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viernes, 25 de junio de 2010

Un tal Urdimalas (continuación y final)*

El tío Pedro continuó la historia que había quedado interrumpida con su llegada; era lo menos que podía hacer después de aparecer tan tarde, después de la cena. Nos sentamos frente a él, encendió su cigarro, dio un sorbo a su café y dijo:

-“Mira”, le dijo Pedro, “al otro lado de este río viven unos parientes míos. Espérame tantito mientas voy por comida, sirve que descansas un rato".

-“No olvides la maldición de mi madre”, le recordó la bella Blanca Flor.

-“Si ya sé; nadie me va a abrazar. No lo voy a permitir”.

Blanca Flor se tendió a la sombra de un árbol mientras Pedro cruzó el río. Cuando llegó a las primeras casas salieron a recibirlo sus primas, ahora mayores y muy bonitas, y sus tías que lo habían reconocido tan pronto lo vieron. Todas querían abrazarlo, tocarlo y llenarlo de besos de felicidad, pero Pedro no se los permitió con el pretexto de sentirse mal, estar hambriento y además sucio.

-“Ahora no, tías. Sólo pasaba por aquí y pensé que tal vez podrían darme algo de comer para mí y la mujer que amo, que me espera al otro lado del río”.

Su familia entendió la situación.

-“No te preocupes”, le dijo su tía Eloísa, “te daremos de comer; pero mientras preparo las chochas y el asado que tanto te gustan, recuéstate un poco para que descanses”.

Pedro aceptó y cerró los ojos; no se dio cuenta que la menor de sus primas, María de Jesús, entraba a hurtadillas para sorprenderlo con un abrazo. Pedro abrió los ojos feliz de ver a su prima a quien regresó el abrazo, mientras alzaba la voz diciendo:

-“Denme algo de comer. Tengo mucha hambre”.

-“Toma primo, aquí está tu comida y la de la mujer que dejaste al otro lado del río. Llévasela antes de que desmaye del cansancio y el hambre”.

-“¿Cuál mujer? ¿Cuál río?”, respondió Pedro. “Estás loca prima. Esto me lo como solo pues traigo el hambre de mil demonios”. Su familia sabía que Pedro era bromista y pensaron que la historia de la mujer al otro lado del río se la había inventado para comer doble, así que no le dieron más importancia y pasaron la noche escuchando las últimas aventuras del primo por el que los años no habían pasado.

Blanca Flor esperó paciente toda la noche, pero Pedro nunca regresó. Pensaba, y tenía razón, que su amado la había olvidado porque seguramente no pudo evitar que lo abrazaran. Por la mañana, muy temprano, cruzó el río buscando, pero sólo encontró comida, trabajo y alojamiento. Varias semanas después, la joven escuchó que Pedro de Urdimalas se casaría con una tal Rosita, noticia que la entristeció.

Unos días previos a la boda, Blanca Flor tuvo la idea de regalarle al novio un par de pajaritos que cantaban cosas que sólo podría entender Urdimalas. Cuando Rosita los vio, le rogó a Pedro que los llevara su boda, pues se verían hermosos junto a la mesa principal.

Al día siguiente Pedro se sentó junto a los animalitos y llamó su atención que el canto de estos parecía más bien una plática siempre orquestada por la hembra:

-“¿Te acuerdas cuando te pusiste a jugar con mi papá el diablo y te ganó la vida?” le pareció entender Pedro a la pajarita.

-“No, no me acuerdo”, creyó que le contestaba su pareja, motivo por el cual recibió un aletazo.

-“¿Te acuerdas cuando llegaste al infierno y mi mamá te puso la prueba de sembrar un puño de trigo y al día siguiente debías hacer un pan y llevárselo a su cuarto?”

-“No, no me acuerdo”. Y recibió otro aletazo de la pajarita.

-“¿Te acuerdas cuando mi mamá te ordenó cambiar la laguna al llano, y el llano a la laguna, de la noche a la mañana?”

-“No, no me acuerdo”. Y un aletazo más fuerte que el anterior cayó sobre el emplumado desmemoriado.

-“¿Te acuerdas cuando mi mamá te pidió que amansaras una mula vieja que tenía y que no te pude ayudar porque la mula era mi mamá la diabla, la silla era mi papá, los estribos eran mis hermanitos y yo era la cuarta?”

-“No, no me acuerdo”. Y otro más.

-“¿Te acuerdas cuando te pedí que trajeras el caballo el pensamiento para poder escapar del infierno y tú te equivocaste al traer el caballo llamado tragaleguas?”

