miércoles, 20 de octubre de 2010

El conejo y el coyote

En los últimos días me he topado con varias adaptaciones de este cuento, algunas en libros, revistas, páginas de internet, referenciadas por otras personas, etc., pero indudablemente la que ahora presento es la que cuenta mi papá a mis hijas y sobrinos cada que se lo piden, pero también es la versión que, aunque un poco cambiada por mí, le contaban cuando era niño… no hace mucho.


El granjero estaba furioso porque desde hace días su huerta estaba siendo atacada por alguna plaga que se comía sus verduras, y por más trampas que instalaba no había podido atrapar nada, sino que también se comía la carnada. Alguien le aconsejó cercar el huerto sin dejar hueco alguno, pero tampoco funcionó; después le recomendaron hacer un monigote de cera y ponerlo en la salida de lo que parecía una madriguera.

Esa noche asomó sus bigotes el conejo que había estado comiendo a costillas del granjero; su sorpresa fue ver que un pequeño hombrecito inmóvil cuidaba atentamente la salida de su madriguera. Con mucha cautela se acercó al fiel guardián pero notó que éste no se inmutaba por su presencia.

‑“Buenas noches amable señor”, habló el conejo, “¿podría hacerme el favor de dejarme pasar para que pueda comer algo esta noche?”

No recibió respuesta…

‑“¡Hey, señor! Déme chance de cenar, tengo hambre y no quiero que se me haga más tarde…”
Otra vez nada, sólo silencio…

‑“Si no se mueve me veré forzado a darle un golpe de conejo marigüano y no le va a gustar… No es una amenaza, pero su grosería de no contestar, se ha ganado mi grosería también.”

Cuando el conejo no recibió respuesta, en su desesperación dio un manotazo al monigote, pero su sorpresa fue mayor cuando su puño quedó atrapado en el cuerpo inerte del vigía.

‑“Señor, no fue mi intención molestarlo, ¿podría soltar mi mano?”, pero el monigote de cera no contestó, “Si no me suelta”, dijo el conejo, “sabrá lo que es la furia de un conejo” y dio otro golpe al guardián con el mismo resultado.

‑“Señor, le voy a patear hasta que me suelte las manos ¿eh?”, y sus patas quedaron atrapadas; intentó morder al cuidador inanimado pero su hocico quedó también atrapado en la cera.

El granjero lo encontró en esa postura incómoda y lo encerró para comérselo más tarde; pero mientras esperaba el conejo su sacrificio apareció el coyote que le preguntó el motivo de su estancia en ese lugar.

‑“Fíjate amigo coyote que estoy esperando al tonto granjero que me invitó a cenar, pero el terco me quiere dar a cenar gallina, y eso no me gusta; yo prefiero verduras o algo así… ¿quieres quedarte en mi lugar? Yo ya me voy a mi casa, no estoy dispuesto a comer algo que me puede hacer daño…”

‑“Si me gustaría conejito, pero ¿qué pensará el granjero?” contestó el hambriento coyote al mismo tiempo que abría la pequeña jaula en la que se encontraba el conejo.

‑“¡Ah! No te preocupes por eso, es muy amigo mío y le pienso avisar que ya me voy y que te quedas en mi lugar.” Y se fue el conejo aguantando la risa.

Cuando el granjero volvió y encontró al coyote cómodamente sentado, no pensó en darle otra cosa que una paliza que dejó al pobre animal con la carne viva, medio muerto, igual de hambriento y muy enojado con el conejo, por lo que salió huyendo de la hacienda y dispuesto a encontrar al tramposo que le provocó tanto dolor.

Unos días después encontró el coyote al pendenciero roedor distraído mientras removía un pozo con una vara.

‑“¡Ah, maldito conejo tramposo! ¡Por fin te encuentro y te voy a comer!”, pero el conejo no le puso atención y seguía con su tarea, lo cual llamó la atención del coyote. “¿Qué haces con esa vara en ese pozo?”

‑“¡Ay, coyote! Me enteré de lo sucedido, pero no fue mi culpa”, decía el conejo sin interrumpir su movimiento, “lo que pasó es que no alcancé a avisarle al granjero y creyó que me habías comido; pero escucha, acerca tu oreja al hoyo que estoy meneando, estoy preparando chicharrones para ti; acéptalos como muestra de mi vergüenza por lo antes sucedido.”

El coyote acercó su oreja al orificio en la tierra, y efectivamente escuchó el ruido que hacen los chicharrones en el aceite hirviendo.

