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domingo, 15 de mayo de 2011

15 de mayo

El día del maestro es un día de fiesta en mi familia, todos somos profesores: mis padres, mi suegra, mis hermanas, un tío, mi hermano Joaquín, una de mis cuñadas, una prima, la mamá de mis hijas, mi esposa, yo, y así una larga lista de personas relacionadas entre sí, gracias a esta profesión que nos ha mantenido al borde de la butaca por muchos años, disfrutando de la película que se proyecte en la pantalla panorámica de nuestras vidas. Algunas veces el film es de miedo, otras es un drama, pero las más de la veces se trata de una comedia, ligera o de humor negro, que llena cada uno de nuestros días.

No es difícil imaginar un festejo con todos los actores que mencioné en el párrafo anterior, y si a la cuenta incluimos al resto de gremio actoral, nos encontraremos con algo más llamativo que la mismísima entrega de los Oscar, en el teatro Kodak, ahora decorado con mosaicos representativos de La Fe Music Hall, El Regio, Los Generales, El Tío, Las Pampas, cualquier Quinta de primera -o de quinta-, y hasta un modesto patio de escuelita; engalanado por los presentadores que exigen de la concurrencia los aplausos a cada palabra de los invitados de honor, a quienes por cierto nadie puso atención por estar pendiente de que no se lleven las mejores estatuillas; la música corre a cargo de la sinfónica de Los Rejodidos de Nuevo León, o cuando menos del Karaoke.

Los nominados son aquellos que a lo largo de un año desempeñaron su mejor papel: la mejor actuación, la mejor dirección, el mejor asesor, el mejorloquesea… pero todos quieren premio, hasta aquellos que no hicieron nada por ganárselo, salvo estar pensando cómo mejorar la educación del mundo entero o la relación existente entre los procesos cognitivos que ofrece la realidad kafquiana y la validación universal que exigen los órganos de evaluación reconocidos sólo por quienes los han visto. (Hay quienes aseguran que son pocos los elegidos para conocerlos y otros que nunca han existido, que sólo son un instrumento de control institucional; eso se dice).

Los premios de la academia se reparten entre todos, lo que resta es un regalo acorde con la personalidad de quien se lo lleva: un abanico de pedestal para quien necesita ventilarlo; una aspiradora portátil, para tratar de rescatar lo perdido en algún rincón; un par de botellas de vino tinto de la casa Domec, para olvidar que no ganaron nada que les gustara; una cartera, para guardar los comprobantes de compras que hicieron con sus tarjetas; un bolso, para echar lo que quepa en él; un maletín, para ver si al menos guardan los libros que pocas veces ojean; y así, cosas por el estilo.

Los maestros reciben cartas firmadas por sus admiradores cautivos, casi siempre escritas por alguien que espera su reconocimiento en las sombras; pero lo que pocos saben, es que esos maestros homenajeados, buenos o malos, siempre están allí. Ese millón 803 mil 678 maestros registrados, hasta el ciclo escolar pasado, en todos los niveles, sigue siendo poco para combatir la ignorancia que se da más allá de la aulas; todos esos maestros, y no debiera hablar por todos, hacen lo que pueden, y un poco más, por sacar adelante a sus alumnos, sobre todo en educación básica, porque en los otros niveles los alumnos deciden –al menos así debiera ser- qué hacer.

Algunos galardonados suelen ser los que repiten la misma actuación una y otra vez, con los mismos ejemplos y chistes, sin cambiar nada, y que de tanto repetirla se creen que fueron ellos quienes desarrollaron el método científico, los razonamientos matemáticos, la independencia de México, la gramática, la distribución geográfica, la tabla periódica, entre otras cosas, demostrando en cada palabra que son ellos los dueños de la verdad absoluta, hasta que uno de sus admiradores se atreve a preguntar cualquier cosa que está fuera del guión, y se permiten negar el autógrafo indignados por dejar en evidencia su capacidad histriónica.

La tarea docente, decía un mensajito SMS, permite que se comparta el conocimiento mientras el maestro paciente espera su jubilación, como si ésta fuera su mayor premio. No puedo negar que hay maestros que sí ven la jubilación como un logro, sobre todo después de haber pasado cuarenta años frente a grupo, o después de no haber sido descubiertos como aviadores de la educación; pero hay otros que se niegan a ella arguyendo cualquier pretexto: que si carrera, que si el ascenso, que si el aniversario, que si el cheque, que si la otra familia, que si me muero, no importa… no me quiero ir aunque con eso dañe mi imagen, mi escuela, mis alumnos o la relación con mis compañeros y el resto del mundo porque además nunca salgo de mi oficina.

