En
ocasiones es necesario detener el tiempo, unos segundos apenas, para alcanzar a
dimensionar lo que pasa en nuestro entorno; lamentablemente algunos, como yo,
no nos permitimos ver lo que nos duele, lo que nos cala hondo, lo que nos
podría soltar emociones que tenemos olvidadas o, peor aún, que no conocemos. Desde
mayo del 2013 mi familia ha enfrentado una cuestión de salud que la trae de
cabeza y creímos, en nuestra soberbia, que ya estaba superada. Hace unos días, doce
para ser exactos, el fantasma del cáncer apareció de nuevo, pero aparentemente
fortalecido. No sé si por un mal diagnóstico, porque llegó más agresivo como
dicen los médicos, por desatención –que iría ligada a la soberbia que ya mencioné-,
o porque algún Dios así lo quiso. Lo que
puedo decir es que temo que en esta ocasión no la libraremos. Tengo un terrible
miedo de que papá se quede sin su compañera, tengo un terrible miedo de que mis hermanas se
desmoronen, tengo mucho miedo de derrumbarme ante mis hijas y mi esposa, … Por los
primeros del mes manifesté a viva voz que yo también siento lo que está pasando
(por cierto, creo que les extrañó
escuchar eso, porque pensaron que estaba alterado) y, desde entonces, no he
vuelto a decir palabra al respecto porque no sé cómo decirlo, no sé cómo
llorar, no sé cómo soportar el dolor, ni siquiera sé si esto es dolor… me
oprime el pecho, me cierra la garganta, me provoca ansiedad, me olvido lo que
estoy diciendo o haciendo para quedarme quieto pensando en la vieja, escuchando sus palabras en mi memoria, imaginando que en
cualquier momento me van a hablar para darme la noticia, al grado que prefiero
ignorar el teléfono para no enterarme de nada, prefiero mantenerme ocupado en
cosas de la escuela para evadir esto… Cada
paso que doy es con permiso de cada pie, camino sin prisa; conduzco, de eso me
di cuenta hace rato, sin poner atención, no sé a dónde voy cuando voy en
camino, casi puedo decir que voy en automático a donde sea que llegue; por las
noches duermo a ratos y los ratos que estoy despierto sólo escucho su voz, veo
sus ojos de ese día que lloraba porque ya se quería ir a casa, mientras el
enfermero buscaba insensible el lugar exacto para inyectarle el suero; los
mismos ojos que anoche le puso a nuestro médico de confianza –mi prima- cuando
ésta le dijo que si no mejoraba su condición en lo inmediato tendría que ser
internada. Le temblaron
los labios y apenas balbuceó “esperamos a mañana”. Hace apenas unos minutos me
habló mi hermana para decirme que sigue mal, que no durmió, que no ha comido y
que no tolera lo que bebe: se está acabando y no puedo hacer nada… La imagino
con miedo, pero no de lo que le espera porque su fe la tiene medio tranquila, sino
de lo que cree que deja aunque siento que en realidad se lo lleva casi todo… ¿Cómo
saco esto? ¿Por qué no puedo hacerlo si se ve tan fácil en los demás? Creí que
esto ayudaría, pero lo complica más porque eso de hablar conmigo no siempre me
funciona –y además suena a locura-.
Cuando no se tiene qué hacer, lo mejor es no hacer nada; y si aún eso implica esfuerzo desiste...
jueves, 12 de febrero de 2015
viernes, 28 de noviembre de 2014
Chespirito
Fresquecito
como hoy, entre 17°C y 19°C, apretujados frente al motor aun calientito del
Valiant Duster de papá, con un viento del norte que, filtrado por el calor del
radiador, olía a humedad y óxido; esperábamos las ocho cada lunes para correr a
la sala y ver, con leche y galletas para la cena, El Chavo del 8. La tele
era en blanco y negro, los colores los imaginábamos, no necesitábamos más. Mis
amigos de la cuadra se sentaban en el piso, mi papá a la mesa, yo en una
mecedora, mi mamá en alguna parte de la sala, mi hermana donde más molestara,
mi abuela junto a ella para defenderla de los ataques certeros de todos cuando
hablaba siempre a gritos –aún lo hace-.
Sin
lugar a dudas ese señor, Chespirito, que vestía de niño sabía lo que hacía. Reflejaba
con gracia la naturaleza humilde de un México que ya no existe, la bondad y la
inocencia de la gente que se unía para vivir, o sobrevivir muchas veces. Vivir en
un barril era la manera en que representaba la miseria, a los sin techo, a los
que no tenían más familia que la que se adjudicaban porque sí, pero que no
perdían la felicidad ni el honor por ninguna causa: económica, social o
política.
Aun viviendo
en la pobreza ninguno de los personajes hablaba de lo mal que estaba su
gobierno o su país, y no, no es que no pudieran hacerlo por pertenecer a
Televisa, no lo hacían porque lo que se buscaba en ese tiempo era mantener una
identidad que se está perdiendo (porque no creo que se haya perdido del todo)
en cada pequeño núcleo social representado por la familia.