-“No, no me acuerdo”. Y los aletazos comenzaban a dolerle a Pedro.

-“¿Te acuerdas cuando mi mamá nos venía alcanzando y yo le lance un puñado de hierva que se convirtió en un espeso monte de hortiguilla en el que se le atoraban los cuernos y mejor volvió a regresar al infierno?”

-“No, no me acuerdo”. Y los aletazos eran cada vez más fuertes.

-“¿Te acuerdas cuando mi mamá nos venía alcanzando y yo le lance un espejo que se convirtió en una gran laguna en la que se reflejan los pensamientos y nos lanzó una maldición?”

-“¡Sí, sí me acuerdo!”, gritó Pedro poniéndose de pie y exigiendo conocer a quien le regaló aquellas aves. Se disculpó con Rosita y le explicó que Blanca Flor era su verdadero amor, que tendría que encontrarla y también pedirle perdón.

Salió a buscarla gritando a todo pulmón el nombre de aquella que lo salvara del infierno hasta que la encontró para casarse con ella y vivir felices por siempre.

Colorín colorado este cuento se ha acabado y el que no se levante se queda pegado.

-“¡Por eso tío! ¡¿Y qué pasó con Rosita?! ¿A poco se quedó muy tranquila? ¿Y los papás de Blanca Flor?”, dijo uno de los escuchas.

-“¡Por eso no me gustan los cuentos! Siempre cuentan cosas incompletas”, dijo otro.

Pero igual, por si las dudas, todos nos levantamos y nos fuimos a dormir.

Benavides S., O. M. Hacienda Sta. Engracia. Hidalgo, Tamps. Primavera 2010.

*El nombre del personaje llamó mi atención porque hace poco escuché a un tipo decir que lo había inventado para un libro que aún no sale a la luz pública.

martes, 13 de abril de 2010

Un tal Urdimalas

Nos sentamos en torno a mi Tía Elodia, una ancianita de 83 años que tiene el vigor de 38. La plática era rica en recuerdos que lograban despertar las imágenes evocadas de quienes la escuchábamos. Un nombre salió a relucir: Pedro, Pedro de Urdimalas. Dicho personaje es el protagonista de un cuento que mi tía contó esa tarde-noche en su cocina y que ahora me atrevo a transcribir sin tantos vericuetos.

Pedro de Urdimalas era un joven jugador al que nadie quería enfrentar porque siempre ganaba las partidas. Un día, desesperado por no hallar un contrincante que tuviera el suficiente valor para apostar, retó al mismo demonio que lo despojó de su fortuna. -“¡Te apuesto la vida contra todo lo que me has ganado, en una sola carta!”, dijo Pedro desesperado.

El demonio aceptó la apuesta y ganó la vida de Urdimalas; lo ató a su caballo y lo llevó casi arrastrando por muchas horas, siempre al oeste, donde el paisaje cambia de verde vivo a café seco, con tierra colorada y piedras puntiagudas. Llegaron a la boca de una cueva oscura y entraron. En las paredes, como si estuvieran labradas, se veían los rostros de personas con muecas indescriptibles: algunos mostraban sus dientes filosos, otros la lengua colgando entre los labios lodosos, los menos grotescos no tenían ojos o mejillas, pero eso sí, todos veían fijamente a Pedro de Urdimalas que ya sangraba de los pies por la caminata tan larga. -“Aquí te esperas”, dijo el demonio, “voy por mi esposa para que decida qué hacer contigo”. Lo amarró a una tranca y entró a su casa.

Pocos minutos pasaron cuando un par de diablillos comenzó a tirar piedras calientes contra Urdimalas; uno de ellos le picaba las costillas con una rama y el otro decidió escupirle la cara con su ácida saliva. Pacientemente Pedro se dejó castigar hasta que tuvo la cola de uno de los pequeños al alcance de su mano y tiró tan fuerte que la arrancó de tajo. El chillido del diablito fue tan violento que de la tierra nació el Paricutín. Cuando la madre de los engendros se dio cuenta de lo sucedido enfureció tanto, que decidió acabar de una vez con la vida de Pedro; pero el demonio la convenció de castigarlo con tareas imposibles para un humano.

-“¡Está bien! ¡Pero si no logra lo imposible en una noche, mañana mismo te deshaces de él! Presta atención humano maldito… ¿vez aquella laguna? Pues bien, deberás traerla aquí, frente a mi casa, y este llano deberás llevarlo a ocupar el lugar de la laguna. ¡¿Entendiste?!”

-“Si entendí”, contestó Urdimalas, “¿pero cómo haré eso que me pide?”

