jueves, 2 de agosto de 2007

Harry Potter y el poco deseo de aprender.

Hablar de Harry Potter en estos días no es novedoso. Este personaje inglés se ha sabido posesionar de la plática en el café y en el aula. Unos dicen que es un gran fenómeno, que llevó a la lectura a tomar de nuevo un lugar privilegiado entre los adolescentes que la habían dejado por la televisión o los video juegos; otros señalan que los chavos se identifican con el personaje por tratarse de un adolescente que vive lo mismo que ellos y los más simples dicen que por guapo.

Lo anterior me parece una gran exageración en dos sentidos. Primero porque si bien los adolescentes volvieron a la lectura por Harry, en realidad no la habían olvidado, o porque ese comentario encaja en una cultura distinta y distante a la nuestra; segundo, porque no todos los adolescentes padecen la orfandad (aunque pareciera que sí, sobre todo aquellos que viven con padres que trabajan todo el día), pero sobre todo porque la mayoría de los adolescentes en nuestro país no acuden a colegios de paga o internados que se comparen con Hogwarts, sin contar lo tenebroso que cualquier escuela pública tiene en sí misma.

Es cierto que la obra de Rowling ha sido un fenómeno comercial que ha roto muchos récords de ventas en el mundo, y que ha logrado capturar la atención de muchos niños, jóvenes y adultos; debo decir que son pocos los amigos que aceptan públicamente no haber leído ni uno solo de los libros de esta autora; por mi parte confieso haber leído sólo el primero y la mitad del segundo, con mucho esfuerzo para no dormirme en el proceso.

En nuestra ciudad, y en cualquier otra de este país, no es fácil convencer a los jóvenes para que lean: o de plano lo rechazan o argumentan pretextos, válidos de cierta forma, tales como lo costoso que son los libros ante la película que se exhibe con la novela como referencia.

Habrá quienes digan que lo que acaban de leer es digno de la excomunión docente pues ¡¿cómo me atrevo a comparar el libro con la película?! Pero es verdad. Las películas, particularmente las de Harry Potter, están bien hechas, todas guardan la esencia del libro, son más económicas para nuestros jóvenes alumnos, sobre todo en miércoles, duran poco más de dos horas que se acompañan de palomitas, nachos, soda y hasta un buen amigo o amiga, según prefrencias.

La última entrega cinematográfica de Potter me pareció la más atractiva, vista como maestro y desde mi memoria como alumno. Plantea la posibilidad del aprendizaje significativo colectivo, motivado por el interés de bloquear lo realmente importante de la educación en Hogwarts. ¡Ojalá así lo entiendan mis hijas y alumnos!

Explico, con la condición de que si no has visto la película vayas al cine, o al mercadito, para confirmar lo que te digo. Resulta que el Ministerio de Magia envía al colegio a un visor para regular y vigilar las formas de enseñanza que se ofrecen allí, pues se dice que últimamente se han presentado situaciones poco convenientes, políticamente hablando, al suponer que el director de dicha escuela busca el cargo máximo en el Ministerio. (Si, sigo hablando de la película)

Ante esta situación, y habiendo comprobado que realmente se ofrecen muchas libertades a los estudiantes, el Ministerio, a través del visor, decidió restringir el uso de la magia dentro de las aulas, (no perdamos de vista que es una escuela para magos) pues parece poco favorable que los alumnos aprendan en la práctica, provocando que las clases se vuelvan teóricas.

Los alumnos, que buscan aprender algo que realmente les sea de utilidad, se organizan para poner en práctica sus conocimientos teóricos, acción que molesta a la autoridad por no tener el control de lo que hacen los estudiantes. Al cabo de algunas escenas y algunos actos de represión, los alumnos se revelan abiertamente tomando la escuela y amenazando con continuar con su protesta si no les enseñan lo que necesitan aprender, y no sólo lo que las autoridades consideran debe impartirse en tan peculiar institución.

