martes, 25 de agosto de 2009

Cecilia

Cecilia se reía de todo lo que le rodeaba; tal vez no era sonrisa, pero siempre mostraba los dientes, sobre todo los frontales que sobresalían de sus labios como si fuera un conejo. Su cabello ensortijado se enredaba con frecuencia en sus dedos y eso le gustaba porque con frecuencia lo provocaba en la clase, seguro porque se aburría y no encontraba otra forma discreta de distraerse. Sus compañeros bromeaban mientras ella seguía su lectura o su plática casi callada con sus amigas. Siempre tenía algo que decir, aunque fuera en silencio.


Ayer fue su primer día en segunda año. Y su último. Hoy se fue y nadie puede decir que se fue sonriendo. Sólo su madre y el médico, pero ninguno nos lo dirá. La noticia se dio y se difundió en medio de rumores primero, voces familiarmente escandalosas de algunos de sus maestros que decían: “Yo le di clase”, “Era la más lista del grupo”, “No se le notaba la muerte”…


¿Y a quién se le nota? Sobre todo a esa edad ¿a quién se le nota?


Todos tienen su versión: “bajas defensas”, “paro respiratorio”, “deficiencias genéticas”, pero lo que haya sido no importa ahora, lo que importa es que ya no está.


No he querido ir al grupo y por supuesto no iré a su funeral; prefiero despedirme aquí, donde la conocí, donde se vistió de Adelita, donde jugó con sus compañeros, donde se distraía en su clase, en mi clase, en la de todos porque se aburría, donde se quejaba del ruido que los demás hacían y que combatía con sus murmullos de voz.


domingo, 9 de agosto de 2009

...de cola chica

Hace algunos años renuncié a la modalidad semi-escolarizada (“la mixta”) por varios motivos. Primero porque sabía que no tardarían en correrme, en ese tiempo era disidente del entonces Comité Sindical y la situación estaba muy tensa para quienes no acostumbramos aplaudir cualquier chistosada; segundo, porque entonces me había convertido en uno de los apestados que, por el motivo anterior, no debían ser saludados para no perder la “chamba”; pero para no echar tanto rollo, que hoy no viene al caso, e ir directamente al punto que pretendo tratar, el motivo que más me cala en este momento fue el caricaturizado burocratismo en el que se transformó trabajar allí. Me explico.

Cuando arrancó la mixta se notaban las ganas de hacer un cambio; sin que nos lo pidieran, nos reuníamos al término de la jornada para compartir lo realizado en el grupo y preparar lo de la siguiente sesión; también entonces nos capacitábamos entre nosotros mismos (hablo de la gente de Lengua y Literatura) intercambiando lecturas, libros, actividades, materiales y todo lo que facilitara el trabajo del curso que se impartiera o se fuera a impartir.

Después a alguien de la raza se le ocurrió la brillante idea de lanzar capacitaciones y reuniones periódicas de academias para todas las asignaturas y ¡venga el primer guamazo! Al poco tiempo, para cada reunión, se debía llenar un formatito; a esto siguió otro y otro y otro más. La familia creció en alumnos y docentes, por lo tanto era más difícil controlar a medio mundo y se sugirió otro formato de control de asistencia en dos líneas: alumnos y maestros.

El primero consistía en llenar una hojita (creo que todavía se usa) para marcar quién había faltado ese día, además del registro que el profesor llevaba; esa hojita se entregaba al prefecto para que lo pasara al coordinador que también tenía registro de las faltas de los alumnos, ¿para qué? ¡Para después justificarlas, dado que se debía cuidar al cliente! “Se justifican las inasistencias, no la falta de trabajo”, parecía decir la regla, que después también se esfumó, en pro de la eficiencia terminal. El otro era más sencillo: el maestro llegaba y firmaba una lista al prefecto y otra en la coordinación al entrar y salir de clase (ahora se checa en el reloj checadedos y se firma en cuanta hoja aparezca tu nombre).

La elaboración de las guías de auto-estudio era sencilla: se consideraba a alguien que supiera ampliamente de alguna asignatura y le encargabas eso: una guía. (Debo decir que eso también surgió de Lengua y Literatura con el primer cuaderno de Estrategias que hicieron Roger, Gil, Fer y Esperanza, que iba a llamarse Cómo sobrevivir en la Normal y no morir en el intento). Después las dichosas guías se convirtieron en un llenado interminable de formatos que terminó en nada, de eso nunca salió una sola guía, lo que salió fue una serie de antologías con las lecturas propuestas en el programa, por cierto, también mutiladas por la formatitis.

Después de un extraño cambio de poderes, surgieron cada dos semanas las reuniones de academia, y cada cuatro, o algo así, (aquí va otro trancazo) las verticales que, al menos a las que asistí, no servían para nada, salvo para que quien salía a las 10:30 hrs volviera a las 16:00 para la dichosa reunión. ¡Ah! Me olvidaba, cada reunión tenía una serie de formatitos que debían llenarse y firmarse para demostrar que se estuvo en el lugar, además de las listas de asistencia que tenía el coordinador general, el de grado, el asesor y el prefecto.