-“¡Ese es tu problema!” dijo la diabla y se fue empujando a su marido y consolando al diablito sin cola.

Escondida entre los matorrales una joven escuchó el alboroto; con cautela se acercó al desafortunado humano que buscaba con la mirada una pala para cambiar de lugar el llano y una tinaja para acarrear el agua de la laguna, mientras maldecía su suerte y la del pobre demonio con la esposa tan fea que le había tocado.

-“Ya, sal de allí. ¿Crees que no te he visto? ¿Quién eres y qué haces escondida?”

-“Mi nombre es Blanca Flor y soy hija adoptiva de quienes te impusieron el castigo. ¿Te puedo ayudar?”

-“Sólo que sepas cómo cambiar de lugar el lago y el llano; de otro modo no sé cómo podrías…”

-“Pues sí lo sé, pero necesito que te vayas a dormir y que lo hagas pensando en mí… Digo, si quieres que te ayude, claro.”

Pedro se fue a dormir y ni en sueños pudo dejar de pensar en la muchacha que era muy bonita: ojos grandes y profundos como el cielo de la noche, enmarcados con unas cejas y pestañas perfectas; su piel era blanca como la luz de la mañana y toda ella olía a flores y frutas desde lejos. Era imposible no soñar con ella.

A la mañana siguiente Urdimalas despertó con el grito maldiciente y escandaloso de la diabla, que sorprendida buscaba una explicación para lo que veían sus ojos: el lago y el llano habían cambiado de lugar. La furia no la dejaba pronunciar palabra clara, le salía espuma por la boca y humo por las orejas y nariz; del coraje se sacó los ojos que le volvían a salir para volverlos a sacar; se mordía la lengua cada vez que intentaba juntar los dientes, y cuando ésta caía al suelo emitía ruidos incomprensibles para el oído humano y el de su esposo que asustado se cubría la cara. Cuando logró calmarse un poco llamó a Pedro para darle una nueva tarea.

-“Toma este puñado de trigo. Siémbralo en el llano y mañana temprano quiero que hagas pan con la primera cosecha. ¡Más te vale obedecer porque ya sé qué haré contigo si no cumples maldito!”

Pedro sabía que la tarea era imposible, por eso tomó una cuerda dispuesto a quitarse la vida él mismo; con lo que no contaba era con que su vida ya no le pertenecía y, por más que lo intentó, no logró suicidarse. Cuando Blanca Flor se enteró de los intentos de Urdimalas, acudió una vez más en su ayuda.

-“Ve y duerme Pedro. Cuando despiertes todo estará resuelto.”

Pedro no pudo negarse pues era ella, Blanca Flor, su único motivo para sentir ganas de vivir, además que era la única forma de mantenerse vivo. Esa noche, antes de quedar profundamente dormido, Urdimalas prometió no apostar jamás en ningún juego de azar. Cuando despertó lo hizo por el aroma del pan recién horneado que también despertó a la diabla de la casa.

La escena del día anterior se repitió, con la diferencia de que ahora el demonio no alcanzó a esconderse de la furia de su esposa que escupía víboras, rayos y centellas por su boca; también recibió los golpes que sobraban, así como los gruñidos que le destemplaban el oído y le provocaban la caída del cabello por el fétido aliento de su mujer que calló repentinamente y, con una diabólica risotada, dio cuenta de una prueba más para el maldito humano, la prueba definitiva, la que le ganaría una eternidad de torturas o la salvación.

-“Mañana temprano”, dijo la diabla, “tendrás que domar a una burra bronca que encontrarás en el corral; si no lo logras serás sujeto de los más perversos castigos que puedas imaginar…”

-“Pero si lo hago”, dijo Pedro de Urdimalas, “¿Me dejarás libre?”

-“Lo pensaré…”

Pedro no sabía lo que le esperaba, hasta que la bella Blanca Flor le confesó que la burra era su madrastra transformada; que la silla que debía montar, era su padrastro; que la rienda y los estribos, serían sus diabólicos hermanitos, y que ella sería la fusta con la que debía dominar el carácter salvaje de su madre. Todo estaba dispuesto para que el maldito humano no pasara la prueba decisiva y esta vez la joven no podría ayudarle de ningún modo posible. Urdimalas no quería hacer uso del chicote pues eso le provocaría un gran dolor a Blanca Flor que tanto lo había ayudado y de quien se había encariñado mucho en los últimos días.

