viernes, 20 de marzo de 2026

Una más, uno menos...

 El primer profe que me enfrentó a la literatura en la Normal, fue Carlos Omar; con él me permití descubrir que literatura es más que leer, llevar al texto a otro nivel, confrontarlo con la realidad, la nuestra… No estoy seguro si era literatura mexicana, pero sí recuerdo lo leído: Juan Pérez Jolote, Los de abajo, algunos cuentos de El llano en llamas y otros más que conservo en copias y en originales que pude comprar después.

Tengo presente -de hecho, lo referí hace poco- una corrección conceptual que me hizo frente a mis compañeros, acto que me provocó vergüenza y un aprendizaje que no se me olvida… Me corrigió con mucho respeto y cuidado de sus palabras para no hacerme sentir mal en mi primera intervención en clase y, a partir de ese momento, no dejé de participar, aunque no me tocara ser el expositor en turno. Fue la única clase que me dio; después de eso se internó en la vida sindical y, unos años después, fue nombrado Secretario General del sindicato que me cobija en la Escuela Normal Superior.

Concluí la licenciatura y fue él mismo quien firmó la propuesta para que ingresara a esta escuela como contrato en un verano para, posteriormente, incorporarme por concurso a cursos regulares. Después supe, por palabras de quien fuera director de la misma institución, que eran cuatro los que se colgaban la medalla de mi ingreso a Regulares, entre ellos él; lo que sí sé de cierto, es que él volvió a firmar, después de mi defensa, mi ingreso a la Normal. Poco lo vi mientras estuvo en la dirigencia sindical, pero siempre estaba rodeado de otros profes, unos ruidosos y otros ásperos, pocos amables, pero siempre con gente.

Él escuchaba, siempre atento, siempre cortés, sin juicios predispuestos al aire, paciente, considerado. Yo solía llamarlo amigo, aunque no lo fuimos… no nos dejamos, no coincidíamos en carácter y preferimos guardar distancia antes de entrar en detalles por diferencias marcadas de opinión. Nunca cuestionó mi actuar, pero yo sí el suyo; nunca reclamó mis palabras y yo sí sus silencios… siempre me consideró muy chavo frente a él, irreverente, y es que tal vez nunca dejó de considerarme su alumno que se negó a aprenderle… no lo sé.

Lo que sí no puedo negar, y eso lo agradezco, es que haya sido mi profe, que me haya dejado en vergüenza frente a mis compañeros (ya dije que aprendí de eso), que haya aceptado mi ingreso dos veces a esta escuela que tanto quiero… -En eso coincidimos… los dos queremos esta escuela… él lo hizo patente con el himno que nos identifica, yo lo sigo intentando con mi trabajo en las aulas…-; le agradezco el saludo y sus felicitaciones en cada cumpleaños, que ni yo tengo presente. Le agradezco su sentido humano y su paciencia conmigo… Gracias… Maestro-amigo-compañero… luego seguiremos discutiendo por mis comentarios impertinentes y tu poca tolerancia a mis malos chistes… Brillen luces de paz y esperanza, vibren notas que exalten tu honor...

Bueno, bai.

viernes, 28 de marzo de 2025

Un profe bueno

He decidido tomar el título de un artículo que leí hace ya muchos años que trataba de describir a un médico pediatra que me atendió en la infancia, justo un día después de su muerte, y lo he cambiado porque, si bien no conocí en el plano personal al profe que aquí intentaré describir, sí puedo reconocer su labor como docente, formador de docentes y un poco como directivo de una secundaria que pertenecía a la zona escolar donde trabajé poco más de trece años.

Cuando llegué a la Normal, no recuerdo en que año, su nombre resonaba en los pasillos junto a otros que me parecían igual de importantes: Garma, Chiu, Rogelio Reyes y el de él, Enrique Varela. Cada uno de ellos tenía una fama que defender, Varela la de un lector que exigía formar lectores, a partir de sus propias lecturas, sus referentes literarios que correspondían a un gusto propio y que, me parece, le eran cómodos, además de conocidos.

En su clase leímos, entre otros, a Swift, Shakespeare, Kipling, Goethe, Flaubert y otros que se me escapan de la memoria; se trataba de lectura obligada semanal, es decir, una obra por semana, con su respectivo análisis desde el enfoque histórico y literario, con las implicaciones que eso podía tener, particularmente para quienes no tenían desarrollado el hábito de la lectura lo cual no era mi caso. En cuatro frecuencias por semana, nos alcanzaba para comentar lo leído y lo escrito, para discutir nuestros puntos de vista frente a los suyos, para exponer nuestros argumentos y confrontarlos con otros y perfilarnos para la siguiente pieza literaria que guardaba una relación, aunque fuera débil, con la anterior, hasta tejer una historia mayor.

Por supuesto Varela era el terror de mis compañeros y, a ratos, el mío también; era rígido en su evaluación, ácido en sus comentarios y buen conversador, si le gustaban los argumentos. Después, visité la secundaria en la que era director, para hacer mi práctica docente, porque era la escuelita que me quedaba más cerca de mi casa; nunca imaginé que tiempo después compartiría con él en la misma zona escolar, tiempo en el que aprendí más que en esa desafortunada práctica y, justo antes de concluir los cuatro años de licenciatura, me apoyó con una publicación, como Consejero Editorial, en la que tenía cancha libre para hacer cosas que me parecían interesantes, hasta que la historia de Paradoja y “el Jefe” Valera, nos alcanzó para que la revista fuera suspendida.

Al concluir esa formación docente inicial, Varela se convirtió en mi compañero docente en la Normal; ya no era mi terror, sino el de otros, y podíamos hablar de igual a igual de libros y publicaciones por las que compartíamos el gusto. Su postura siempre fue de ser superior, aunque sé que solamente era eso, una pose pública que debía mantener el mayor tiempo posible; su frase “A partir de este momento me convertiré en la peor de sus pesadillas”, dirigida a sus alumnos, ahora me quedaba clara y, aunque no la compartía, muchas veces otros compañeros me recriminaban haber adoptado esa frase para mi actuación.

Pocas veces tuvimos desacuerdos, en muchas ocasiones coincidimos en la apreciación de algún hecho detectado entre los alumnos que compartíamos y en otros momentos, pocos, pero significativos, fuimos cómplices para tirar carrilla a Arellano, Chiu y hasta a Gilberto Garza. En los últimos años, su impresión hacia mi persona se hizo distinta, creo que me veía como a uno de esos alumnos que casi te alcanzan, o al menos lo intentan, al menos eso me hacía sentir, con el hálito de respeto con el que platicaba conmigo, con los comentarios cercanos, casi íntimos, que se tienen entre profe y alumno, con la confianza de reclamar y atender inquietudes que compartimos en torno a la tarea adoptada al interior de nuestra Normal.