Líneas antes mencioné que me gustó la película, y tengo días, si no años, preguntándome ¿cuándo nuestros alumnos tomarán la iniciativa de reclamar, de exigir, lo que les corresponde como estudiantes? ¿cuándo entenderán que si no reaccionan ante su propia indolencia no podrán avanzar? Quieren el reconocimiento, si, pero sin mucho esfuerzo, bajo el pretexto de no saber qué hacer o cómo hacerle para lograr que el maestro cumpla con su trabajo.

No estoy incitando a que los alumnos tomen las aulas, no es esa la idea, pero tampoco se trata de que se queden cruzados de brazos esperando a que alguien venga y les resuelva la vida; no sugiero que sacrifiquen sus ratos libres, como sucede en la película, para aprender cosas realmente interesantes, sino buscar y aprovechar los momentos destinados al aprendizaje.

Los alumnos con los que he tratado siempre se quejan de que “el profe no enseña nada”, cuando en realidad, muchas de las veces, no entienden lo que les quiere decir y no le quieren preguntar para no verse tan burros; pero si les toca de suerte un maestro que quiera trabajar en serio, se refugian en su concha más grande para evadir a ese compromiso.

Difícilmente imagino a mis alumnos organizando grupos de estudio para satisfacer sus propias necesidades de aprendizaje; igualmente difícil sería verlos entusiasmados con la idea de compartir abiertamente lo que saben, no por envidia, sino porque no confían en su propia capacidad para hacer las cosas bien, a la primera o la segunda o a la tercera... Siempre buscan excusas, pretextos; inventan disculpas que no resuelven nada su situación de apatía hacia el futuro que les espera.

Entre menos trabajo les ponga el profe, mejor. Nada es más molesto que un maestro que encarga leer lo de la clase de mañana, -“al cabo si no leo ahorita, leemos todos en el salón”; todos quieren un profesor comprensivo que encargue ver la tele –“pero lo que a mí me gusta ver, no lo que él quiera”. En la secundaria eso es natural, son adolescentes, y aunque no es excusa suficiente, se puede perdonar su ignorancia y comodidad pues el futuro lo ven lejos todavía, ¡pero en las formadoras de docentes!

Algunos de mis alumnos tienen las oportunidades limitadas, a veces por lo económico y otras por su ineptitud, y si a eso le sumamos que un buen porcentaje de ellos no se interesa en lo que hace, ya se imaginan el tipo de estudiantes que son, ¡o peor aún! ¡El tipo de profesores que serán!, sobran las palabras.

En nuestras escuelas no estamos limitados por un Ministerio, bueno, al menos no como en la película; y nuestros alumnos tienen el derecho de aprender lo que necesitan aprender, lo que realmente importa, lo útil. Ese plus que exigimos como alumnos de brazos cruzados no va a llegar así nada más porque sí, tenemos que buscarlo o hacerlo si no existe.

Siempre he creído que la fuerza nace de la razón y que si nuestros alumnos, algún día (no pierdo la esperanza), alzaran la voz con argumentos suficientes para convencerse a sí mismos, antes que a sus maestros, de lo que realmente necesitan aprender para sobrevivir en un mundo de locura como este, todo sería distinto en las escuelas y en el trabajo docente.

No sé cómo sería el mundo si realmente existieran Potter y sus amigos, seguramente no serían un grupete que simula cantar con ropas de colegiales (¿o si?); es más, no imagino, sin considerarme un fan, el mundo sin Harry Potter en las librerías, revisterías, vídeo clubes, jugueterías, el cuarto de mis hijas. Lo que sí sé, es que es más fácil ignorar el mensaje de “La orden del Fénix” que trabajar de a deveras en lograr que nuestros alumnos cumplan con lo que señalan los programas, que por cierto, no es muy diferente a lo que muestra la película, salvo por aquello de magia.

Harry Potter no defiende el mundo real, pero defiende su forma de aprender aunque sea ficticia; como profesores, tenemos la obligación de no convertirnos en visores de ningún ministerio que limite la libertad de nuestros alumnos, tenemos que obligarnos, desde la aulas de las normales, a dar lo mejor que tenemos en la trinchera que nos toque defender.

martes, 3 de julio de 2007

El Santito

Por: Oscar Benavides

Aparentemente aquí no pasa nada pero la realidad es otra. Desde que apareció, las cosas han cambiado, naiden se explica el cómo o el por qué. Lo que es un hecho es que todos sabemos que ha venido a cuidar del pueblo, al menos eso dice Don Curita cada domingo desde que’l santito comenzó a llorar.