‑“Oye coyotito, hazme un favor. Cuida los chicharrones mientras voy a preparar la salsa, pero no los dejes mucho tiempo. Yo creo que en cinco o diez minutos estarán listos, ¿los sacas?”

El coyote aceptó la disculpa del conejo y esperó paciente los cinco minutos para sacar los chicharrones del pozo, pero cuando asomó la cabeza dentro del agujero vio un hervidero de serpientes que lo mordieron una y otra vez en el hocico hasta dejarle apenas un pedacito de nariz y la lengua hinchada. Cuando por fin pudo librarse de las víboras, salió corriendo en busca del conejo hasta que lo encontró llorando en la orilla del rió.

‑“¡Ahora sí, conejo! ¡No me importa lo que digas, te vas a morir!”

‑“¡Sí, amigo coyote, merezco la muerte!”, dijo desconsolado el conejo, “Pude ver cuando las serpientes entraron al pozo para comerse los chicharrones, pero no pude avisarte porque del susto solté el queso que te llevaba y se me cayó al fondo del río… ¡Mátame! ¡Soy un tonto al que no le sale nada bien!”

‑“¡Qué queso ni qué ojo de hacha! ¿Dónde está? ¿A ver? ¿Dónde está?”

‑“Allí, en el fondo del río”, dijo el conejo mientras señalaba el reflejo de la luna en el agua. “Sácalo coyotito y será todo para ti; ¡es más! Deja que te ayude atando a tu cuello una piedra que te lleve al fondo del río para que no batalles.”

Y el coyote aceptó.

Moraleja: Hay que ser conejo, no pendejo.
Benavides S., O. M. Hacienda Sta. Engracia. Hidalgo, Tamps. Primavera 

lunes, 27 de septiembre de 2010

Una bandera para el cambio

El siguiente texto fue escrito por Carlos, ex-alumno de mi escuelita que ahora cursa tercer año en algún lugar de Veracruz, para el concurso de símbolos patrios. Creo que vale la pena dar un vistazo al sentir de un chavo que apenas empieza a entender de qué se trata esto de ser mexicano, sobre todo en estos días de furor bicentenario. Va pues...

Cuando era pequeño admiraba mucho los colores y el escudo de nuestra bandera; me parecía tan bella que cada vez que volteaba a verla mi corazón palpitaba tan fuerte, que parecía se me saldría del pecho sin entender por qué. Cuando comencé a estudiar y aprendí sobre ella: de dónde vino, y cómo se ha transformado en su imagen propia y en la imagen que la gente tiene de ella, logré admirarla más que al principio.

Muchas noches sueño que viajo en el tiempo y que soy testigo del momento en que los aztecas encontraron a esa águila majestuosa posada sobre un nopal mientras devoraba a la serpiente. Tengo la idea de que hoy no seguimos el espíritu de ese acto, siento que no hacemos lo mismo que el águila: enfrentar lo que daña a nuestra patria sin importar en qué situación estemos, un águila que con su vuelo simboliza la libertad de un pueblo, libertad que sobrepasa cualquier crisis y que nos impulsa a seguir adelante sin importar los errores cometidos por nosotros y nuestros gobernantes; águila plasmada en nuestra bandera como escudo que nos legaron nuestros antepasados.

Me emociona escuchar la historia de los niños héroes, sobre todo la parte de aquél que murió envuelto en la bandera para salvarla de las manos enemigas; aunque me apena que en nuestra historia se haya derramado tanta sangre y que mucha de ella se estampara en nuestro lienzo tricolor para dar esperanza de paz a cada mexicano y mexicana, cuando era suficiente el respeto, el diálogo y la tolerancia.

Nuestra bandera es hermosa y aprenderé a defenderla a toda costa, con la vida si es necesario, pues no por nada es la más bella del mundo, y aunque nos encontremos sumidos en la corrupción, el vandalismo y el crimen organizado, y aunque los países vecinos nos vean como un país inestable o poco seguro, y aunque nosotros mismos nos demos de zancadillas para hacernos caer, nada se puede interponer entre ese sentimiento que crece en el fondo de cada compatriota con sentido común, amor a su familia y a su nación.

Cuando en la escuela hacemos honores a nuestros símbolos patrios, me enorgullece la bandera que me hace soñar, que me inspira a seguir preparándome que me lleva a escribir estas líneas con la idea de que dejen algún día de ser un relato simple y se conviertan en la inspiración de otros como yo, o de aquellos que han olvidado el dolor y el sufrimiento de quienes dieron la vida para que pudiéramos tener la nuestra.