Lo identifico como un Profe bueno, uno de los que se arremangan la camisa para agarrar el gis y se quitan el saco para actuar su rol docente; lo identifico como un Profe bueno porque escuchaba a sus alumnos y discutía sus ideas como uno más, sin mayor autoridad que la del profe que sabe, el que ha caminado por otros caminos, el que quiere dar más, aunque no sepa cómo hacerlo, porque no es su estilo, su personaje, su modo…

Varela deja un hueco en la Normal, justo cuando se necesita mayor atención a la formación docente, en el ámbito de la lectura, en el compartir experiencias, en lo que él sabía y se lleva a donde quiera que vaya. Descanse, como sea que lo haga, Enrique Varela Bueno, mi profe bueno.

Bueno bai

domingo, 10 de diciembre de 2023

Uno más...


 

Lo que sigue...


 

Pues, seguimos...

 

lunes, 30 de enero de 2023

Los mostros y las brujas

No suelo llegar tarde, es más, casi siempre llego media hora antes de que me indiquen que ya debe iniciar la jornada. A esa hora todo sigue oscuro y, durante octubre y lo que resta del año, el clima se siente húmedo, fresco si no es que frío, brumoso y con esa brizna que anuncia la llovizna que no siempre llega a tiempo. Al cruzar el portón, muchos mostros -sí, mostros, no monstruos- y brujas ya rondan el patio en torno a la idea de comenzar el día, mientras roen un pan y beben su leche o jugo, algunos gruñen despacito, con cierta timidez, un “Buenos días”; otros se reúnen lentos para compartir algún comentario mientras danzan de un lado a otro, como zombis que se balancean sin ir a ningún lado.

Mis mostros y brujas no son maléficos, si acaso despistados que olvidaron la tarea o el libro en casa, pero igual dan miedo cuando al sonar del timbre forman filas para gruñir más fuerte… el timbre es la señal de que deben hacerlo, justo antes de pasar a cada salón donde habrán de estar las siguientes horas en un intento de combatir contra lo que no saben que necesitan para sobrevivir en este mundo lleno de oportunidades de crecer y opciones para hacer lo que no saben que saben aún.

Sacan sus libretas e intentan garabatear lo que el profe les señala, algunos lo hacen para disimular, otros para ocupar su tiempo, los menos se quedan viendo el vacío en espera del medio día para ir a casa donde los espera un plato de sopa caliente y los brazos de mamá o de la abuela. En sus mochilas cargan la vida: libros escritos por alguien, con cosas que ya pasaron o que deben pasar, un recado que olvidaron entregar, lápices, plumas, colores, borrador, tal vez un diccionario y calculadora, el lonche que olvidaron comer hace una semana o la envoltura de las galletas que no recuerdan haber comido; unos traen el celular para usar en la clase de Español, con la esperanza de que el profe les pase datos y poder enviar la tarea.

Mis mostros y brujas se asustan si el profe levanta la voz, pero ya no si los mira con el entrecejo fruncido, porque saben que es un mostro igual que ellos que los deja tomar decisiones y afrontar las consecuencias, aunque estas sean un cinco por no trabajar. Los mostros son menos ruidosos que las brujas, pero igual dan miedo cuando tienen ideas que irrumpen el orden que se espera de ellos; son nobles, buenos y brillantes; las brujas, por su parte, son todas lindas y greñudas; sí, llegan con chongos, pero a media mañana la liga del pelo ya no es suficiente, suelen ser aguerridas y discuten casi todo cuando no entienden algo; pero cuando los días son difíciles, se enojan por todo o lloran por nada y no hay quién las entienda.

Da mucho miedo, de ese que provoca que te hagas pipí en los calzones, cuando se proponen no llevar la tarea, cuando se proponen ignorar a los profes y cuando se organizan para hacer lo que no se espera de ellos: esconder mochilas, ignorar a otros mostros o brujas, hacer pasar un mal rato a los intendentes o a la directora con sus ocurrencias. Da mucho miedo cuando corren tras una pelota, porque no ven si un mostrillo, brujita, profe, prefecto o perro, cruza frente a ellos y atropellan al que se interponga a sus sentidos así, con una disculpa que siempre es igual: -“Es que no lo vi…”

Algunos mostros y brujas no hacen ruido con la voz, sino con la mirada; eso da mucho miedo porque no hay manera de adivinar lo que piensan, aunque un poco sí lo que sienten. Lo que da más miedo es llegar al viernes y escucharlos gritar desde lejos: -“¡Nos vemos el lunes, profe!”, porque no se sabe si la amenaza es real o sinceramente parte de la inconsciencia colectiva que los caracteriza. Mis mostros y mis brujas son únicos para sus padres y familias, pero también para mí que los veo poco tiempo, sólo el suficiente para saber que son reales y que existen.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

¿Sueño prolongado?

 

De niño me asustaba lo que veía en aquella vecindad en la que vivía, pero pronto me acostumbré a ello. Después, al nacer mis hijas, las visitas desaparecieron y por un buen rato todo volvió a la normalidad que no conocía hasta entonces. Tenía rato de no hablar de ello porque muchos se reían o lo tomaban a broma, así que me era preferible no contar lo que veía.

Cuando tuve que salir de casa para vivir solo, las visitas se volvieron constantes, como si supieran que ahora tenía tiempo para ellas; yo cometí el error de atender el primer llamado cuando, al volver del trabajo, por la noche, descendí del camión y respondí el saludo al primero, sin percatarme de su transparencia, sin darme cuenta de podía ver a través de él. Estaba de pie junto a las vías del ferrocarril, de la ruta Monterrey-Torreón, en los linderos de la colonia Don Lalo, en Escobedo, N. L.; de allí y caminaba una cuadra hasta llegar al departamento que entonces rentaba y me siguió hasta la puerta sin hablar, sin decir nada.

A los pocos días ya eran varios los que me esperaban y en el mismo sitio, a la misma hora, con sus mejores galas, siempre bien peinados todos y atentos a lo que tenía que hacer para evadirlos. No perdían detalle. Algunos atrevidos se acercaban y me saludaban; otros, callados, levantaban la mano para alcanzarme. Yo me distraía con el encendedor, o el cigarrillo recién encendido, sin perder de vista la escalera y la puerta del departamento que estaba en un segundo piso, a escasos 30 metros de la vía férrea.

