lunes, 30 de diciembre de 2013

Theo


Pocas cosas marcan a las personas como las mascotas. Esos animalitos que muchos siguen considerando un adorno para la casa y que se llegan a convertir en miembro activo de la familia. En mi caso dos mascotas, perros ambos, me enseñaron cosas que los humanos no están dispuestos a compartir.

El primero, Yogui, eran un pequinés chiflado que sabía ser compañero durante esas largas tardes en que mis papás me dejaban solo para poder ir a trabajar. El Yogui sabía que cuando el carro arrancaba la puerta de la cocina se abría para él; tomábamos leche con galletas o cereal, o cualquier cosa que pudiéramos compartir. Cómplice casi mudo de travesuras y testigo implacable de otras cosas que no sé cómo se podrían catalogar. Conoció mis estados de ánimo en la transición de la niñez a la adolescencia y colaboró con papá a darme serias lecciones de vida.

Una de esas lecciones que más presentes tenemos todos fue la vez que papá, quien sufría migrañas que realmente lo tumbaban en cama, me llamó para que le llevara el frasco de alcohol. Mi respuesta fue la que se puede esperar de un chico frente a la televisión: “Ahorita”, con la esperanza de que la solicitud fuera olvidada por quien la requería o por mí. Después de un rato el viejo se levantó, me tomó del brazo y a jalones me llevó a la cocina sin decir palabra. Yo esperaba una regañada olímpica acompañada de un considerable bien acomodado coscorrón, cuando menos, pero lo que hizo papá fue llamar a Yogui, quien a la primera voz acudió sin dudar. Lo que aprendí es que no hay “ahorita” cuando habla el que manda.

Este perro, originalmente de mi hermana que lo abandonó al primer fin de semana de que se lo regalaron, solía acompañarme en mis caminatas a la loma donde jugaba, y a la tienda, y a la casa de mis amigos, y a cualquier lado, sin importar que en el camino lo aporrearan otros perros o mis vecinos. De cualquier forma el Yogui no se rajaba.

El segundo perro estuvo conmigo hasta hace una horas. Theo fue un perro feliz por ocho años y un poco más. Lo compré cuando a mi mujer se le atravesó la idea de tener un perro. Primero intentamos adoptar dos veces pero no funcionó: al primero se lo robaron y, en menos de una semana, el segundo escapó. A este no recuerdo cómo llegamos, pero íbamos por un schnauzer aburrido; el Theo, Slinky antes de nosotros, subió por una cercha y caminó por una repisa hasta llegar a donde estábamos. Él era el elegido.

Aunque hay quienes dicen que somos exagerados, podíamos ver cuando Theo se reía o cuando enojaba; lo primero porque las comisuras de su hocico lo delataban y lo segundo porque nos ignoraba por días enteros antes de dirigirnos de nuevo la mirada y el meneo de su rabo. Si le comprábamos un juguete, lo celaba hasta la obsesión, pero invitaba a jugar a quien nos visitaba compartiendo el instrumento de su propiedad; si nos íbamos de vacaciones sin él, era bien sabido que a nuestro regreso tardaría en echarnos un lazo con la mirada siquiera.

Gustaba de los niños y no era ruidoso, cuidaba sus cosas sin ser envidioso (al menos hasta que se hizo viejo), comía poco y bien, disfrutaba un paseo en coche y entendía que no podía entrar en casa sin invitación, cuidaba de sus críos como si fuera la mamá, se reía cuando mi esposa lo hacía bailar y se volvía loco por cualquier pelota que cupiera en su hocico. Lloró mucho cuando murió su primera pareja y su pareja, hasta hoy, le lloró mucho a él. Los vecinos han aullado mucho todo el día, y es que Theo fue bueno con todos, con todos sus hijos, con todos nosotros.
Hasta pronto.

domingo, 3 de noviembre de 2013

¿Y qué sigue pues?