Como mexicanos necesitamos ponernos la pilas, alimentar la esperanza y el valor para seguir adelante, para unirnos en una sola lucha contra lo que daña a nuestro país: drogas, miseria, injusticia, impunidad, corrupción. Lo importante es trabajar para que nuestra patria sobresalga y sobreviva como tal, para no volver a vivir la guerra entre iguales; para no dividirnos por causa de la ideas, sino para reunirnos en torno a ellas y discutir las que mejor nos convengan; para no perder la vida de niños inocentes, ni de mujeres maltratadas, ni de hombres que trabajan por mantener vivo su sueño, nuestro sueño y el de nuestros antepasados, el de nuestros hijos y nietos.

Dejar huella para el futuro depende de lo que hagamos en nuestro presente, y hacerlo como aquellos que lucharon bajo la sombra de nuestra bandera será nuestra tarea, antes de que se siga destiñendo por la maldad y la inseguridad en este México que parece romperse y que resucita cuando las manos se unen con un mismo fin. Tenemos mucho trabajo por hacer, tenemos mucho por qué luchar, nuestro México es grande y su gente lo demuestra con la bondad y la confianza que comparte. Ahora es el tiempo de luchar por ti mi bandera, por ti mi México. En nuestras manos está hacer el cambio.

Hasta luego.

sábado, 26 de junio de 2010

Susana

49.8°C marcaba el termómetro. Nadie caminaba en las calles tan solas como terrosas, sólo nosotros. El sol reclamaba su espacio e invitaba a caminar de prisa para que las plantas de los pies no sintieran lo caliente del asfalto; la brisa quemaba la piel y no había gota de agua que aliviara la resequedad de las gargantas.

Esta ciudad que figura en el mapa, en mi mapa, como una ciudad importante del noroeste de México, no cuenta con un servicio de transporte cómodo y digno de sus pobladores ¿será que los únicos jodidos de a pie éramos nosotros? ¿Todos en ese desierto tienen carro? Una señora que caminaba hacia nosotros que descansábamos a la sombra de un árbol de fuego (vaya ironía) me sacó de la duda.

Cuando llegamos a nuestro destino, gracias a un Taxi tan jodido como mis zapatos, el calor se incrementó de tal modo que el sudor, escaso hasta ese momento, tal vez porque el mismo sol lo evaporaba, parecía lo único que podría refrescar ese mediodía. El aire del ventilador era insuficiente y el agua helada que nos regalaron en pocos minutos dejó de serlo.

Junto al sillón estaba la foto del grupo, en la que aparecía sonriente junto a otras niñas. No teníamos certeza de quién era, pero le corazón apuntó a la cara de pingo de la primera fila. Los cabellos muy restirados y recogidos en un chongo escolar rematado con un discreto moñito; el uniforme a cuadros era igual en todas las que posaban en tres hileras, como en las típicas fotos de escuelita. Las calcetas llegaban apenas debajo de las rodillas y los zapatos brillaban a mediados de septiembre, un año atrás.

Todas se presentaron y cantaron algo sobre ángeles, no entendí exactamente qué, pero gracias al revolotear de sus alas el calor desapareció y la estancia se refrescó hasta desaparecer el sudor y la piel ardiente minutos antes. Rosa, Itzel, Génesis, Karla, Cristina, Susana y otras más, se preguntaban a sí mismas quiénes éramos y qué queríamos; se veían temerosas unas a otras con sonrisas de complicidad, esperando algo que no podíamos darles a todas, aunque queríamos hacerlo.

Susana se quedó al final, nadie se lo pidió, sólo lo hizo. Suspiró y sustrajo de nuestros corazones, susceptibles en ese momento ante el sustancial suceso que nos era sustantivo, la sustancia suscrita que suscitó un susurro dirigido a ella. La susodicha lanzó una suspicaz sonrisa chimuela, suspendida en el suspenso, que sustentaba la suscripta del susto que le provocaba la idea de no agradarnos y que eso nos llevara a sustituirla.

Eso no pasará. Es ella la elegida y quien nos eligió, al menos hasta que nos conozca. Ese día se graduó del Kinder y estaba feliz por ello; ahora es probable que esté feliz por la posibilidad de que estos extraños la lleven a casa algún día próximo y le regalen una familia con papás, abuelos, hermanas, tíos y primos. Así que no importa qué tanto calor haga y qué tanto queme el sol o haga sed, cuando lleguemos con Susana el calor y la sed se irán porque, como mis hijas, será agua y brisa fresca.