Un fin de semana me visitaron mis hijas y les pedí que no molestaran esa noche porque ellas estarían conmigo el fin de semana. Ese fue el principio de nuestras charlas, charlas que se interrumpían los sábados y domingos, hasta que mis hijas volvían con su mamá. Algunos sólo querían platicar, otros pedían cosas, ya fuera buscar a su familia o amigos, encontrar algún objeto, agua, cerveza o tequila, tacos o sopa caliente que no podían ingerir, pero que querían servida “para verla, cuando menos”; unos pocos eran groseros y demandaban mayor atención, hasta que los más frecuentes les decían que no debían exigir, sino pedir.

Tuve la necesidad de cambiar de casa. Me despedí de todos… de casi todos… En la casa nueva, ahora en Apodaca, me visitaba un joven todas las tardes. No hablaba nunca, sólo se asomaba por la ventana y se dejaba ver su reflejo en la puerta principal cuando estaba abierta. De vez en cuando encendía la luz del baño, de la sala o del patio, pero no era ruidoso. Mi esposa lo vio varias veces y, ya en confianza, le puso nombre. Gran error.

Con ella en casa se volvió travieso. Además de las luces, prendía la tele a todo volumen, el estéreo y hasta la licuadora; no le importaba la hora, cualquiera era buena para hacerla rabiar. Un día, dejó sus pies marcados en el piso recién trapeado por toda la sala hasta la puerta de la cocina. Ella creyó que había sido yo, pero los pies eran pequeños, menos que los suyos, pero sí mucho más que los míos.

Una amiga, que sabe del tema, habló con él. No quería nada, sólo compañía. No sabía su situación y le divertía lo que hacía desde que mi esposa llegó a vivir con nosotros. Nos preguntó si queríamos guiarlo o dejarlo en esa casa que pronto dejaríamos. La decisión era fácil, era necesario que se fuera, así que hicimos lo que nuestra amiga nos sugirió y funcionó, nunca más volvió, ni nadie más… todavía.

miércoles, 4 de mayo de 2022

¡Feliz cumpleaños!

 Es el cumple de mi hermanito. El menor, el mismo al que le escribí una canción; el mismo del que escribí aquí hace años, en el texto Papalotes, el mismo al que me refiero en otro que se llama Mis Hermanos, aquel que aparece junto a mi hermanito Carlos con el micrófono en mano, cantando, en la foto que acompaña el texto y que aparece en otra en el texto que escribí en memoria del mismo Carlos. Cumple años mi hermano y hace mucho que no escribo de él porque lo que tendría que decir es que lo echo mucho de menos; sí, hace tiempo se fue.

Me llamó mi sobrina para avisarme y, por unos minutos no entendí de qué hablaba; tontamente pensé que era una broma pesada de mi hermanito, con quien había hablado una semana antes durante una reunión virtual de la SENL, de esas que no sirven para nada, relacionada con lo que pasaba entonces, el aislamiento derivado de la pandemia por Covid… Mi cuñada me platicó que se fue quedito (como cuenta Enrique Saucedo en su cuento), sin hacer mucho ruido. Sigo sin asimilarlo y cada vez que surge algo: alguna película, revista, libro, software, juguete o figura a escala, mi primera reacción es llamarle antes de que me asalte la memoria con la voz de mi sobrina.

Yo no sé, porque soy ausente, si mis sobrinos Joaquín, Keren y Ricardo me ven como su tío, pero tengo claro que mis hijas siguen llamando a mi hermano como tío cuando se presenta la ocasión. Mañana sería ese día… por ejemplo.

Me tardé mucho para ir con Ma’Mary… el pretexto era la pandemia, la verdad es que no tenía claro qué decirle, cómo enfrentar el dolor que le causaría verme, el dolor que la memoria le traería al juntar su vacío con el mío, con el de todos… Hoy cumple años ella, esta sería la noche de la reunión improvisada de sus hijos y este que casualmente caía para abrazarlos, para platicar largo y tendido, para escuchar lo que todos tienen qué decir en torno a lo que fuera, cualquier cosa; para reírnos de la niña a la que recogieron de la basura, para burlarnos de el flaco que ya no es flaco, para evocar a Paco que está en Nayarit casi todo el año, para sacar a flote anécdotas de cuando éramos niños.

Mañana le volvería a llamar, para felicitarlo, para abrazarlo por teléfono tal como él lo hubiera hecho conmigo unos días ates… Mi hermano menor, aquel al que extraño tanto, del que sigo hablando en mis anécdotas que son sólo mías ahora, sin respaldo, la mismas que mis hijas y esposa creen que son inventadas porque éramos niños aburridos… Mi hermanito, al que no he llorado porque no me he querido detener para hacerlo, pero que me provoca ese nudo de garganta cuando lo recuerdo.

Te echo de menos. Feliz cumpleaños, cabrón… a ver cuándo nos echamos algo otra vez... Tengo mucho qué contarte. Saluda a Carlos y al Profe de mi parte… si ves a mamá, dile que… nada… ya se lo diré yo mismo después.


lunes, 9 de diciembre de 2019

Una semana con madre

Como docente enfrento diferentes y variadas oportunidades de intercambiar impresiones con los padres de mis estudiantes. Lamentablemente, las más de las veces que esto ocurre se debe a situaciones en las que se debe poner un remedio a una situación problema y no necesariamente para acordar alguna estrategia que facilite el trabajo en casa, de manera que este apoye el trabajo del aula. Casi siempre los padres acuden cuando se entregan las boletas de calificación -con malas noticias, por cierto- y no cuando se les solicita su presencia por alguna cuestión disciplinaria o de intervención académica que evite la reprobación o la baja calificación. 

En ese sentido, hace unos años, invité a la mamá de uno de mis alumnos a tomar clase con triple intención: que viera cómo se desenvolvía su angelito en el trabajo de aula, lograr el freno en la disciplina de su querube y orillarla a participar con mayor cercanía en las actividades escolares de mi alumno que, está de sobra señalar, muchos padres desconocen y evaden bajo el pretexto de que no entienden lo que debe hacerse para ayudar a sus hijos en las tareas escolares. 