Llegada la hora Pedro entró en el corral y con un palo que había escondido entre sus ropas le soltó un buen golpe en la cabeza a la burra que, sorprendida, no supo esquivar; después del primero siguieron muchos más, pero no sólo contra la testa del animal, sino contra la montura y sus estribos, hasta que, cansados de tanto golpe dieron de sí y cayeron de bruces en medio del infernal patio. Blanca Flor recuperó su forma y le pidió a Urdimalas la llevara consigo, aunque eso le costara la inmortalidad; ella también se había enamorado y estaba dispuesta a todo con tal de seguir el impulso de su corazón.

-“Ve al potrero grande. Allí encontrarás dos caballos muy parecidos, toma al más noble, Pensamiento, y regresa por mí. Yo prepararé todo para que mis padrastros no descubran que me he ido contigo”.

Pedro corrió al potrero como se lo indicó la joven, mientras ella escupía en una vasija una y otra vez; cuando estuvo frente a los caballos no pudo distinguir cuál de ellos era el más noble, pero sí el más brioso. Lo ensilló apresuradamente y galopó hasta la puerta de la casa en la que Blanca Flor lo esperaba angustiada.

-“¡Tomaste el caballo equivocado! ¡En este nos darán alcance rápidamente! ¡Pero ya no queda tiempo, vámonos ahora mismo!”. Ambos montaron y enfilaron hacia la cueva de las caras lodosas.

A los pocos minutos de haber partido, la diabla despertó adolorida y aún mareada por la golpiza recibida; trastabillando se encaminó a la casa y desde la puerta gritó a su hija:

-“¡Blanca Flor!”

-“Mande…”

-“¡Blanca Flor! ¡Ven aquí!”

-“Mande…”

-“¡Que vengas te digo! ¿Qué no entiendes muchacha del demonio?”

-“Mande…”

La voz de Blanca Flor poco a poco se hacía más débil, perdiéndose como un lamento en el silencio del infierno, cuando su madrastra descubrió el truco de la vasija, para después correr al potrero y descubrir que se habían llevado al Traga Leguas, un caballo veloz, sí, pero no tanto como el Pensamiento. Cuando la diabla lo montó, lo único que tuvo que hacer fue pensar en dar alcance a su hija y al mal nacido de Urdimalas, para que el animal supiera qué camino tomar y llegar así, de inmediato, a donde estaban los fugitivos.

-“¡No voltees Pedro!” gritó Blanca Flor desesperada, “¡Mi madre casi nos alcanza!” De entre sus ropas sacó un puño de hierba que arrojó al paso de Pensamiento, convirtiéndose en un tupido monte de hortiguilla y espinos que detuvieron momentáneamente el paso del penco, pero no fue suficiente. Sólo bastó con que la diabla pensara de nuevo en su hija para que el corcel retomara el camino.

Una vez más la muchacha buscó entre sus ropas y encontró un espejo que arrojó también al paso del potro, para convertirse en un lago que reflejaba los pensamientos de quien allí se hundiera; por ello, cuando la diabla se dio cuenta que nada podía hacer para alcanzar a su presa, lanzó la siguiente maldición:

-“¡Por el mismo Dios te juro que habrás de sufrir cuando ese hombre te olvide; sólo bastará que alguien lo abrace para que suceda! ¡No lo olvides Blanca Flor! ¡Cuando alguien lo abrace, se olvidará de ti, y sufrirás por ello!”

Lo grave de la maldición es que la había hecho en nombre de Dios; eso la hacía doblemente efectiva: primero por jurar en su nombre, y segundo porque no había forma de evitarla. Pedro no entendió la amenaza en las palabras de la diabla, y por más que Blanca Flor le explicó lo que su madre quiso decir, no se percató de la preocupación en su voz.

Cuando llegaron al pueblo todo estaba cambiado para Pedro, las calles eran las mismas pero no los lugares, ni los tendajos; los que eran baldíos, ahora estaban ocupados con pequeñas y grandes construcciones. Muchos rostros le parecían conocidos, pero estaban viejos y cansados. Fue entonces que entendió lo que pasó: para él apenas pasaron unos días, pero en su mundo, el de los humanos, habían transcurrido años enteros.


-“Espérame aquí, déjame buscar un lugar seguro para escondernos y comer algo porque seguro ya tendrás hambre ¿verdad?”, comentó Pedro de Urdimalas a Blanca Flor que asintió con un gesto tranquilo y más confiado que minutos antes, durante la carrera.

La narración de mi tía Elodia se vio interrumpida por un gran alboroto en el centro del patio; algunos pensamos que había sucedido algún accidente o algo por el estilo, pero no: el tío Pedro había regresado y todos corrimos a abrazarlo.

Benavides S., O. M. Hacienda Sta. Engracia. Hidalgo, Tamps. Primavera 2010.