa con una actitud distinta. Quería hablar conmigo de una cuenta pendiente. Pensé que iba a pelear y le pedí que fuera otro día, que en ese momento estaba ocupado. Me aclaró que no era eso y que podía no haber otro día. Su comentario llamó mi atención y lo escuché. ¾“Fíjate Carín”, así me decían, “que Dios me habló ayer y…”; ¾“¡A la chingada! ¡¿Qué fumas ahora?!”, lo interrumpí, pero mi comentario no tuvo efecto.

Resulta que iba a pagarme unos dólares que me había robado más de diez años atrás. Me dejó sin palabras por un rato y sólo atiné a preguntarle: ¾”¿Te vas a morir, o qué chingados?”, y no se los acepté; en primer lugar porque ni me acordaba; segundo, porque si no me acordaba no me hicieron falta antes; y tercero, si no me hicieron falta de niño, menos entonces que ya ganaba mi lanita, así que le pedí se los entregara a quien le hicieran falta y nos quedamos platicando mucho rato. (Ahora sé que debí pedirle me los guardara pa’ cuando anduviera igual de jodido que hoy).

Cuando no duermo me asaltan los pingos
No sé que hizo con el dinero, pero estaba convencido que había sido Dios el de la idea del rembolso y no él que, según dijo, tampoco recordaba haber tomado mis ahorros. ¿Por qué me acordé de esto? Porque no puedo dormir y tengo muchos pendientes, no sólo de trabajo, sino facturas de vida que no he pagado y que, en noches de insomnio, me asaltan y me estrujan las ideas, como el Meme la camisa. No vaya a ser que sea el Dios del Meme que me quita el sueño para que no me olvide de esas deudas. ¿Cómo vas con las tuyas? ¿Un cigarrito?

¡Bueno bye!

martes, 5 de julio de 2011

El Rata... a muchos kilos de distancia.

Ese año no hizo mucho frío. Seguramente estuvimos encerrados un par de días con lo que se pudiera beber... grabamos el audio unos minutos antes y se suponía que debía hacer play back de mi propia canción. A mi lado está Luis Mario (si mal no recuerdo) mientras Alek's graba el vídeo. Napo ha de estar por algún lado; Victor, que no me ha regresado mi libro de Poniatowska, estaba frente a nosotros en una silla del comedor.

No extraño esos días, pero los recuerdo entrañablemente. Nuestra mayor preocupación entonces se asomaba por las noches cuando no había más que hacer, que cantar, que discutir y que tomar hasta caer a la mañana siguiente. 

Las noches no eran ociosas... se montaban verdaderos talleres improvisados de teleteatros que incluían la actuación de vecinos, transeúntes y lo que se dejara; se montaban radionovelas con guiones, espontáneos en los parlamentos, pero bien planeados. Se narraban partidos de futbol inexistentes, con comentarios de cancha, entrevistas con expertos y jugadores... Bueno, sí eran ociosas, pero nos divertían mucho.

La Real Compañía de Teatro Karagöz, dirigida por Jorge 'Camilo' Enderle y empujada por Napo Barrera tuvo sus buenos ratos en el Teatro Monterrey, la Casa de la Cultura y otros lugares... Siempre había qué hacer... Hoy sé que por allí andan todavía porque hace días Alek's visitó este espacio -eso me recordó el vídeo-, porque hace un par de años me los topé en una sucursal bancaria, porque sé que Napo sigue aferrados su sueño de pintar en grande.

La canción se llama El Rata, por si alguien quiere saber. La escribí por ese tiempo y no pasó nada con ella, pero le gustó a mis amigos de entonces; la pagaban con una palmada en la espalda y su silencio que escuchaba o con sus voces que coreaban... Eso se hacía.

Saludos.

domingo, 15 de mayo de 2011

15 de mayo

El día del maestro es un día de fiesta en mi familia, todos somos profesores: mis padres, mi suegra, mis hermanas, un tío, mi hermano Joaquín, una de mis cuñadas, una prima, la mamá de mis hijas, mi esposa, yo, y así una larga lista de personas relacionadas entre sí, gracias a esta profesión que nos ha mantenido al borde de la butaca por muchos años, disfrutando de la película que se proyecte en la pantalla panorámica de nuestras vidas. Algunas veces el film es de miedo, otras es un drama, pero las más de la veces se trata de una comedia, ligera o de humor negro, que llena cada uno de nuestros días.