Justo esto último fue el motivo principal de la invitación, además de que en la reunión para la entrega de calificaciones anterior, fue la mamá más brava en sus críticas y comentarios en contra de mis compañeros docentes, con poco sustento por los resultados de su hijo y la poca atención evidente que le prestaba ella misma. Cuando le sugerí acudir una semana para que personalmente vigilara mi actuación y la de mis compañeros, aproveché sus propias palabras que dictaban que ella sabría cómo poner en cintura al grupo, que vale la pena señalar estaba catalogado por el personal administrativo y de apoyo, docentes y directivos, como el peor grupo en calificaciones y disciplina, al ver en suma la cantidad de reportes que tenían acumulados desde el ciclo anterior. 

Foto: Archivo de USAER
El reto estaba echado. Ahora era cuestión de tiempo para que la Señora cayera en su propia trampa frente al resto de padres de familia que esperaban expectantes su respuesta… y cayó. Me marcó la fecha en que acudiría y, con el apoyo de la Trabajadora Social y la Prefecta, se logró que los demás profesores aceptaran tenerla en sus clases como visora. El requisito, propuesto por mí, como asesor del grupo, era simple: tenía que sentarse junto a su hijo, llegar con él cada día de la semana, tomar nota, seguir instrucciones y cumplir con las actividades propuestas por cada profesor, como si se tratara de una alumna más.

El primer día no aguantó sentada media mañana; buscaba el pretexto para salir del aula tal como lo hacen los güercos: pedía permiso para salir a tomar agua, para ir al baño, para estirar las piernas, para cambiar de lugar; pero mis compañeros asumieron su rol según lo planeado: no le daban permiso o le pedían que tomara su lugar, revisaban sus notas conforme avanzaba la clase y le exigían terminar las actividades propias de cada clase. La Prefecta, hizo lo propio, le llamó la atención frente al grupo por cambiarse de lugar, por estar de pie y hasta por la queja de uno de los maestros por distraerse por la ventana. 

El segundo día llegó tarde y la dejaron parada en la puerta junto a los demás impuntuales. Lo malo es que cuando la Directora se dio cuenta, pasó a todos a sus grupos, incluyéndola a ella. Ese día no hubo incidentes, salvo que no llevaba lonche ni dinero para comprar su almuerzo en la cooperativa y pidió prestado, primero a la Prefecta y, ante la negativa, decidió no tomar alimento de ningún tipo. El tercer día, no llevó la tarea de Geografía, aun cuando el profesor le dio el material que necesitaba para hacerla, como al resto de los alumnos de todos los grupos que atiende, sin cobrarles ni un quinto por los mapas y estampas; tampoco cumplió con el de Matemáticas, que asumió el rol de profesor tirano con los alumnos frente a ella, aun cuando ellos sabían que su carácter no era coherente con el trata cotidiano. 

El cuarto día, jueves, me pidió la salida porque tenía que hacer la comida… y le dije que sí, siempre y cuando se llevara a su hijo con ella, lo que provocaría que él viera que el pretexto era sólo eso, un pretexto para no estar más tiempo allí; así que no se fue, cosa que de haber hecho le habría evitado un reporte por pegarle a su hijo cuando le escuchó decir una majadería. Antes de continuar, debo señalar que ese ciclo en particular, después de la experiencia con la Señora, eran las mamás las que pedían ser agendadas para tomar clase con sus hijos, lo cual llamó mucho la atención de la Supervisión escolar y de la Dirección de la escuela, adoptándose sólo en mi grupo esta acción, lo cual ayudó a que mis alumnos despuntaran del último lugar en aprovechamiento, al disputado primero; bajó el índice de reportes y citatorios, no porque los estudiantes hubieran corregido su actuar, sino porque sus mamás estaban presentes en las aulas, lo que les provocaba vergüenza frente a sus compañeros de otros grupos y maestros. 

Las mamás, mondas y lirondas, se paseaban en el descanso y discutían con sus compañeros de aula cómo hacer el trabajo que les habían encargado, cómo organizar los equipos para cierta actividad, a quién le tocaba llevar galletas o tostadas para trabajar en sus casas por las tardes y hasta con los profesores de Educación Física que solían arbitrar algún juego durante el descanso, si no estaban de acuerdo con ellos. El ambiente se antojaba rico, tranquilo, nervioso por los docentes que solían faltar o llegar tarde, pero se aprovechaba el tiempo y se trabajaban mejor las actividades escolares. 

De vuelta a la experiencia que da origen a este texto, cuando llegó el viernes, la mamá que nos acompañó quedó convencida de lo que debía hacer en casa y que lo que casi gritoneó en la reunión de un par de semanas antes frente a otros padres, era una exageración de su parte; entendió que el trabajo docente está mal pagado y que el que ella hacía en casa estaba auto sobrevalorado, que le faltaba mucha paciencia y tacto con su bebé. Descubrió que ser alumno no es tan fácil en ese contexto, pero que ser el profe es peor.

Bueno bai

miércoles, 11 de octubre de 2017

Caminar entre la niebla. Reseña.

Dejen les cuento que tuve una reunión Alfonso Ramírez, Felipe de Jesús Michel para platicar sobre el libro Caminar entre la niebla, de este último, editado por el Fondo Editorial Nuevo León, sobre su contenido, sobre lo que refleja. Hablamos del título, del personaje que vive como hilo conductor de las historias que contiene el libro, de las anécdotas compartidas, de las similitudes que encontré conmigo, de cómo se construyó el contenido, de su viaje entre la docencia, el servicio y las letras, de lo que sigue para él como autor en sus futuros retos, y otras cosas.

De todo lo anterior, me quedo con algo que he dicho desde que leí esta obra: “Si conoces a Michel, si has hablado con él, cuando lo lees, lo escuchas”. Su voz domina lo que cuenta. Sus gestos, siempre serios, suelen ser coherentes con lo que dice, con lo que quiere decir; pero también deja ver la broma, la mordacidad, la ironía, el cotilleo, la sencillez que suele antojarse falsa si no lo conoces, pero que se sabe honesta con el trato. Pero permítanme hablar del libro…

Caminar entre la niebla, se antoja fresco, ligero en su lectura, claro en sus palabras, rico en imágenes, y delicioso con un café en cualquier tarde, más aún si se comparte su lectura con alguien. En su portada se deja ver un fragmento de Solsticio (1995), de Rosario Guajardo. Se trata de un diseño tenso que no está sujeto a la realidad, y que se desenvuelve evidentemente en una estructura sin planificar. Se basa en las cualidades de los colores y de líneas complicadas que no buscan precisión y que se sobreponen unas a otras, lo que permite establecer un estilo fuerte y vigoroso que abarca la superficie del soporte con un espíritu unificador.