La opulencia
del Sr. Barriga se contraponía al hambre que reflejaba Don Ramón que sobrevivía
del aire; la admiración de la de la bruja del 71, por este último y la de Doña
Florinda por Jirafales era honesta, transparente, única. El lazo amistoso entre
el chavo, que no tenía nombre porque era muchos, la Chilindrina y Quico es
inalterable, y la relación de estos tres con Ñoño, la Popis y el resto de
personajes no nació de la nada, sino de la cabeza de alguien que, como ya dije,
sabía lo que hacía, conocía la necesidad de dibujar y dejar grabadas en la
memoria colectiva las imágenes que aún recuerdo.
Si bien
es cierto que algunas expresiones de Chespirito, me han llegado a hartar, debo
reconocer que el “es que no me tienen paciencia, el “eso, eso, eso…”, el “fue
sin querer queriendo”, el “cállate que me desesperas”, “no te juntes con la
chusma”, “se me chispoteó”, “tenía que ser el chavo”, “bueno pero no te enojes”,
y otras que no recuerdo, siguen vigentes después de 43 años; y eso, no lo logra
cualquiera.
Sí, también podrá decirse que El Chavo del 8 no aportaba nada bueno,
socialmente hablando, que era una manifestación de burla hacia el jodido, que sus parodias sociales eran ofensivas y grotescas a los ojos de los pensantes, que era denigrante para la clase baja y cosas por el estilo, pero ¿quién puede negar su aportación a la cultura popular?
Niños, adultos, deportistas, actores, escritores, filósofos, políticos, cultos o incultos, en México y en muchos, muchos, países más, hacen referencia al Chavo, a sus expresiones, gestos, vivencias, pero sobre todo a sus valores implícitos, que en fragmentos se pueden rescatar, cosa que no se puede decir de la televisión de hoy (o de su reflejo parcial de la realidad), en su comportamiento y el de sus vecinos fortuitos.
Niños, adultos, deportistas, actores, escritores, filósofos, políticos, cultos o incultos, en México y en muchos, muchos, países más, hacen referencia al Chavo, a sus expresiones, gestos, vivencias, pero sobre todo a sus valores implícitos, que en fragmentos se pueden rescatar, cosa que no se puede decir de la televisión de hoy (o de su reflejo parcial de la realidad), en su comportamiento y el de sus vecinos fortuitos.
Si Los elefantes nunca olvidan, seguramente nosotros tampoco olvidaremos al Chavo del
8, al Chapulín Colorado, ni a Chespirito.
A'i nos vemos...
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sábado, 11 de octubre de 2014
Después de todo, nada.
Ahora los reclamos
son diarios. Los hace frente al espejo que no perdona, ni ha perdonado nunca.
La mirada se retuerce de tan solo recordar que, aunque tiene de todo, no es
feliz en esa vida que fluye entre simulaciones vagas, entre los pasillos que
limitan sus recuerdo de lo que no fue y, por supuesto, no podrá ser. Nadie le
dijo nunca que la seguridad de las palabras borra cualquier inquietud de la
adolescencia.
El reloj no se
detiene, se dice mientras observa lo que sus recuerdos le permiten. La sonrisa
se borra poco a poco y le regresa a su gesto adusto con una mueca apenas
perceptible, que se dibuja en la comisura de sus labios, de sorpresa mezclada
con desconcierto por aquello que su alma le echa en cara, al reprobar sus actos
lascivos contra quienes fueron sus víctimas en sueños, a través del teléfono, o
en sus andares y estancamientos, con botas nuevas o descalzo, por esos caminos
que aún lo recuerdan.
Nadie sabe de su
maldad oculta tras los buenos modos; nadie sabe que no se arrepiente de lo
vivido; ̶ Es más-, se dice cada día al despertar y antes de conciliar el sueño,
̶ si volviera a nacer haría lo mismo cada vez; y si por designo del creador
renaciera con lo que ahora sé, lo haría con mayor alevosía, con el cinismo en
la cara, en las manos y entre las piernas.
Su conciencia le pide
que calle a gritos, pero no quiere escuchar; al contrario, pretende descubrir
todos los juegos sucios que la memoria le arrancó en un momento de descuido;
tiene la intención de llegar hasta el final, aunque tal vez sea el principio,
de sus perversiones: recuerda la música a todo volumen y una mano en la espalda
cuando frente a él tenía otro cuerpo y otro sueño trunco; no olvida que la
carne sabe mejor cuando es fresca y para uno solo, cuando se le caza con las propias
manos, y entonces entiende la seriedad de sus palabras esa noche, aquellas que
dejaron de lado sus mejores intenciones, las que provocaron sus encuentros y
sus promesas incumplidas.


No soy feliz, se
dijo. Y realmente no lo era desde que unas manos ajenas le mostraron para qué
servía su cuerpo, para qué servían sus labios y las palabras que brotaban de
ellos. Si hubiera sabido eso treinta años atrás, ahora mismo sería otro
distinto al que se muestra cada día, cada hora, cada segundo de su vida rota desde
los cimientos; nadie lo sabe todavía, ni el espejo que lo mira fijamente.
Hasta luego...
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