Pocos nos acordamos cómo vino a parar aquí, y la verdá es que’se recuerdo me parece muy lejano, como si juera un sueño mal’ogrado, hasta borroso lo veo.

Hace mucho, cuando todavía era un chamaco, mi papa me trajo a la estación pa’ recoger la semilla que habíamos estado esperando desde tiempo atrás; le habían prometido que llegaría ese día puntualmente en el tren de las cuatro; curioso que dijeran que a las cuatro porque el tren ese nunca jue puntual; es más, a veces ni se paraba.

Ese día, como un milagro, el tren se apareció a las tres cincuenta, eso dijo mi papa nomás viendo la sombra del “tuerto”, mi burro. A mí me sigue pareciendo que lo dijo sólo pa’ sorprenderme, y pos lo logró.

Güeno, la semilla no llegó pero, en su lugar, llegó un padrecito con un monigote cargando. El padrecito era viejo, más que mi papa que’n ese’ntonces apenas se’staba quedando pelón; el monigote se parecía a él, al padrecito, pero más joven; tenía una mano en puño y la otra apuntando de frente como regañando a alguien, tenía también la cara enojada, o eso me pareció entonces. ¡Ah! También estaba sentado y parecía queiba montando al padrecito mientras le indicaba qué camino seguir amenazándolo con un coscorrón si no le hacía caso, quizá por eso lo recuerdo con esa cara de gendarme.

No podía imaginarme pa’ qué llegaron al pueblo; el domingo me’nteré: llegaron pa’ quedarse, o al menos el monigote porque Don padrecito se murió a los pocos días de haber llegado; unos dicen quesque lo mordió una víbora mientras se acomodaba en la letrina; otros dicen que se lo llevó el diablo; pero según yo, se jué ansí nomás, dejándonos al “mono sentado” pa’ ver que hacíamos con él.

A los pocos meses llegó Don Curita, el mismo que tenemos todavía en la iglesia. Parece que a él no le gustaba el mono ese, pero no se atrevió a tirarlo pensando que’ra importante pa’l pueblo. Lo que hizo jue ponerlo en un rincón, junto al portón que al estar abierto no permitía que se viera, a menos que uno se metiera detrás de’l.

Con el tiempo, todos se olvidaron del monigote... menos yo. Casi todos los días lo iba a ver aunque juera un ratito. De primero me daba harto miedo, pero siempre me ganaba la curiosidá, ya luego era nomás eso: curiosidá, pura curiosidá. Quería saber quién era ese mono y esperaba que me lo dijera él mismo, pero nunca lo hizo.


Un día que’staba escondido tras el mono, tuve la sensación de que el muy cabrón observaba el atrio desde su rincón, parecía no entender qué hacía en ese lugar. Su puño perdió fuerza y su mano, la que señalaba, perdió dirección. Eso me pareció. Me dio lástima. Su cara de enojado preguntaba. Naiden se dio cuenta, sólo yo.

Tal vez le caía gordo el Santo Niño que recibía visitas todo el día, siempre; o San Francisco que’staba en mejor lugar que’l. Acá nomás yo lo visitaba y según mi humor le hablaba pa’ no estar hablando solo...

Jué’n ese tiempo que’lla entró por primera vez a la iglesia. Traiba la cabeza cubierta y la falda larga de color azul... y zapatitos blancos; no enseñaba la rodilla y apenas se veía la mitad del chamorro, pero su blusa no dejaba mucho a la imaginación: tenía un gran... una gran... un gran agujero pa’ meter la cabeza y eso dejaba ver sus pechos llenitos y encendidos, mirando siempre pa’rriba, distraídos. Si se le ponía atención, podía uno ver cómo latía su corazón, y cuando respiraba parecía que se leiba a reventar la piel. Era morena. No mucho, bueno, casi blanca. Seguro yo la veía morenita porque aquí adentro no hay mucha luz.