Algo así sucede con las líneas que Michel presenta en sus catorce cuentos: permiten la tensión en algunas de sus historias que facilitan el descubrimiento de la voz narrativa en el personaje que usa como ancla a lo largo del libro; ofrece colores distintos, entremezclados, para otorgar al lector la oportunidad de encontrar el ritmo en una época distante, y distinta a la que se vive hoy, pero cercana en las experiencias narradas; las variantes entre la veracidad y la ficción se unen en una nueva realidad que permite recrear en imágenes la anécdota recurrente; el estilo, que aún busca su propio sello, está marcado por su gracia de contar, la misma que usa cuando se platica con él en los pasillos.

En el primer cuento, nos lleva de la mano a su amor por las letras, al compromiso que carga como profesor; pero principalmente, a la forma en que visualiza en la memoria su primer acercamiento a la lectura, y la necesidad de conocer más allá de lo que su pueblo tenía para ofrecerle. Después, comparte el sueño de muchos y su encuentro con “El Diablo” Velasco, reconocido luchador del pancracio mexicano, maestro de figuras como Mil Máscaras, Satánico, Atlantis, Cien Caras, Mascara Año 2000, entre otros; quien además lo mandó al diablo por falta de hambre.

En el tercer cuento, Instrucciones para nadar, por fin descubrimos al narrador: Benito, que enfrenta la ciudad como puede, y que está dispuesto a dejar su vida -o su muerte- en manos del destino, pero que descubre, en apenas unos segundos, que más vale lo seguro a lo desconocido, aunque esto último sea una promesa atractiva… pero al fin promesa nada más.

A partir de aquí, Benito nos permite ver en su memoria y nos abre un abanico de posibilidades que se hacen presentes en cada historia venidera. Un “cuento bisagra” dice Michel, pero la verdad me parece que es Benito el que dicta lo que sigue y, aunque a ratos puede parecer predecible, se sorprenderán al leer e imaginar junto a su autor cada vuelta de tuerca, cada esquina y escondrijo que aparece en el momento menos pensado, con figuras que saltan a la memoria de quien lee como si fueran experiencias propias.

Si alguien ha vivido la experiencia de ser un estudiante foráneo, seguramente se identificarán con Benito, personaje que se presenta recién llegado a Guadalajara, de Casimiro Castillo, pueblo ubicado a poco más de 200 Km. de la Perla tapatía. Con apenas 14 años, en 1975, época en que se ubican los cuentos. Es un güerquillo, con sus papás lejos, en una gran ciudad; por supuesto que cada cosa que vivencia, lo marca y lo transforma a diario en un Benito diferente, un Benito que sobrelleva cada encuentro y desencuentro como si fuera el último, un Benito que siente cada golpe de vida en la piel, el corazón, la panza y el orgullo.

En el siguiente cuento, Daniela, una de tantas en la vida de Benito, correrá con la mala suerte de perderse en la niebla del recuerdo, igual que la esperanza del protagonista y la fuga del sueño de hacerse de una novia, te dejarán con ese ligero saborcillo a llanto que se atora en la garganta, sin saber exactamente el por qué. En su búsqueda, decidido a encontrarse con alguien que lo quisiera pobre y feo, pero con la consigna de que cumpliera también el requisito de ser igual: pobre y fea, aparece, como un accidente, Claudia. Todo Guadalajara dio cuenta de ese amor y ofreció consejo de qué hacer para llegar a su corazón; otros criticaron su falta de decisión, pero la solución se presentó como una bofetada acompañada de un guiño de la vida que se burla de cualquier cosa.

Una de esas burlas es El asalto de las Valkirias, donde Benito y Michel se unen en ideología y tesón, a lo que hoy llamaríamos necedad y terquedad, origen de mucho de lo que hoy vivimos en la política y buen gobierno. Pero donde se deja ver también, mucho del actuar, del ser, del carácter del autor.

Si alguno ha leído a El rey criollo, de Parménides García Saldaña, hagan de cuenta que el siguiente cuento se inspiró en el mismo ambiente. Tendrán que poner las primeras tres rolas de Led Zeppelin III, de 1970, … y Light my fire, de Doors, para ambientar la lectura, tal vez acompañados de esos pastelillos que se encuentran en algunas tiendas naturistas. Cuando estén en eso, se toparán con sorpresas y desengaños, y entenderán otro sentido de lo que es quedarse como el perro de las dos tortas.

Desde la ventana, es un pasaje desgarrador de la infancia de Benito, del que no diré más porque vale la pena leerlo y entender que la violencia sexual se presenta bajo cualquier máscara, con cualquier pretexto, y con el mismo miedo. En Confabulando, Benito nos comparte esa experiencia ansiosa de toparse con uno de sus ídolos, inalcanzable bajo otras circunstancias, e inalcanzable para él, por caprichos de la naturaleza y el temor de los cómplices de ese fallido encuentro.

En el cuento número once, Xavier hace acto de presencia y se muestra aborrecible, abusivo, prepotente, y mamón, entre una serie de flash backs que llevan a lector de ida y vuelta en los recuerdos de Benito. En La difícil sombra de la infamia, Benito sufre otra transformación frente a Dalilha, tal vez la que marcará el final del ciclo, el que llevará al último encuentro con el narrador, con sus desventuras juveniles que cada vez se tornan más adultas y cercanas a lo que vemos en las noticias; pero lo más grave, pierde el don de la palabra, aquella que lo acompaña desde sus primeras lecturas, desde sus primeros encuentros consigo mismo, con su sueño de ser el que cuenta, con su labor de transmitir el gusto por las letras.

Por último, en Los ojos de Xavier, Michel, no Benito, deja el tono irónico, burlesco, ingenuo del pueblerino que llega a la ciudad para perderse, y nos lleva de la mano por la lujuria perversa, esa que raya en lo vulgar y se adereza con un crimen desatado por locura, que rompe con cualquier esperanza de que ese muchacho se logre.


Estoy convencido de que Caminar entre la niebla es un libro que no tiene desperdicio, que permite un enfrentamiento entre el lector y el autor desde la primera historia. Este Caminar entre la Niebla me permitió conocer a un Michel, que ya conocía de viva voz, en el papel de escritor, en el de tiro al blanco para las escopetas de quienes se juzguen críticos. 

lunes, 3 de abril de 2017

El abuelo, el mío...

Hay un proyecto que me gusta trabajar con mis changos en la secundaria, que trata de elaborar biografías; lo que hago distinto es que, en lugar de hacerla sobre un personaje, como lo sugiere el programa, les llevo a la construcción biográfica de alguno de sus abuelos, hecho que considero importante porque estoy convencido de que debemos tener conocimiento de dónde venimos y el camino que hemos recorrido gracias a quienes nos anteceden.

