sábado, 6 de junio de 2015

Carlos

Llegó a la escuela a la mitad del primer bimestre; nada era complicado entonces, elegías la escuela y llegabas, sobre todo si tu mamá era supervisora escolar en una escuela cercana. Ese día el número siete dejó de serlo para darle su sitio a él, pero aun cuando yo ocupaba el puesto número seis, lo sentaron delante de mí. Era raro, tenía una ceja y eso no lo había visto antes; una piel muy blanca, casi transparente y una estatura que desafiaba a la del más chaparro del salón en ese entonces; el uniforme planchado, corbata y manga larga, los libros completos en una mochila diferente a las que se usaban y bajo el brazo un cuaderno de dibujo.

Nadie lo presentó, solamente llegó en la clase de Alma Irene, a segunda o tercera hora, y le asignó ese lugar. Le ofrecí el horario y pude ver en su cuaderno de dibujo algunas líneas que representaban muy bien e E.T. El Extraterrestre, pregunté si él lo había hecho y por respuesta tomó su lápiz de dibujo y continuó su autoimpuesta tarea. A los pocos minutos me mostró el trabajo terminado: le había agregado unas cejas enormes, un cigarrillo y una lata de cerveza al dibujo. Cuando lo vio La Tuza, el tremendo del grupo, le apodó CJas, y poco después CJ Mckey.

Mis hermanos y yo
Aparentemente no le molestaba que le llamaran así, sabía que pasaría. Por si las dudas, aquellos con quienes me juntaba lo adoptamos como propio y desde entonces creo que la afinidad se hizo presente, al grado que tiempo después decidimos, así como es de arbitraria la vida, llamarnos hermanos, de eso ya treinta años. La idea sonaba un poco loca porque siento que a sus papás no les gustaba la idea siquiera de que se juntara conmigo, y a los míos que buscara más la compañía de ajenos que a los propios de la familia, pero tendrían que entender que eso no iba a decidir nadie más que nosotros.

En estos días escuché que los hermanos, hermanos de sangre y apellido, son los amigos que te envía Dios y que los amigos son la familia que uno elige para sí; y no estoy seguro de que Dios tenga algo qué ver en eso pero suena con madre la idea porque hace mucho sabía que uno escoge a su familia en sus amigos y que, aunque te distancies de ellos por los motivos que sean o no comulgues del todo con sus ideas, cosas no presentes entre mis hermanos, siguen siendo familia.

Hace una semana mi hermanito partió y me dejó un hueco grande en el pecho. Peleó valientemente contra el cáncer y éste lo noqueó en el décimo segundo round. Quienes vimos la pelea desde la segunda fila pudimos escuchar los gritos desaforados y confusos de los de la primera que exigían más de lo que apoyaban y que recriminaban más de lo que aportaban. Mi hermano se reía de ellos, de todos, incluyéndome. Él tenía su propio ritmo y dejó la bronca para los que se quedaron detrás de él.

Su hijo, su esposa, sus padres y sus hermanos de apellido, seguramente tuvieron una semana difícil para acostumbrarse a la idea de que ya no está, de que perdieron el vínculo que los acercó estos meses. Mi semana también fue difícil, no pasó un solo día sin que pensara en él, en lo que pasó, en lo que se dijo y lo que se calló, en lo que debió sentir no sólo con su enfermedad, sino al ver cómo las ruinas seguían de pie contra el vendaval mientras él mismo se derrumbaba lento. 

Hasta pronto.

viernes, 15 de mayo de 2015

47 años después

Después de 47 años de servicio decidió cerrar su ciclo. Hoy deja sus escuelas en manos de quien llegue a ocupar su lugar, mejor dicho su oficina, su lugar será difícil cubrirlo. Desde hace unas semanas las escuelas que supervisaba dividían el calendario para darle un abrazo en voz de los niños, de los maestros, sus compañeros, los padres de familia, sus cómplices, de todos aquellos que rodearon su vida como Maestro.

Para tomar esa decisión tuvieron que conjugarse muchas cosas: la diabetes, y con ella la pérdida parcial de la visión, la resequedad en la garganta al hablar en público –cosa que me tocó ver una y mil veces sin que se le acabara la saliva ni que le temblara la voz o las manos como ahora-; el camino cada vez más largo y sinuoso que aleja a la escuela de la educación y a los docentes de su tarea; la partida de mi madre…

Mi viejo no se hizo viejo, eso no intervino en su despedida, más bien se le vino el tiempo encima y ya era tiempo de dejar el camino libre a otros. Sus cuentos seguían sonando en los oídos de los niños que lo escuchaban y sus cantos eran cada vez más entonados en las escuelas que visitaba. Para algunos de esos niños era el abuelito de la escuela, para otros el jefe de la directora que imponía orden con su presencia, pero que en cuanto comenzaba a hablar con los chiquillos se transformaba en uno más de ellos, pero con el cabello blanco y con anteojos.

