lunes, 27 de octubre de 2008

Llegó y se fue



Llegó como la noche: desnuda y descubierta ante mí,
ante mis ojos, ante mis deseos.
Se aproximó lenta
hasta acariciar mis muslos y,
con su boca babeante de candentes pensamientos,
recorrió mi cuerpo hasta dejarlo insensible
a las caricias de su propio cuerpo.
Llegó y dejó un hueco que despierta desde adentro
hasta lo más lejano de mi vista, de mis sentidos.
Cuando se fue
me di cuenta que faltaba algo,
me di cuenta que estaba solo,
me di cuenta que estaba muerto.

sábado, 11 de octubre de 2008

Los monstruos

Apenas rebasábamos los doce y nos gustaba divertirnos. Las noches eran días y los días se convertían en la antesala que pacientemente nos guardaba para esa noche. Octubre me parecía divertido por muchas cosas: el clima, la luna, el juego, los estrenos en la televisión o el cierre de temporadas de Mágnum P. I., Remington Steel y Luz de Luna; me gustaba por Felicia Hardy, Punisher, Jackal, el Conde Bartok y el espíritu de aventura que nos cargaba la pilas preparando la noche del último día del mes.

Volvíamos loca a ma’Mary con la factura de capas y camisolas largas; el profe se divertía consiguiendo látex que serviría para hacer cicatrices; mi hermano ideaba mil formas de expulsar sangre por la cara sin que se notaran las mangueritas para el suero que nos robábamos del botiquín de la abuela.
Mezclábamos de todo para fabricar alguna pasta purulenta de color verdeamarella con puntitos de color marrón, pero lo suficientemente ligera para que fluyera lentamente por los tubos que colocábamos debajo de los plásticos de la cara.

El día esperado comenzaba después de la comida. Algunos se juntaban en las ventanas para ser testigos de la transformación que iniciaba con una buena lavada de cara para después comenzar a colocar el colodión, látex y avena que servían para hacer las texturas de la piel que sería expuesta toda la noche. No podían faltar la grenetina, el engrudo y el cleen pack, que por cierto nunca usamos y no recuerdo para qué estaba allí.

Al llegar la noche nos lanzábamos a las calles rodeados de quienes nos veían pasar; no pedíamos dulces ni nada por el estilo, pero nos divertíamos igual o más que muchos que sí lo hacían. No faltaba algún despistado que se asustara o algún otro que, después de burlarse de nosotros por ‘ya estar grandecitos’, se unía al grupo por unas calles para saber qué era realmente lo que pasaba.

Después de las once de la noche la colonia era nuestra, todo estaba solo y apenas comenzábamos la fiesta. Recuerdo haber pasado por cada cuadra atento a lo que sucedía en nuestro camino, esperando que de algún callejón saltara alguien más loco que nosotros para echársenos encima. Retábamos el miedo entrando en las casas solas con apenas una lámpara de mano y gritábamos hasta quedar mudos que en cualquier casa, callejón o calle, andaba el diablo en “pelota” haciendo de las suyas.

Después de eso, la cita era en la esquina. Junto a los amigos platicábamos lo visto y escuchado esa noche. Repartíamos el botín de quienes pidieron dulce a cambio de no hacer travesura, recorríamos de memoria cada escena vivida, cada gesto, cada palabra hasta quedar satisfechos con esa noche.

Al día siguiente llegábamos temprano a la escuela esperando no haber sido reconocidos para escuchar las impresiones de quienes nos vieron o supieron de los monstruos que pasearon hasta la media noche. Los comentarios eran alentadores y nos movían a planear la noche del siguiente año que debía superar la anterior, cosa que siempre sucedió hasta que llegamos a los veinte y comenzamos a cobrar para que otros se divirtieran.

viernes, 19 de septiembre de 2008

La Muralla del Libro

La Muralla del libro es una actividad que realizan mis alumnos adolescentes en su comunidad. La idea es el intercambio de libros entre ellos, de modo que si aportan uno, dos o cualquier cantidad de libros, pueden llevarse la misma cantidad a su casa con el compromiso de leerlos. Lo libros no necesariamente tienen que ser propios, pueden hacer una colecta entre los vecinos que quieran hacer espacio en su librero o deshacerse de de esas cosas que nivelan la mesa de la abuela.

Esta actividad inició en la Normal Superior allá por el año 2000, cuando el Fer, entonces responsable del Depto. de Difusión Cultural, sacó un montón de libros que se iban a tirar y los puso en una mesa para que se los llevaran los normalistas. Después de eso, los alumnos de la especialidad de Español, y de otras, se dieron a la tarea durante tres o cuatro años de repetir la misma acción cada vez con más y más libros de todo tipo: literatura, divulgación, chismes, escolares, especializados, etc.

Ahora, desde hace cinco años, los chavos de la secundaria 6 en Escobedo, han adoptado esa misión de reunir libros para llevarse libros. Puede sonar extraño que los adolescentes estén interesados en el material impreso, pero es cierto que participan convencidos de recuperar en letras lo que dejan en la mesa.

Lo que opaca el entusiasmo de mis alumnos es el hecho de que muchos maestros de esa escuela no se interesan en nada que tenga relación con la lectura, y hasta interfieren con la actividad de los alumnos si se relaciona con libros; muchos no entran a la biblioteca a menos que se ofrezca un almuerzo o haya una junta, de esas engorrosas, que convoca la dirección.

La actitud de los maestros difícilmente se puede modificar, la de los alumnos confío que se fortalezca en cuanto a la participación y que crezca en lo que respecta al gusto por la lectura. El año pasado, gracias a Guillermo Berrones y otros comprometidos con la promoción de la lectura, se reunieron más de mil libros para la Muralla con la intervención de cerca de 200 muchachos… Eso es mucho para quienes piensan que no leen; y tal vez no lo hagan, pero qué importa si están cerca de la lectura y del material que la difunde.

Este año el reto es mayor, tenemos el compromiso de reunir una cantidad mayor de libros y participantes, no porque sea una promesa ni nada por el estilo, sino por el simple hecho de ganar cada vez más lectores en las aulas de mi escuelita; lo malo es que ya no tenemos a un Berrones con la facilidad de antes para donar libros, lo único que queda es confiar en que quienes colaboramos con esta tarea logremos, independientemente de los números, convencer a los muchachos de las ventajas de ser lector.