Otro cambio de poderes y ¡bolas! Otra serie de brillantes ideas… la plataforma, los indicadores, lap tops para todos. Una vez más Literatura dio el banderazo de arranque en las tres cosas y ¡pácatelas! Otra serie de formatos para subir cosas a la plataforma, elaborar los indicadores según Marzano (Marziano, diría T. Corona) y, sin queja, regresar tu lap si era prestada o reportarla robada como presuntamente varios hicieron.

En ese punto me rajé de la mixta. Me fui con la idea de no volver hasta que el Comité o la administración cambiara, lo que pasara primero. Ahora estoy en el Comité y he vuelto para ver que el (¿cómo le llamé? ¡Ah, sí!) caricaturizado burocratismo sigue vigente. Ahora sucede que si alguno de tus jefes te dice “brinca”, tú y quienes escucharon brincan hasta que les ordenan dejar de hacerlo para que llenen un formato que describa su experiencia brincando, lo conviertan en una red conceptual que se transformará en indicador y éste en una serie de reactivos que deberán incluir en su informe de tema, bloque y final, para que puedan llenar otro formato en el que conste que entregaron todo lo que les pidieron y se puedan liberar ¡por fin! para cobrar el último pago con su respectivo bono de productividad.

Disfruto mucho dar clase, compartir con mis alumnos lo que sé y aprender de ellos. Sé que es necesario, por aquello del CIES cumplir con la entrega de la planificación y los instrumentos de evaluación, o al menos los criterios, pero ¿tanto? Seguro una vez que publique esto me dirá mi Secretario General –“¿ya vas a empezar?”, o mi directora –“¡Te habías tardado!”, o el Secretario Académico –“¿No te avisaron? No estás programado”, o alguien más –“¡¿Para qué te embroncas?! ¡No entiendes!”, pero qué le voy a hacer, así soy de lengua larga... pero de cola chica.

Hasta luego…

viernes, 20 de marzo de 2009

¿Amigos?

Veinte años y cuarenta kilos después, me encontré a Ricardo, quien junto a Esaú y Gerardo, en La Trenza, hicieron muchos de mis fines de semana divertidos. En su compañía hice mi primera presentación fuera de Monterrey, en Monclova la bella, y fue estando con ellos que aprendí a tocar el charango, el cuatro y algunos instrumentos de viento que sonaban bien solos o acompañados de guitarra, vino y amigos.

Desde entonces he puesto atención a la gente con la que me rodeo para no sufrir descalabros; me he dado cuenta, por ejemplo, que a la primera oportunidad me hago amigo de los demás aunque no me consideren igual, lo cual no importa en lo inmediato, puesto que eso no nace de la noche a la mañana, sino después de un proceso que exige poner a prueba la confianza y otras cosas que en este momento me parecen mariconerías.

Muchas veces aquellos a quienes considero amigos me han dado con la puerta en la nariz o me han dado una patada en el trasero y confieso que algunas veces he hecho lo mismo, más por idiota que por malo, y eso no me hace sentir mejor. En mi historia con los Trenzos me di contra la pared cuando me enteré que me grillaban porque cobraba lo mismo que ellos, lo cual no era mucho pero yo no lo tenía que dividir, y de algún modo, no lo sé de buena fuente sino por chismes, condicionaban sus tocadas a cambio de que no me contrataran.

Hoy los amigos cobran importancia de nuevo, como siempre, porque se ha hablado de lealtades en mis dos trabajos. En uno, no falta el chiflado que se cree indispensable para que las cosas marchen, el amargado que se siente excluido y burlado, el paranoico que espera el madrazo y el que se deja llevar por las emociones del momento. Eso es normal en cualquier familia que se digne de serlo.

En el otro existen las mismas personalidades con otros actores, escenarios y ambientaciones. La diferencia entre una y otra es el grado de compromiso que existe para sobre llevar la trama de telenovela que vive cada día: El niño bien querido que es maltratado por los malos de la historia mientras las heroínas asumen su rol de malentendidas o divas, dependiendo de su posición.

Con ese guión me preguntaron ayer si estaba enojado, seguro por el gesto que siempre me cargo, pero la pregunta no fue por interés real, sino una manera de provocar, pues algo de culpa debe haber en quien preguntó, pues sin condiciones le ofrecí y demostré confianza y ésta fue vendida sin darle la oportunidad de defenderse. No me molestó tal acto, sólo me decepcionó mucho, pues creo que quien exige respeto, lealtad y compromiso es lo menos que puede ofrecer, sin importar el precio.

Lo malo es que muchas veces el precio rebasa nuestra capacidad de asimilación y no medimos las consecuencias de vender lo que nos ofrecen: algunas veces la gloria y otras la vergüenza. Lo bueno es que en el camino muchas veces tenemos tiempo de buscar lo que necesitamos, lo que queremos, lo que somos y decimos para que nadie nos tome de sorpresa.

Me dio gusto ver a Ricardo, me dio gusto verlo bien y lejos de su pose de vedette, medio gusto contar por un rato con su amistad – o mejor dicho, ser su amigo por un rato-, me da gusto seguir viendo a la gente y equivocarme al hacer amigos pues eso me da la oportunidad de pensar que todo está bien y que el mundo sigue girando.