Seguramente para algunos profesores sería el “pinche viejo” que iba a revisar lo que fuera, pero aun esos admiraban el control frente a los niños, la forma de solucionar situaciones graves como si fueran el pan de todos los días, desde la inconformidad de papás con algunos profesores o directivos, hasta conflictos territoriales y sexuales en las aulas desatendidas por aspirantes a docentes sin compromiso, más atentos del teléfono que de sus alumnos.

Es tiempo que a donde llega lo que se escucha es su voz: -“¡Quiubo…!”, como saludo previo a la formalidad del apretón de manos siempre cálido, siempre amigo, o a la palmada en el hombro para no distraerte, aunque eso sea inevitable. Indiscreto permanente que ejemplifica con sus hijos lo bueno y lo malo, que señala sin prisa los errores, como si siempre hubiera tiempo de una solución inesperada; impaciente en lo suyo, pero no con todos, allí está como ejemplo su secretaria que nunca aprendió a usar excell, ni “esta mugre computadora porque es muy nueva”, decía siempre, por eso me apuraba con un trabajito de 3 o 6 horas cualquier domingo, porque debía tenerlo listo al día siguiente.

Ahora el ritmo será otro, sin presiones, sin reclamos -salvo los suyos mismos-; tendrá la firme tarea de decidir entre viajar y comprar una casa más pequeña, entre dormir un poco más y desvelarse unas horas para ver ese canal que siempre recomienda después de las 23 hrs., entre poner una planta frutal o flores en su jardín. Ahora tendrá tiempo para él, para escapar de los nietos que le encajan casi todos los días, de las hijas que le hacen ruido a diario, del hijo que… no, no me echaré yo mismo la soga al cuello…

Es hora de cambiar la pila por una de vida más tranquila, es hora de seguir otro camino que sin duda costará trabajo, es hora de avanzar a la siguiente etapa, es hora de ser papá, abuelo, tío, hermano, amigo de tiempo completo y dejar, por fin, en segundo plano la tarea de ser maestro.

Hasta luego.

jueves, 12 de febrero de 2015

...

En ocasiones es necesario detener el tiempo, unos segundos apenas, para alcanzar a dimensionar lo que pasa en nuestro entorno; lamentablemente algunos, como yo, no nos permitimos ver lo que nos duele, lo que nos cala hondo, lo que nos podría soltar emociones que tenemos olvidadas o, peor aún, que no conocemos. Desde mayo del 2013 mi familia ha enfrentado una cuestión de salud que la trae de cabeza y creímos, en nuestra soberbia, que ya estaba superada. Hace unos días, doce para ser exactos, el fantasma del cáncer apareció de nuevo, pero aparentemente fortalecido. No sé si por un mal diagnóstico, porque llegó más agresivo como dicen los médicos, por desatención –que iría ligada a la soberbia que ya mencioné-, o porque algún Dios así lo quiso. Lo que puedo decir es que temo que en esta ocasión no la libraremos. Tengo un terrible miedo de que papá se quede sin su compañera, tengo un terrible miedo de que mis hermanas se desmoronen, tengo mucho miedo de derrumbarme ante mis hijas y mi esposa, … Por los primeros del mes manifesté a viva voz que yo también siento lo que está pasando (por cierto, creo que les extrañó escuchar eso, porque pensaron que estaba alterado) y, desde entonces, no he vuelto a decir palabra al respecto porque no sé cómo decirlo, no sé cómo llorar, no sé cómo soportar el dolor, ni siquiera sé si esto es dolor… me oprime el pecho, me cierra la garganta, me provoca ansiedad, me olvido lo que estoy diciendo o haciendo para quedarme quieto pensando en la vieja, escuchando sus palabras en mi memoria, imaginando que en cualquier momento me van a hablar para darme la noticia, al grado que prefiero ignorar el teléfono para no enterarme de nada, prefiero mantenerme ocupado en cosas de la escuela para evadir esto… Cada paso que doy es con permiso de cada pie, camino sin prisa; conduzco, de eso me di cuenta hace rato, sin poner atención, no sé a dónde voy cuando voy en camino, casi puedo decir que voy en automático a donde sea que llegue; por las noches duermo a ratos y los ratos que estoy despierto sólo escucho su voz, veo sus ojos de ese día que lloraba porque ya se quería ir a casa, mientras el enfermero buscaba insensible el lugar exacto para inyectarle el suero; los mismos ojos que anoche le puso a nuestro médico de confianza –mi prima- cuando ésta le dijo que si no mejoraba su condición en lo inmediato tendría que ser internada. Le temblaron los labios y apenas balbuceó “esperamos a mañana”. Hace apenas unos minutos me habló mi hermana para decirme que sigue mal, que no durmió, que no ha comido y que no tolera lo que bebe: se está acabando y no puedo hacer nada… La imagino con miedo, pero no de lo que le espera porque su fe la tiene medio tranquila, sino de lo que cree que deja aunque siento que en realidad se lo lleva casi todo… ¿Cómo saco esto? ¿Por qué no puedo hacerlo si se ve tan fácil en los demás? Creí que esto ayudaría, pero lo complica más porque eso de hablar conmigo no siempre me funciona –y además suena a locura-.