Mis alumnos se emocionan con su trabajo y, conforme avanzan en la producción, se dan cuenta que hay detalles de la historia de sus propios padres que no conocen y, a su vez, cositas que sus padres desconocen de sus padres, es decir, de los abuelos, ¿qué cosas no?

Para fortuna de mis hijas, por ejemplo, su abuelo –mi papá- siempre habla de su historia; además, hace algunos años escribió una biografía que compartió con nuestra familia y amigos; para mi suerte, la vida de mi abuela paterna no me es del todo desconocida por ese mismo texto que escribiera mi padre; sin embargo, sobre mis abuelos maternos, no conozco casi nada –o nada- de su origen, aunque viví de cerca su partida.

Hace unos días, mientras esperaba a que mi esposa saliera contenta del Oxxo con su café, escuché una canción que, cuando me dedicaba a cantar, se me atoraba en la garganta; ahora que me topé con esa historia de nuevo, como auditorio, no me fue posible oír siquiera sus compases sin evitar el nudo en la garganta y alguna lagrimilla rebelde que se evaporó al tocar mis pestañas. No, la canción no trata de mi abuelo, pero sí de uno, que según la historia, llegó de lejos porque sus oportunidades en su tierra se acabaron y, al llegar a esa nueva patria formó su familia y el trazo del camino que anduvo hasta el fin de sus días, cuando le pidió a su nieto que volviera a su terruño a avisar que había dado todo en otro lugar.

No sé, porque nunca lo hablamos, los motivos de mi abuelo para dejar Agujitas, Coahuila, pero supongo que su trabajo en las minas no le permitiría hacer lo que hizo en su vida; tampoco sé cómo conoció a mi abuela, no me lo quiso contar; ni sobre su primer matrimonio, del que tengo entendido enviudó y le dejó dos hijos que acogió mi abuela como propios; tampoco conocí el origen de su oficio, pero también lo viví cercano; me contó cómo dejó de fumar y por qué caminaba todas las mañanas hasta el mercado de abastos, por qué no hacía coraje y cómo evitaba decir maldiciones. Esto último no lo aprendí… ni lo primero tampoco.

Recuerdo que mi viejito lloraba sin que nadie se diera cuenta, a menos que le conocieran; el puchero era su gesto. Recuerdo el último día de mi estancia en su casa, después de casi un año de acompañarlo: Había cobrado mi primer cheque como promotor cultural y decidí, después de feriarlo, dárselo. No quería aceptarlo, pero después de escuchar mis razones no tuvo otra opción y lo tomó, no sin soltar dos o tres lagrimillas con sus respectivos pucheros. Cuando se fue, según me contó mi madre, tenía guardado ese dinero en un sobre, junto al talón de cheque que también le entregué.

No es que lo extrañe, en serio; sino que me parece que no platicamos lo suficiente de todo, aunque hablamos mucho.

                                               Y el abuelo entonces, cuando yo era niño, me hablaba (…) del                                                 viento del norte, de la vieja aldea y de sus montañas. Le gustaba tanto recordar las cosas que llevo grabadas muy dentro del alma...

Bueno bai.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Lo que leo lo aprendí del Profe.

Siempre comparto con mis alumnos mi afición por la lectura y la forma en que me acerqué a ella. Les digo que cuando niño sorprendí muchas veces a mi madre leyendo en su cuarto un libro que curiosamente guardaba en el toallero de su closet, lo cual me daba curiosidad porque ¿qué podía leer ella a escondidas si todos los libros de la casa –que eran muchos- estaban siempre a la vista de todos?Lo ponía cada que vez que la sorprendía, arriba donde yo no alcanzaba a verlo. Un día, cuando salió con mi papá, entré a su cuarto y, escalando por los cajones y entrepaños, llegué a asomarme apenas entre las toallas y descubrí el misterio.


Efectivamente era un libro, sin monos, puras letras… y muchas porque hasta me pareció un libro muy gordo. En su portada aparecía una muchacha semi-desnuda, llorando en lo que parecía el piso de una regadera. Yo apenas tenía siete años, tal vez ocho. La portada despertó mi curiosidad morbosa, además del título, y comencé la lectura de la novela en cuestión. Cada vez que papá y mamá salían de casa, yo entraba a la misma habitación, subía a los mismos escalones improvisados, y me sentaba a leer con toda la calma que ofrece lo prohibido esas líneas que mamá me ocultaba. Entonces ese libro era para adultos, ahora ese libro se encuentra en la biblioteca escolar de las secundarias.

Lo que pocas veces cuento, aunque no es algo que oculte, es mi afición por los cómics y la parafernalia que les rodea. Gracias a ellos me acerqué a la verdadera literatura y a las grandes historias que hoy, muchos de mis contemporáneos ni siquiera han soñado leer, mucho menos lo han intentado; sin embargo, muchos de mis compañeros de trabajo, la mayoría más viejos que yo, cuentan que eran sus lecturas de cabecera cuando niños o jóvenes. Incluso, en ocasiones, muchos de ellos apenas han descubierto lecturas, si no libros, que yo leí cuando era estudiante de secundaria.

La Iliada y la Odisea, La guerra de los mundos, La vuelta al mundo en 80 días, Tarzán, Historia de dos ciudades, Los hermanos Karamasov, Crimen y Castigo, El quijote, Frankenstein, Drácula, Romeo y Julieta, La fierecilla domada, Hamlet, Marianela, algunos cuentos de Poe, poemas de Byron, obras de Conan Doyle y Robert E. Howard, así como muchas, muchas más, fueron mis lecturas serias, si así se les quiere llamar, gracias a las historietas que me llevaron a las obras completas en sus versiones originales.

Mis lecturas entonces se daban a diario, un poco como ahora, pero con una disciplina mayor porque tenía claro que tenía mucho por leer. Todos los días, después de hacer tareas, por casi seis años, me sentaba en el resquicio de la puerta de la sala o de la cocina, en la cama, en el piso de la sala, en el baño, en el patio y en la calle misma a leer lo que se atravesaba. Lo curioso es que rara vez era en mi casa, salvo cuando me llevaba “lonche” para el fin de semana –entre siete y diez libros de cómics de cualquier cosa que me interesara-.