Esa primera vez no nos vio. Ni muchas otras, pero no teníamos prisa. Noté que’l mono temblaba cuando escuchábamos sus zapatitos pasar aquí juntito, y cuando creíamos que’staba a punto de voltiar a vernos, nos sudaban la frente y las manos. ¡Pobre mono! Con su mano cerrada tenía que aguantar el sudorcito vaya a saber desde cuando.

Después de mucho, comenzamos a desesperarnos al verla pasar sin que nos viera. Siempre lenta, seria, bonita... Decidimos hacernos notar la siguiente vez: él se quiso parar y yo pos, lo ayudé. El mono no pudo desdoblar las piernas a tiempo y se jue de hocico, medio metió las manos pero sus dedos se quebraron, y como el puño lo traiba engarrotado, pos se rompió la nariz y se raspó la frente. Se veía curioso así empinado. Solté la risota cuando pensé que sus nalgas estaban tomando un respiro.

El plan funcionó. La muchacha voltió a vernos con curiosidá. Se me acabó la risión. Don curita corrió a ver que había pasado; lo monaguillos y otros se pusieron a querer levantarlo y en el intento le quebraron los dedos de los pies. En eso ella ya se había ido...

Don curita me hizo levantar los pedazos del monigote que’staban regados por el piso y me obligó a que los tirara. Yo no quería, pero no podía negarme a Don curita. Más tarde volví por ellos y como pude se los jui poniendo al mono ese. A lo mejor no quedaron bien, pero no podía quejarse. Es mejor tener dedos chuecos que no tenerlos... ¿la nariz? La nariz, güeno, sólo encontré un pedazo, el otro se lo hice de lodo y lo pinté. Hasta creo que le quité lo enojado. Con los días nos acostumbramos a su nariz y dedos chuecos.

Un domingo que llovía llegó la muchacha toda mojada. Le escurrían las greñas y la ropa no servía pa’ cubrirla. Se adivinaba su cuerpo, sus caderas y nalgas, su cintura y sus pechos más encendidos que siempre y ‘ora mirando de frente, duros, duros... sus hombros se sentían suaves, güeno, eso creo. Su cara, su cara se veía rechula, ojos grandes y una risita burlona dibujada en su boca. Parecía saber que nos tenía locos a éste y a mí.

Vino a nosotros, se arrodilló frente a mí viendo al mono. Sus labios apenas se movían, delgados y de un rojo pitaya que me tenían embrujado. No podía quitarle la vista de encima. El mono no quería voltiar a verla pa’ evitar asomarse en el agujero de la cabeza que dejaba ver sus pechos apuntando hacia él; cuando ella alzó la cara ninguno de los dos pudimos evitar imaginarla desnuda.

Yo salí corriendo. Él tuvo que seguir en su lugar haciendo como que no quería verla. ¡Qué lástima me da ese monigote! ¡Qué envidia! Ella le pedía algo y él no sabía qué hacer. ¡Qué va’saber ese cabrón! ¡Nunca ha hecho nada por naiden! ¡Por eso envidiaba a San Francisco y al Santo Niño!


Cuando paró la lluvia volví con la idea de preguntarle si la podía ayudar. No la encontré, pero volvió cada vez con más frecuencia a vernos. Yo me’sforzaba pa’ oir lo que’lla decía. A veces pedía dinero pa’ la medicina de su mamá y yo me robaba las limosnas pa’ llevarlas a su casa por las noches; un día escuché que quería otro trabajo y hablé con Don curita pa’ que la’yudara a cambio de que yo limpiara todo esto de’a gratis; además, así la iba a ver de cerquitas todos los días.

Jué’ntonces cuando oí que un hombre la molestaba y que otro la asustaba mucho. Esa noche esos hombres no salieron a la calle y desde’ntonces naiden los ha mirado.

A veces pedía cosas pequeñas y otras veces quería grandes milagritos. Mientras yo pudiera la’yudaba; al fin y al cabo por algo era el que cuidaba de’ste mono que no sabía hacer nada más que’star sentadote...

Su mamacita se murió y vino a pedirnos un hombre pa’ no quedarse sola. Dijo que quería sentir no sé qué, dijo quesque la humedad se le acababa, que ya no quería llorar sola; dijo algo sobre la lluvia y las ganas de sentir calor.

