martes, 12 de febrero de 2008

Máscaras



Siempre me han gustado las máscaras; sobre todo aquellas que aparecen en la televisión los sábados por la tarde, en la lucha libre. Por alguna razón las máscaras, aunque no lo aceptemos, nos llaman la atención y seríamos capaces de usarlas si no se nos tachara de pendejos con máscara.

¿Quién que rebase los treinta no recuerda alguna vez haber jugado a ser el zorro, batman, el santo, o algún otro luchador enmascarado?; recuerdo que cuando niño exigía a mi abuela me hiciera antifaces con los retazos que ya no servían y también recuerdo sus regaños cuando, en mi alucine, desmadraba la magitel para usarla como mascara aunque oliera a rayos.

Recuerdo haber salido muchas noches, sin necesariamente ser hallowen, usando maquillaje fabricado con latex, colodión, avena y gelatina; nada espectacular era cuando sólo salíamos mi hermano y yo con capa a la calle simulando ser vampiros, hasta que descubrimos cómo hacer moldes de yeso para fabricar nuestras máscaras, bajo la inspiración de Misión Imposible, Serlock Holmes, Fredy Krouger y los programas que explicaban los procesos de maquillaje de las películas.

Lo anterior me trajo considerables ganancias durante mi estancia en la Uni, pues gané concursos de disfraces e hice dinerito maquillando a muchos de mis compañeros y compañeras para sus fiestas. Nunca faltó un loco que estuviera dispuesto a pagar una buena lana por una máscara en la que invertía no más de 200 pesos.

También recuerdo una ocasión en que mi amigo Napo Barrera me pidió que fuera enmascarado con sus alumnos de teatro, haciéndome pasar por un luchador que nadie conocía y, como no estaba nada panzón y tampoco tan jodido, los niños lo creyeron, lo malo es que andaba crudo, hacía un calor de mil demonios, la maldita máscara, negra por cierto, no tenía orificio para la boca y Napo me pidió que no me la quitara para que los niños no perdieran la ilusión… ¡Pinches Niños! ¡Pinche Napo!

Al margen de lo que se pueda pensar, quienes me conocen saben que sigo usando máscara: la del gruñon, la del grinch, la de insensible y anarco (como diría el Fer); pero no es la única que he usado, por un tiempo, largo por cierto, fue la guitarra que me protegía, como al cabazorro, de sociabilizar con los demás, que me convertía en el centro de atención y que se convirtió, para muchos, en el único motivo para invitarme a sus fiestas.

También uso barba y mal me rasuro para, según yo, ocultar una parálisis facial que me pegó hace años; dicen que no se nota, pero me siento más seguro con mi barba canosa y mal alineada.

Las máscaras siempre nos acompañan a todos lados y todos los días. Nada hay mejor que usar una cuando no tienes ganas de trabajar pero necesitas que nadie se entere; o cuando alguien te cae mal y le tienes que saludar de mano por cortesía; o aquellas que se usan para disimular, mentir, persuadir, joder, evadir, pedir, pelear, ganar, convenir, etc., o las que se usan para esconder lo que se siente y piensa, las que se usan como defensa, como barrera personal.

Esas últimas máscaras son las que pesan, las que tienes que mantener para no perder credibilidad, para no sentirte vulnerable. En mi caso acepto que me gustan las máscaras y que uso la mía, una muy difícil de quitar a estas alturas del partido.

Hasta luego...

miércoles, 16 de enero de 2008

“Luca también usa Converse”

No estoy seguro desde hace cuánto tiempo se usan los Converse, pero en la película más vieja que recuerdo ya tenían esa referencia que hoy mismo se hace a esa marca o estilo de calzado; no sé quien encasilló a esos tenis en el estereotipo del rebelde sin causa o la del vándalo juvenil, pero me llama la atención que aun con la cultura que cargamos los maestros (que debe ser mucha, al margen de la apertura mental que nos caracteriza), existan algunos que se resisten a eliminar esa etiqueta que han impuesto a esos tenis de lona que gustan a los adolescentes.

Entiendo que se busca la formación en los alumnos, entiendo que no se puede relajar la regla del calzado en la escuelas de educación básica, entiendo que quienes imponen los reglamentos exijan que se respeten, pero no comparto la idea de permitir un día de ropa libre sin que los alumnos escojan, al menos ese día, los zapatos que quieren utilizar.