Las lecturas las hacía en la casa de mi hermano, mientras él y el resto veían televisión, mientras todos dormían o merendaban, mientras los demás jugaban a lo que fuera en la calle. Ellos vivían con esos libros en su casa, yo los tenía prestados a diario. Los leí todos. Imaginen una casa donde todo lo que la amueblaba eran estantes con libros; cada gabinete, cada puertita de mueble, cada repisa, trastero o mostrador –menos en la cocina-, era un escondrijo de libros, de revistas, de historietas. Miles y miles de libros organizados, uno junto al otro, por fechas, títulos, temas, colecciones, editoriales, dibujantes, escritores, ¡era una locura! Sobre todo para alguien de apenas trece años.

El dueño de todo eso me permitía manosear los libros a diestra y siniestra, me sabía responsable y cuidadoso de sus tesoros, mis tesoros también. Después de la lectura eran largas horas de platicar sobre cosas relacionadas con lo leído, cosas que dictaban las siguientes lecturas de los próximos días. Más locura, sí. El profe, así le decía, me atendía igual que a sus hijos, platicaba igual conmigo que con ellos, me trataba del mismo modo que a mi hermano Joaquín, Ángel, Paco, Nelly y Nancy… ellos eran su adoración, yo era el colado, el que siguió su tradición de coleccionista.

El profe se fue hace casi una semana y con él se llevó nada, al contrario, nos dejó mucho… a mis hermanos postizos sus cosas, su nombre, su sentido del humor; a mí, la lectura y una buena parte de mis aficiones y mi profesión. Hasta pronto Profe. Ya seguiremos platicando de superhéroes.



Hasta pronto a todos.

domingo, 5 de julio de 2015

Donato Elizondo Ayala. Secundaria 6


Después de dos descalabros, llegué a la Donato un día de lluvia intensa. Recuerdo que llegué hecho una sopa y en algunas calles del centro de Escobedo el agua me llegó, a las ocho de la mañana, apenas debajo de la rodilla. Mis zapatos se echaron a perder después de eso, mi pantalón escurría y mi camisa, ni qué decir. Pregunté por el Secretario General que me miró como bicho raro bajo el agua y me envió a la dirección donde no me dieron el paso.

La Directora no me recibió y me tuvo de pie en el corredor, desde esa hora hasta las 11:30 –tiempo suficiente para secarme la ropa aunque no los zapatos- sólo para mandarme decir con la Contralora que no me podía recibir “Tal vez mañana”. “Pinche vieja”, pensé –a veces todavía lo pienso-, y me retiré. Al día siguiente llegué un poco más tarde y, después de una breve espera, vi que salía de la oficina de la dirección Rogelio Reyes, mi maestro, amigo y compañero de la Normal, con quien llevo desde entonces una buena relación. Me preguntó lo que hacía allí, y le conté la situación. Diez minutos después la Directora me recibió y de eso hace 13 años.

Al principio todo iba bien, algunos compañeros no me hablaban, otros abiertamente me decían mamón en la juntas. Los de Español, me miraban con cierto recelo por las ganas y empeño que suponían que ponía, la verdad es que no hacía nada diferente a lo que ahora hago: la complicidad con los güercos, las tareas raras, las lecturas precarias, los ejercicios de redacción que sonaban a mucho trabajo, las películas como recurso, la importancia que le otorgo al uso de la computadora y, por ende, al internet, y cosas por el estilo.

Eso me trajo conflictos con la Directora y algunos compañeros, además de mi boca floja, mis opiniones ácidas, mi sarcasmo y mi burla abierta a las incoherencias de las que fui testigo en muchas y variadas ocasiones. De mis compañeros, obtuve lo mismo que están acostumbrados a recibir: de unos amistad, compañerismo y colaboración cercana; de otros, desconfianza y hasta puñaladas por la espalda, ¡vaya! Nada que no suceda entre mi gremio. Sin embargo, todo lo recibí gustoso, porque considero que mucho de eso me lo gané por la buena, nunca por mentiras o malos tratos, siempre con la cara alta y el paso firme.

Poco a poco me fui haciendo el viejo de Español porque mis compañeros de Academia se fueron de la escuela, por ascenso uno, jubilación dos y otra por miedo a lo que se decía entonces que pasaría con la nueva ley del ISSSTE; con eso llegó José Carlos, buen amigo y compañero que poco a poco se enroló en el mismo boleto que traía cargando con la biblioteca y otras actividades, hasta que delegué en él esas responsabilidades para dedicarme a lo que quería: mis grupos, mis compañeros por breve periodo y mi trabajo fuera de la secundaria.

En estos 13 años, conseguí más libros para la biblioteca que cualquier directivo o docente que haya pasado por la escuela, más que los que entregó el programa de bibliotecas; de hecho, me atrevo a decir que es la biblioteca escolar con más títulos de todo Escobedo y tal vez San Nicolás…

De mis alumnos, qué puedo decir. De todos aprendí mucho y lo aproveché al máximo. Muchas veces fueron mis conejillos de indias, fueron mi laboratorio humano para probar lo que llevaría a la Normal, a mis otros alumnos. No me acordaré de todos, pero sí de las situaciones y vivencias compartidas, sus bromas, sus tonterías, sus inquietudes, sus preguntas y comentarios constantes.

 Ahora me toca dejar esta escuela para empezar de nuevo. ¿Me duele o la voy a extrañar? Creo que no. Extrañaré los almuerzos con Julián, Narce y David, las pláticas con Aracely, Carlos, Esther y Jesús, discutir con Rita y la prefecta Eva Concepción, los días buenos del panquesito y la prefecta más joven de la escuela, los comentarios soeces sobre el garbanzo diabólico y otros personajes más de esa escuela tan entrañable, pero todo eso no tendrá por qué acabarse si me permito continuar enriqueciendo amistades a larga distancia.

La Donato deja marca, así como en los alumnos que se van, también en los maestros que llegan con ganas y poco a poco se las quitan. En mi deja una marca, una buena marca, un buen recuerdo; contra todo lo malo que pueda decir son más las cosas buenas que suceden allí con los clientes, con los muchachos, con mis alumnos. Si algún día tuviera que regresar, espero que sea para ofrecer algo diferente a lo que ya he hecho por ese lugar. Tal vez… como Director.

Hasta pronto...

sábado, 6 de junio de 2015

Carlos

Llegó a la escuela a la mitad del primer bimestre; nada era complicado entonces, elegías la escuela y llegabas, sobre todo si tu mamá era supervisora escolar en una escuela cercana. Ese día el número siete dejó de serlo para darle su sitio a él, pero aun cuando yo ocupaba el puesto número seis, lo sentaron delante de mí. Era raro, tenía una ceja y eso no lo había visto antes; una piel muy blanca, casi transparente y una estatura que desafiaba a la del más chaparro del salón en ese entonces; el uniforme planchado, corbata y manga larga, los libros completos en una mochila diferente a las que se usaban y bajo el brazo un cuaderno de dibujo.