Sentí cuando el mono tembló como siempre que’lla llegaba. Yo también temblé. No creo que’ste haiga sentido lo que sentí porque sé que no tiene lo que yo tengo... ¿Que cómo me di cuenta? Cuando se cayó de hocico y quedó con las nalgas paradas vi que no había nada bajo el faldón. ¡Pobre mono!

Yo hervía por dentro y creo que’lla lo notó porque voltió a verme y de inmediato se jue a su casa. La seguí pa’ cuidar que su deseo se cumpliera. Entré en su casa y en ella sin pedir permiso. Al principio gritaba y después no; sólo me miraba de fijo, no decía nada. No paré hasta que sentí un calambrito en la panza que me dio miedo, creí que meiba a morir.

Cuando me repuse salí de allí y en el camino no podía dejar de imaginarme sus ojos tan abiertos y la cara del mono enojado, pero tampoco podía dejar de sentir su carne calientita por dentro, ni el sabor de sus chiches llenando mi boca, ni el ruido de sus gritos que poco a poco fueron disminuyendo hasta quedar muda... jué cuando entendí lo que había hecho y me asusté.

Me eché a correr y llegué aquí mismito. El mono me miraba de fijo, como ella lo hizo también. No sé si estaba enojado como cuando llegó, o si nomás estaba con la cara chueca después del trancazo; tal vez me miraba diciendo: -“¡Pobre hombre! ¡Qué lástima me da!”

Le grité que no me tuviera lástima, que’l era el pobrecito porque no podía hacer nada como hombre.

Me miro de fijo...

Los gendarmes vinieron por mí y lo vieron llorar. Les platiqué lo que había pasado y me encerraron.

Después me’nteré que’l mono ahora era un Santo y que hacía milagros.

Yo sabía que’l único milagro que hacía era llorar y eso porque era el sudor que se guardó frente a la muchacha.

...

Hace un año me soltaron y vine a ver al “Santito”.

Sigue llorando... Yo también.

¡Vaya que las cosas han cambiado! Ahora la gente viene desde lejos pa’ vernos sólo a nosotros.

lunes, 18 de junio de 2007

Él. Tequila.

Por: Oscar Mario Benavides Puente

Escuché a alguien decir hace tiempo que su vida era una tragedia rulfiana. La frase me pareció interesante porque adjetiva muy bien todo lo que esa persona quiso expresar: pobreza, desamor, pérdida, locura, muerte, olvido, resignación y más cosas que Rulfo nos ofrece en sus historias.

Rubén no está marcado por Rulfo, no; más bien parece que su vida fue el motivo de la obra de Romero, o mejor dicho, producto de algún sueño de Pito Pérez. Rubén es un tipo alto, buen mozo con cabello y ojos claros, una sonrisa permanente y unas manos siempre dispuestas a ayudar, a saludar, a tomar la botella y no soltarla hasta que se acabe la última gota.

Mucha gente lo conoce y siempre su nombre se relaciona con el tequila; hasta la fecha no conozco a alguien que, sabiendo el problema de Rubén con el alcohol, hable mal de él o lo desestime, es más, nunca he escuchado a alguien expresarse mal de su persona, ni siquiera las mamás de sus amigos cuando adolescentes. Casi todo el mundo lo quiere.

Vive solo desde que su esposa dejó de aguantarle, o tal vez desde que él decidió seguir el camino que había tomado con tantas ganas muchos años atrás. Siempre ha sido bueno para el billar, pero estando borracho no hay persona que pueda ganarle una partida. Muchas veces lo encontré perdido en los billares del centro haciéndose pasar por un novato, ya alcoholizado, para convencer a dos o tres incautos de apostar cantidades de dinero atractivas para alguien que pretende seguir tomando hasta que el día se acabe de nuevo.

Muchos de sus amigos aprendimos a tocar la guitarra o mejoramos la técnica por su insistencia. Le gusta mucho cantar y aunque lo hace como para espantar demonios afónicos con sordera, nadie se asusta con sus alaridos de miedo, al contrario, siempre sobra quién se anime a acompañarlo en su misión imposible. Él sabe que canta feo, pero le vale, lo disfruta mucho e igual se anima a llevar serenata a la muchacha más bonita del barrio, que al señor del depósito que condiciona el crédito con el silencio de mi amigo para que siga con su música en otra parte.