Hace unas semanas, previo a las vacaciones de invierno, platicaba con mis alumnos de la secundaria sobre las formas de vestir que hoy están de moda. Platicábamos que muchas de las modas actuales tienen su origen décadas atrás, como eso de los mallones en las mujeres o los pantalones entubados que algunos usan, incluso la onda dark con las gabardinas largas y las cabelleras con cortes amorfos, sin tocar los maquillajes que más que góticos aparentan otras formas.

Mis alumnos, animados, ratificaban mis afirmaciones con comentarios sobre fotografías familiares ochenteras, setenteras, sesenteras y otras, hasta que llegamos a los Converse... Cuestionaban mucho el por qué no los dejan usar esos tenis en la escuela, el por qué, si les permiten ir con cualquier ropa algún día del mes, los regresan a su casa si se aparecen con ese tipo de tenis. No supe qué contestar.

Les propuse que escribieran un artículo donde expusieran sus argumentos para que se les permitiera hacer uso de Converse en la escuela, y lo que leí me pareció válido. Algunos comparaban sus Converse con los del Chapulín Colorado, que salvo el color, eran iguales; otros fueron más lejos: hicieron, en su texto, un listado de personajes que hacen uso de ese estilo de tenis preguntando, de manera retórica, si alguno de ellos era considerado un pandillero o bandido.

“Lo pandillero no se lleva en los pies, sino en la forma de vida” escribió Claudia; “Lola, la de la novela, es una fresa y los usa” apuntó Verónica; “Luca también usa Converse” -dijo Rolando en su escrito, haciendo alusión al personaje insignia del Forum de las Culturas, -“¿Qué onda con eso de la diversidad cultural? ¿Sólo es para los que no usan Converse?” Y aquí hago una pausa...

Lo que empezó como una forma de mantenerlos ocupados con trivialidades, terminó siendo un ejercicio de escritura, impregnado de la inquietud de mis alumnos, que me parece valió la pena; lo triste fue enterarme, por la voz de mis alumnos, que quienes estamos en la trinchera pocas veces nos damos la oportunidad de escuchar, o leer en este caso, lo que piensan o sienten sobre algo que perdería sentido si lo ponemos junto a otros trabajos escolares.

Tal vez sea poco importante usar o no Converse, pero ¿qué tan importante es para ellos defender su punto de vista sobre algo que sí consideran valioso? Sólo para confirmar lo que digo me permito transcribir el comentario que hizo una maestra, hija de la directora y alumna todavía de la Normal Superior: -“¿Acaso quieren ser un monigote que es manipulado, o compararse con un estúpido comediante que viste con mallas rojas?”... Aquí termina mi pausa.

No es el monigote, sino lo que representa, ni el comediante sino su personaje; no es el cuestionamiento, sino quién lo hace... vuelvo con Rolando: “¿Qué onda con eso de la diversidad cultural? ¿Sólo es para los que no usan Converse?”

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Necedad... ya me conocen.

Hace tiempo me he distinguido por ser algo así como el Grinch que se resiste a cualquier cosa que mezcle los sentimientos –los míos, por supuesto- con la realidad, y me he encontrado con que cada año es más difícil lograrlo, tal vez sea que me estoy poniendo viejo o simplemente que me ha vencido despacito lo que recibo de quienes me rodean, de modo que no puedo esconder la cara de felicidad cuando cuento que, con los años, el grupo de amigos y de buenos compañeros, crece.

Estas fechas son especiales para recordar por qué busco mantenerme al margen de cualquier cosa que se traduzca en “mariconerías”, no es nada más porque sí. Ver esas caras sonrientes después de cobrar su aguinaldo, mientras piensan en la cantidad de regalos que deben comprar y las cuentas que esperan pagar, no es precisamente lo que hace que me sienta feliz de estar metido en este rollo humano que pierde piso con unos cuantos pesos de más... Si, si, ya sé que lo de la lana nos duele a muchos, pero no es sólo eso.

Hace unos días me preguntaba, hasta que me harté de no encontrar respuesta, del por qué la gente se felicita en navidad, si no se requiere la intervención de uno para que la fecha se convierta en importante, como en un cumpleaños, una boda, un bautizo, o qué sé yo. La gente se felicita sin saber por qué lo hace. No es de extrañar; vivimos tan de carrera que no nos da tiempo para reflexionar sobre lo que hacemos y que además me parece tonto.

Este año me permití no felicitar a nadie en el aniversario, falso por cierto, de la natividad del Señor y guardaré esa dicha hasta que se termine el año, pues creo que eso sí debe festejarse: un año más que se acaba... ¡y lo pasamos! Pero bueno, ese año más, implica comenzar a pensar que es también un año menos... ¿Qué necio, no creen?