Nadie lo presentó, solamente llegó en la clase de Alma Irene, a segunda o tercera hora, y le asignó ese lugar. Le ofrecí el horario y pude ver en su cuaderno de dibujo algunas líneas que representaban muy bien e E.T. El Extraterrestre, pregunté si él lo había hecho y por respuesta tomó su lápiz de dibujo y continuó su autoimpuesta tarea. A los pocos minutos me mostró el trabajo terminado: le había agregado unas cejas enormes, un cigarrillo y una lata de cerveza al dibujo. Cuando lo vio La Tuza, el tremendo del grupo, le apodó CJas, y poco después CJ Mckey.

Mis hermanos y yo
Aparentemente no le molestaba que le llamaran así, sabía que pasaría. Por si las dudas, aquellos con quienes me juntaba lo adoptamos como propio y desde entonces creo que la afinidad se hizo presente, al grado que tiempo después decidimos, así como es de arbitraria la vida, llamarnos hermanos, de eso ya treinta años. La idea sonaba un poco loca porque siento que a sus papás no les gustaba la idea siquiera de que se juntara conmigo, y a los míos que buscara más la compañía de ajenos que a los propios de la familia, pero tendrían que entender que eso no iba a decidir nadie más que nosotros.

En estos días escuché que los hermanos, hermanos de sangre y apellido, son los amigos que te envía Dios y que los amigos son la familia que uno elige para sí; y no estoy seguro de que Dios tenga algo qué ver en eso pero suena con madre la idea porque hace mucho sabía que uno escoge a su familia en sus amigos y que, aunque te distancies de ellos por los motivos que sean o no comulgues del todo con sus ideas, cosas no presentes entre mis hermanos, siguen siendo familia.

Hace una semana mi hermanito partió y me dejó un hueco grande en el pecho. Peleó valientemente contra el cáncer y éste lo noqueó en el décimo segundo round. Quienes vimos la pelea desde la segunda fila pudimos escuchar los gritos desaforados y confusos de los de la primera que exigían más de lo que apoyaban y que recriminaban más de lo que aportaban. Mi hermano se reía de ellos, de todos, incluyéndome. Él tenía su propio ritmo y dejó la bronca para los que se quedaron detrás de él.

Su hijo, su esposa, sus padres y sus hermanos de apellido, seguramente tuvieron una semana difícil para acostumbrarse a la idea de que ya no está, de que perdieron el vínculo que los acercó estos meses. Mi semana también fue difícil, no pasó un solo día sin que pensara en él, en lo que pasó, en lo que se dijo y lo que se calló, en lo que debió sentir no sólo con su enfermedad, sino al ver cómo las ruinas seguían de pie contra el vendaval mientras él mismo se derrumbaba lento. 

Hasta pronto.

viernes, 15 de mayo de 2015

47 años después

Después de 47 años de servicio decidió cerrar su ciclo. Hoy deja sus escuelas en manos de quien llegue a ocupar su lugar, mejor dicho su oficina, su lugar será difícil cubrirlo. Desde hace unas semanas las escuelas que supervisaba dividían el calendario para darle un abrazo en voz de los niños, de los maestros, sus compañeros, los padres de familia, sus cómplices, de todos aquellos que rodearon su vida como Maestro.

Para tomar esa decisión tuvieron que conjugarse muchas cosas: la diabetes, y con ella la pérdida parcial de la visión, la resequedad en la garganta al hablar en público –cosa que me tocó ver una y mil veces sin que se le acabara la saliva ni que le temblara la voz o las manos como ahora-; el camino cada vez más largo y sinuoso que aleja a la escuela de la educación y a los docentes de su tarea; la partida de mi madre…

Mi viejo no se hizo viejo, eso no intervino en su despedida, más bien se le vino el tiempo encima y ya era tiempo de dejar el camino libre a otros. Sus cuentos seguían sonando en los oídos de los niños que lo escuchaban y sus cantos eran cada vez más entonados en las escuelas que visitaba. Para algunos de esos niños era el abuelito de la escuela, para otros el jefe de la directora que imponía orden con su presencia, pero que en cuanto comenzaba a hablar con los chiquillos se transformaba en uno más de ellos, pero con el cabello blanco y con anteojos.

Seguramente para algunos profesores sería el “pinche viejo” que iba a revisar lo que fuera, pero aun esos admiraban el control frente a los niños, la forma de solucionar situaciones graves como si fueran el pan de todos los días, desde la inconformidad de papás con algunos profesores o directivos, hasta conflictos territoriales y sexuales en las aulas desatendidas por aspirantes a docentes sin compromiso, más atentos del teléfono que de sus alumnos.

Es tiempo que a donde llega lo que se escucha es su voz: -“¡Quiubo…!”, como saludo previo a la formalidad del apretón de manos siempre cálido, siempre amigo, o a la palmada en el hombro para no distraerte, aunque eso sea inevitable. Indiscreto permanente que ejemplifica con sus hijos lo bueno y lo malo, que señala sin prisa los errores, como si siempre hubiera tiempo de una solución inesperada; impaciente en lo suyo, pero no con todos, allí está como ejemplo su secretaria que nunca aprendió a usar excell, ni “esta mugre computadora porque es muy nueva”, decía siempre, por eso me apuraba con un trabajito de 3 o 6 horas cualquier domingo, porque debía tenerlo listo al día siguiente.

Ahora el ritmo será otro, sin presiones, sin reclamos -salvo los suyos mismos-; tendrá la firme tarea de decidir entre viajar y comprar una casa más pequeña, entre dormir un poco más y desvelarse unas horas para ver ese canal que siempre recomienda después de las 23 hrs., entre poner una planta frutal o flores en su jardín. Ahora tendrá tiempo para él, para escapar de los nietos que le encajan casi todos los días, de las hijas que le hacen ruido a diario, del hijo que… no, no me echaré yo mismo la soga al cuello…

Es hora de cambiar la pila por una de vida más tranquila, es hora de seguir otro camino que sin duda costará trabajo, es hora de avanzar a la siguiente etapa, es hora de ser papá, abuelo, tío, hermano, amigo de tiempo completo y dejar, por fin, en segundo plano la tarea de ser maestro.

Hasta luego.