En más de veinte años de conocerlo nunca ha perdido la compostura más allá de lo normal para un borracho feliz. La primera vez que tomé fue con él, en su casa, acompañado de otros amigos. Recuerdo que cuando la botella se terminaba, Rubén se escondía tras la cortina de la sala y minutos después aparecía con la botella rebosante de alcohol. Años después nos enteramos que su papá le escondía un barrilito de tequila en una chimenea oculta tras esa cortina.

Pocas veces ha faltado a su trabajo por andar tomado, en malas condiciones o crudo... ¡Es más! No recuerdo haberle visto crudo ni en malas condiciones ¿será que nunca daba tiempo a que eso ocurriera? La pregunta sobra.

Rubén es un tipo al que le gusta la lectura, poco, pero le gusta, y su gran proeza fue haber leído, compitiendo conmigo, El perfume, El padrino, La insoportable levedad del ser, El nombre de la rosa y otras novelas que ya ni recuerdo pero que él tiene frescas con personajes, ambientes y detalles minúsculos, como si las acabara de leer y de eso ya hace quince años o más.

¿Han escuchado que alguien parece conservado en alcohol? Mi amigo es la prueba. Hace unos días lo invité a mi casa y caí en la cuenta de que evidentemente los años han pasado por aquí: estoy panzón, canoso, con menos agilidad, no puedo comer muchas cosas y beber menos; mi amigo, si bien el tiempo también le ha dado sus cariños, se ve casi igual que en la fotos de nuestra adolescencia.

Me gustó verlo platicar jubilosamente de sus aventuras, es un tipo que siempre tiene un buen consejo o una anécdota qué contar; se podría decir que es una persona que vive y ha vivido de eso, de recordar glorias pasadas con triunfos pequeños, donde el vino o la cerveza ocupan un lugar importante.

Sé que se sintió como en su casa, y así fue; siempre ha sido conchudo mi compadre, a donde va se acomoda y exige su basto almuerzo para recuperar las fuerzas y seguir bebiendo, sin importar que aún sean las siete de la mañana de un domingo y todos los de la casa estén dormidos. Cuando chavos era él quien acompañaba a mi papá con su café a las seis de la mañana de un lunes o martes o miércoles, o cualquier día después de la fiesta.

Pocas veces lo hemos escuchado maldecir y cuando lo hace es contra sí mismo, nunca refiriéndose a otra persona, ni siquiera contra la que fuera su suegra. Nunca lo he escuchado quejarse de su mala fortuna –al menos lo que considero es mala fortuna-, y aunque no creo en eso que muchos llaman destino, estoy convencido que mi compadre todos los días lo reta esperando lo que le traiga, porque debo añadir que él, Rubén, no busca, espera.

A sus ya casi cuarenta años de edad mi amigo sigue siendo un soñador que ahora busca ser profe y que ha planificado muy bien su estrategia para terminar la prepa e ingresar a una Normal, cualquiera, porque no quiere que su hijo mayor, de ahora dieciséis, diga que su padre es un borracho sin futuro, pero sobre todo, sin sueños.

No puedo negar la admiración por mi amigo, siempre contento, nunca preocupado, siempre cantando, recordando, disfrutando lo que la vida le ha dejado y sin extrañar lo que le ha quitado, al menos no en público. No sé si realmente sea feliz o traiga puesta una máscara que nos impida enterarnos de su estado real.

Tal vez Rubén nunca llegue a ser un gran cantante, ni un buen profesor, y tal vez nunca deje la borrachera para otro día; tal vez jamás salga de esa vida hasta ahora inútil, como la de Pito. De lo que estoy seguro es que pocos tienen la fortuna de conocer a alguien así, alguien lleno de canciones, gritos, historias, risas y encuentros; lo que más quiero es que Pito Pérez no despierte de ese sueño que recrea a mi amigo y lo hace vivir día a día rodeado de su gente.