Soy coleccionista de cómics desde hace ya muchos años –poco más de 30-, y que cada vez es más difícil clasificarlos y organizarlos en una línea narrativa o por compañía editorial, o por lo que más me gusta, sobre todo porque sólo compro lo que me gusta: algo de DC, otro tanto de Marvel, poco de Dark Horse, y de menos algunas editoriales independientes. Entre las cosas que tengo, además de historietas, son juguetes, suvenires y películas, éstas últimas no sólo relacionadas con cómics, sino con literatura y cosas que también me gustan.
En años recientes, del 2002 a la fecha, las historietas han ocupado un lugar importante en las salas de cine, por el fenómeno que provocara entonces el Spiderman de Tobey Maguire, y que se ha extendido hasta hace unos días con Thor. Lo cierto es que esto no es nada nuevo.
En 1977 saltó a la pantalla, del cine en México y TV en Estados Unidos, el Sorprendente Hombre Araña, con Nicholas Hammond, que fui a ver con papá al cine Cuauhtémoc. Recuerdo que la sala estaba atascada de niños con sus papás que no estaban muy contentos de ver tamaño churro, pero que seguro les provocaba satisfacción ver las caras de sus hijos, con los ojos desorbitados y las bocas semi-abiertas cada vez que aparecía el araña con su traje de calcetín.
Por esos años apareció también en la TV El Increíble Hulk, con la mancuerna Bixby/Ferrigno, que si bien no era mi favorita estaba entretenida y era el pretexto para que los papás y los hijos, sobre todo varones, se apropiaran de la tele los sábados por la noche para ver algo juntos. Al menos eso hacíamos el mío y yo, mientras boleábamos los zapatos y comíamos mandarinas con cacahuates de greña, previo a nuestra agua mineral con sal y limón.
Después vinieron el Superman de Reeve; Conan, el bárbaro, con Schwarzenegger; El Capitán América, con Matt Salinger; algunas peliculitas de Hulk, acompañado por Daredevil y Thor; el Batman, de Keaton, todo Star Wars, desde el ’77 también; y otras cosillas animadas que estaban muy buenas. Todas las mencionadas en principio eran actividad de niños y sus papás; después, de esos niños ahora papás, con sus hijos (hijas, en mi caso).

Vino Dick Tracy, Blade, Spirit, Punisher, primero con Dolph Lundgren, después con Thomas Jane y por último con Ray Stevenson; The Shadow, Spiderman, en cuatro películas con dos versiones distintas; Hellboy, Daredevil, Elecktra, otros Hulks, Fantastic Four, Iron man, Thor, Capitain America, más Supermanes y Batmans, Avangers, ¡en fin!
Lo que quiero compartir es algo que llamó mi atención hace dos días en la sala del cine, mientras veía Thor, acompañado por mis hijas y mi esposa. La sala no estaba llena, pero era notable que la mayoría del público era femenino… ¡ya no eran papás con sus hijos! ¡Eran novios con sus novias, esposos con sus esposas, grupos de amigas mujeres solas! ¡Todas gritando cuando apareció el dios nórdico, como si se tratara de… no sé… una estrella de rock o qué sé yo! ¡El viejerío en pleno!
¿Para eso quería Disney la franquicia de Marvel? ¿para quitarnos también ese bastión? ¿eso va a pasar con la franquicia de Star Wars? Ahora sí estamos jodidos…
 
Hasta luego...

domingo, 20 de octubre de 2013

Sueño compartido

La tensión de saber dónde estaba era creciente. Su compañera de vida, quien muchas veces le dio el aliento para seguir en el camino y que muchas otras le clavó los zapatos al piso, y sus hijos, exhalaban la incertidumbre del momento. Ninguno quería levantarse del lugar bajo la amenaza de perderle en el intento. El clima frío calaba en los huesos de unos y provocaba la somnolencia en otros.

