domingo, 10 de diciembre de 2023

Pues, seguimos...

 

lunes, 30 de enero de 2023

Los mostros y las brujas

No suelo llegar tarde, es más, casi siempre llego media hora antes de que me indiquen que ya debe iniciar la jornada. A esa hora todo sigue oscuro y, durante octubre y lo que resta del año, el clima se siente húmedo, fresco si no es que frío, brumoso y con esa brizna que anuncia la llovizna que no siempre llega a tiempo. Al cruzar el portón, muchos mostros -sí, mostros, no monstruos- y brujas ya rondan el patio en torno a la idea de comenzar el día, mientras roen un pan y beben su leche o jugo, algunos gruñen despacito, con cierta timidez, un “Buenos días”; otros se reúnen lentos para compartir algún comentario mientras danzan de un lado a otro, como zombis que se balancean sin ir a ningún lado.

Mis mostros y brujas no son maléficos, si acaso despistados que olvidaron la tarea o el libro en casa, pero igual dan miedo cuando al sonar del timbre forman filas para gruñir más fuerte… el timbre es la señal de que deben hacerlo, justo antes de pasar a cada salón donde habrán de estar las siguientes horas en un intento de combatir contra lo que no saben que necesitan para sobrevivir en este mundo lleno de oportunidades de crecer y opciones para hacer lo que no saben que saben aún.

Sacan sus libretas e intentan garabatear lo que el profe les señala, algunos lo hacen para disimular, otros para ocupar su tiempo, los menos se quedan viendo el vacío en espera del medio día para ir a casa donde los espera un plato de sopa caliente y los brazos de mamá o de la abuela. En sus mochilas cargan la vida: libros escritos por alguien, con cosas que ya pasaron o que deben pasar, un recado que olvidaron entregar, lápices, plumas, colores, borrador, tal vez un diccionario y calculadora, el lonche que olvidaron comer hace una semana o la envoltura de las galletas que no recuerdan haber comido; unos traen el celular para usar en la clase de Español, con la esperanza de que el profe les pase datos y poder enviar la tarea.

Mis mostros y brujas se asustan si el profe levanta la voz, pero ya no si los mira con el entrecejo fruncido, porque saben que es un mostro igual que ellos que los deja tomar decisiones y afrontar las consecuencias, aunque estas sean un cinco por no trabajar. Los mostros son menos ruidosos que las brujas, pero igual dan miedo cuando tienen ideas que irrumpen el orden que se espera de ellos; son nobles, buenos y brillantes; las brujas, por su parte, son todas lindas y greñudas; sí, llegan con chongos, pero a media mañana la liga del pelo ya no es suficiente, suelen ser aguerridas y discuten casi todo cuando no entienden algo; pero cuando los días son difíciles, se enojan por todo o lloran por nada y no hay quién las entienda.

Da mucho miedo, de ese que provoca que te hagas pipí en los calzones, cuando se proponen no llevar la tarea, cuando se proponen ignorar a los profes y cuando se organizan para hacer lo que no se espera de ellos: esconder mochilas, ignorar a otros mostros o brujas, hacer pasar un mal rato a los intendentes o a la directora con sus ocurrencias. Da mucho miedo cuando corren tras una pelota, porque no ven si un mostrillo, brujita, profe, prefecto o perro, cruza frente a ellos y atropellan al que se interponga a sus sentidos así, con una disculpa que siempre es igual: -“Es que no lo vi…”

Algunos mostros y brujas no hacen ruido con la voz, sino con la mirada; eso da mucho miedo porque no hay manera de adivinar lo que piensan, aunque un poco sí lo que sienten. Lo que da más miedo es llegar al viernes y escucharlos gritar desde lejos: -“¡Nos vemos el lunes, profe!”, porque no se sabe si la amenaza es real o sinceramente parte de la inconsciencia colectiva que los caracteriza. Mis mostros y mis brujas son únicos para sus padres y familias, pero también para mí que los veo poco tiempo, sólo el suficiente para saber que son reales y que existen.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

¿Sueño prolongado?

 

De niño me asustaba lo que veía en aquella vecindad en la que vivía, pero pronto me acostumbré a ello. Después, al nacer mis hijas, las visitas desaparecieron y por un buen rato todo volvió a la normalidad que no conocía hasta entonces. Tenía rato de no hablar de ello porque muchos se reían o lo tomaban a broma, así que me era preferible no contar lo que veía.

Cuando tuve que salir de casa para vivir solo, las visitas se volvieron constantes, como si supieran que ahora tenía tiempo para ellas; yo cometí el error de atender el primer llamado cuando, al volver del trabajo, por la noche, descendí del camión y respondí el saludo al primero, sin percatarme de su transparencia, sin darme cuenta de podía ver a través de él. Estaba de pie junto a las vías del ferrocarril, de la ruta Monterrey-Torreón, en los linderos de la colonia Don Lalo, en Escobedo, N. L.; de allí y caminaba una cuadra hasta llegar al departamento que entonces rentaba y me siguió hasta la puerta sin hablar, sin decir nada.

A los pocos días ya eran varios los que me esperaban y en el mismo sitio, a la misma hora, con sus mejores galas, siempre bien peinados todos y atentos a lo que tenía que hacer para evadirlos. No perdían detalle. Algunos atrevidos se acercaban y me saludaban; otros, callados, levantaban la mano para alcanzarme. Yo me distraía con el encendedor, o el cigarrillo recién encendido, sin perder de vista la escalera y la puerta del departamento que estaba en un segundo piso, a escasos 30 metros de la vía férrea.

Un fin de semana me visitaron mis hijas y les pedí que no molestaran esa noche porque ellas estarían conmigo el fin de semana. Ese fue el principio de nuestras charlas, charlas que se interrumpían los sábados y domingos, hasta que mis hijas volvían con su mamá. Algunos sólo querían platicar, otros pedían cosas, ya fuera buscar a su familia o amigos, encontrar algún objeto, agua, cerveza o tequila, tacos o sopa caliente que no podían ingerir, pero que querían servida “para verla, cuando menos”; unos pocos eran groseros y demandaban mayor atención, hasta que los más frecuentes les decían que no debían exigir, sino pedir.

Tuve la necesidad de cambiar de casa. Me despedí de todos… de casi todos… En la casa nueva, ahora en Apodaca, me visitaba un joven todas las tardes. No hablaba nunca, sólo se asomaba por la ventana y se dejaba ver su reflejo en la puerta principal cuando estaba abierta. De vez en cuando encendía la luz del baño, de la sala o del patio, pero no era ruidoso. Mi esposa lo vio varias veces y, ya en confianza, le puso nombre. Gran error.

Con ella en casa se volvió travieso. Además de las luces, prendía la tele a todo volumen, el estéreo y hasta la licuadora; no le importaba la hora, cualquiera era buena para hacerla rabiar. Un día, dejó sus pies marcados en el piso recién trapeado por toda la sala hasta la puerta de la cocina. Ella creyó que había sido yo, pero los pies eran pequeños, menos que los suyos, pero sí mucho más que los míos.

Una amiga, que sabe del tema, habló con él. No quería nada, sólo compañía. No sabía su situación y le divertía lo que hacía desde que mi esposa llegó a vivir con nosotros. Nos preguntó si queríamos guiarlo o dejarlo en esa casa que pronto dejaríamos. La decisión era fácil, era necesario que se fuera, así que hicimos lo que nuestra amiga nos sugirió y funcionó, nunca más volvió, ni nadie más… todavía.