La función llega a su clímax cuando, en el calor del festejo, se disuelve la moral del gremio en los vapores etílicos de la pasión que se desborda al recordar que su trabajo es importante para mantener mareados a los incultos, controladas a las masas y vivos a quienes dirigen la academia con tan atinado pulso y con la herencia a cuestas… ¿Qué pasó con los “Maestros deadeveras” que disfrutaban su trabajo? ¿se acabaron en serio? ¿sobrevivieron al menos sus ideales? Sus vidas deben ser ejemplo para aquellos que sólo ven a esta profesión como un trabajo, para aquellos que buscan el sueldito seguro para poder aventurarse a vender zapatos, ropa usada, chorizos o estudiar otra cosa que les permita mayores ingresos que los que aporta esta tarea que, si no deja nada al final, nos permite siempre estar al borde de la butaca.

miércoles, 16 de enero de 2008

“Luca también usa Converse”

No estoy seguro desde hace cuánto tiempo se usan los Converse, pero en la película más vieja que recuerdo ya tenían esa referencia que hoy mismo se hace a esa marca o estilo de calzado; no sé quien encasilló a esos tenis en el estereotipo del rebelde sin causa o la del vándalo juvenil, pero me llama la atención que aun con la cultura que cargamos los maestros (que debe ser mucha, al margen de la apertura mental que nos caracteriza), existan algunos que se resisten a eliminar esa etiqueta que han impuesto a esos tenis de lona que gustan a los adolescentes.

Entiendo que se busca la formación en los alumnos, entiendo que no se puede relajar la regla del calzado en la escuelas de educación básica, entiendo que quienes imponen los reglamentos exijan que se respeten, pero no comparto la idea de permitir un día de ropa libre sin que los alumnos escojan, al menos ese día, los zapatos que quieren utilizar.

Hace unas semanas, previo a las vacaciones de invierno, platicaba con mis alumnos de la secundaria sobre las formas de vestir que hoy están de moda. Platicábamos que muchas de las modas actuales tienen su origen décadas atrás, como eso de los mallones en las mujeres o los pantalones entubados que algunos usan, incluso la onda dark con las gabardinas largas y las cabelleras con cortes amorfos, sin tocar los maquillajes que más que góticos aparentan otras formas.

Mis alumnos, animados, ratificaban mis afirmaciones con comentarios sobre fotografías familiares ochenteras, setenteras, sesenteras y otras, hasta que llegamos a los Converse... Cuestionaban mucho el por qué no los dejan usar esos tenis en la escuela, el por qué, si les permiten ir con cualquier ropa algún día del mes, los regresan a su casa si se aparecen con ese tipo de tenis. No supe qué contestar.

Les propuse que escribieran un artículo donde expusieran sus argumentos para que se les permitiera hacer uso de Converse en la escuela, y lo que leí me pareció válido. Algunos comparaban sus Converse con los del Chapulín Colorado, que salvo el color, eran iguales; otros fueron más lejos: hicieron, en su texto, un listado de personajes que hacen uso de ese estilo de tenis preguntando, de manera retórica, si alguno de ellos era considerado un pandillero o bandido.

“Lo pandillero no se lleva en los pies, sino en la forma de vida” escribió Claudia; “Lola, la de la novela, es una fresa y los usa” apuntó Verónica; “Luca también usa Converse” -dijo Rolando en su escrito, haciendo alusión al personaje insignia del Forum de las Culturas, -“¿Qué onda con eso de la diversidad cultural? ¿Sólo es para los que no usan Converse?” Y aquí hago una pausa...

Lo que empezó como una forma de mantenerlos ocupados con trivialidades, terminó siendo un ejercicio de escritura, impregnado de la inquietud de mis alumnos, que me parece valió la pena; lo triste fue enterarme, por la voz de mis alumnos, que quienes estamos en la trinchera pocas veces nos damos la oportunidad de escuchar, o leer en este caso, lo que piensan o sienten sobre algo que perdería sentido si lo ponemos junto a otros trabajos escolares.

Tal vez sea poco importante usar o no Converse, pero ¿qué tan importante es para ellos defender su punto de vista sobre algo que sí consideran valioso? Sólo para confirmar lo que digo me permito transcribir el comentario que hizo una maestra, hija de la directora y alumna todavía de la Normal Superior: -“¿Acaso quieren ser un monigote que es manipulado, o compararse con un estúpido comediante que viste con mallas rojas?”... Aquí termina mi pausa.

No es el monigote, sino lo que representa, ni el comediante sino su personaje; no es el cuestionamiento, sino quién lo hace... vuelvo con Rolando: “¿Qué onda con eso de la diversidad cultural? ¿Sólo es para los que no usan Converse?”