El recinto poco a poco tomó cuerpo con las figuras de otros cuerpos que ocupaban las butacas que quedaban sin marcar por una bolsa, un saco, o algún nieto. La pregunta seguía latiendo diferente en cada cabeza: ¿Dónde está? ¿Por qué tarda tanto? ¿Qué hora es? ¿Cuánto falta? Uno cruzó la puerta y lo vio de lejos, frente a las cámaras robadas por la palabra del anfitrión del evento… Nada se podía hacer. Ya faltaba menos.

Cuando el reloj marcó la hora, la estridencia del anunciador sonaba exigiendo el aplauso para el líder, para el que robó con su palabra y su actitud la atención del evento ante las cámaras que minutos antes lo rodeaban. Detrás de él, el séquito; más atrás los festejados, y entre ellos uno, el que queremos unos cuantos de los que estuvimos allí como mudos testigos de la algarabía que reflejaba en sus ojos de niño travieso.

Intentaba disimular el asombro entre los aplausos y los gritos de quienes estiraban su mano para tocar la suya alzada en un puño sobre su cabeza en señal de triunfo. La sonrisa se mostraba amplia y sus pasos firmes donde otros han tropezado y caído, avanzando y retrocediendo para saludar y abrazar a sus amigos, sus compañeros de jornada, sus cómplices en diferentes circunstancias, sus hermanos, sus nietos e hijos. La tarde sería suya, nunca la compartiría con los otros tres homenajeados -¿Quiénes eran los otros?-.

Ocupó el lugar asignado y, como es su costumbre, comenzó a girar instrucciones mientras en el pódium se cubrían las formas en medio de tautologías y formas farragosas. Durante los honores a la bandera, por ser un acto solemne, mientras muchos intentaban adivinar si los del estrado cantaban el himno o sólo movían los labios, él miraba la bandera sostenida entre los dedos firmes de una niña que parecía dispuesta a ofrendar la vida en defensa de ese lienzo tricolor si hubiera sido necesario. Después, de nuevo las voces redundantes en mil saludos y agradecimientos por demás inútiles en la práctica, pero ineludibles en el protocolo por demás arcaico.

La sala entró en suspenso cuando la luz disminuyó su intensidad. En un momento un rayo de luz se convirtió en imagen y el aire transformo sus ciclos en sonido; en la pared le vimos repetir la misma fórmula de los otros tres -¿cuáles tres?-: su nombre, los agradecimientos y el cebollazo al anfitrión; lo diferente fue, y eso le dio cierta verosimilitud al discurso, que varias veces dijo en distintos tonos que se va, que se jubila, que ya termina su tarea, que su esposa lo exige, que la familia lo reclama, que es su siguiente sueño… ¿Qué tan cerca han estado de tocar un sueño? Él lo ha hecho más de una vez.

Entre voces lo llamaron al estrado para recibir su constancia de Maestro distinguido, la que le permite ingresar a la Galería del Educador Neoleonés, por su ruta, por su camino, por su tarea y su visión, por su esfuerzo. Nosotros sabemos que es más que eso; sabemos que sí es Maestro de aula, de patio, de escuela, de casa, de vida y que enseña siempre con sus manos, ahora temblorosas, abiertas.

Terminada la ceremonia, saltó de un grupo a otro saludando a todos, porque todos eran sus invitados, ninguno era ajeno o desconocido. –“Profe, una foto”; –“Aquí, todos con el profe”; –“Ahora la familia”; –“Felicidades”; –“Otra foto”… siempre otra y otra más. Los que en principio tenían frío, lo olvidaron; los que se dormían, despertaron; todos los demás se fueron, y para cerrar la puerta, como muchas veces, él.


En silencio, después del barullo, su familia, la deadeveras, la de la casa, la de siempre. Mañana seguirá otro sueño… pero ahora, Oscar Mario Benavides Sánchez, compartiremos el tuyo.

Hasta luego.

9 de octubre de 2013, en el marco del Día Mundial de los Docentes. SNTE. Sección 21.