No es difícil imaginar un festejo con todos los actores que mencioné en el párrafo anterior, y si a la cuenta incluimos al resto de gremio actoral, nos encontraremos con algo más llamativo que la mismísima entrega de los Oscar, en el teatro Kodak, ahora decorado con mosaicos representativos de La Fe Music Hall, El Regio, Los Generales, El Tío, Las Pampas, cualquier Quinta de primera -o de quinta-, y hasta un modesto patio de escuelita; engalanado por los presentadores que exigen de la concurrencia los aplausos a cada palabra de los invitados de honor, a quienes por cierto nadie puso atención por estar pendiente de que no se lleven las mejores estatuillas; la música corre a cargo de la sinfónica de Los Rejodidos de Nuevo León, o cuando menos del Karaoke.

Los nominados son aquellos que a lo largo de un año desempeñaron su mejor papel: la mejor actuación, la mejor dirección, el mejor asesor, el mejorloquesea… pero todos quieren premio, hasta aquellos que no hicieron nada por ganárselo, salvo estar pensando cómo mejorar la educación del mundo entero o la relación existente entre los procesos cognitivos que ofrece la realidad kafquiana y la validación universal que exigen los órganos de evaluación reconocidos sólo por quienes los han visto. (Hay quienes aseguran que son pocos los elegidos para conocerlos y otros que nunca han existido, que sólo son un instrumento de control institucional; eso se dice).

Los premios de la academia se reparten entre todos, lo que resta es un regalo acorde con la personalidad de quien se lo lleva: un abanico de pedestal para quien necesita ventilarlo; una aspiradora portátil, para tratar de rescatar lo perdido en algún rincón; un par de botellas de vino tinto de la casa Domec, para olvidar que no ganaron nada que les gustara; una cartera, para guardar los comprobantes de compras que hicieron con sus tarjetas; un bolso, para echar lo que quepa en él; un maletín, para ver si al menos guardan los libros que pocas veces ojean; y así, cosas por el estilo.

Los maestros reciben cartas firmadas por sus admiradores cautivos, casi siempre escritas por alguien que espera su reconocimiento en las sombras; pero lo que pocos saben, es que esos maestros homenajeados, buenos o malos, siempre están allí. Ese millón 803 mil 678 maestros registrados, hasta el ciclo escolar pasado, en todos los niveles, sigue siendo poco para combatir la ignorancia que se da más allá de la aulas; todos esos maestros, y no debiera hablar por todos, hacen lo que pueden, y un poco más, por sacar adelante a sus alumnos, sobre todo en educación básica, porque en los otros niveles los alumnos deciden –al menos así debiera ser- qué hacer.

Algunos galardonados suelen ser los que repiten la misma actuación una y otra vez, con los mismos ejemplos y chistes, sin cambiar nada, y que de tanto repetirla se creen que fueron ellos quienes desarrollaron el método científico, los razonamientos matemáticos, la independencia de México, la gramática, la distribución geográfica, la tabla periódica, entre otras cosas, demostrando en cada palabra que son ellos los dueños de la verdad absoluta, hasta que uno de sus admiradores se atreve a preguntar cualquier cosa que está fuera del guión, y se permiten negar el autógrafo indignados por dejar en evidencia su capacidad histriónica.

La tarea docente, decía un mensajito SMS, permite que se comparta el conocimiento mientras el maestro paciente espera su jubilación, como si ésta fuera su mayor premio. No puedo negar que hay maestros que sí ven la jubilación como un logro, sobre todo después de haber pasado cuarenta años frente a grupo, o después de no haber sido descubiertos como aviadores de la educación; pero hay otros que se niegan a ella arguyendo cualquier pretexto: que si carrera, que si el ascenso, que si el aniversario, que si el cheque, que si la otra familia, que si me muero, no importa… no me quiero ir aunque con eso dañe mi imagen, mi escuela, mis alumnos o la relación con mis compañeros y el resto del mundo porque además nunca salgo de mi oficina.

La función llega a su clímax cuando, en el calor del festejo, se disuelve la moral del gremio en los vapores etílicos de la pasión que se desborda al recordar que su trabajo es importante para mantener mareados a los incultos, controladas a las masas y vivos a quienes dirigen la academia con tan atinado pulso y con la herencia a cuestas… ¿Qué pasó con los “Maestros deadeveras” que disfrutaban su trabajo? ¿se acabaron en serio? ¿sobrevivieron al menos sus ideales? Sus vidas deben ser ejemplo para aquellos que sólo ven a esta profesión como un trabajo, para aquellos que buscan el sueldito seguro para poder aventurarse a vender zapatos, ropa usada, chorizos o estudiar otra cosa que les permita mayores ingresos que los que aporta esta tarea que, si no deja nada al final, nos permite siempre estar al borde de la butaca.