lunes, 8 de febrero de 2010

Se fue

La perdí por idiota, es por eso que no me dio coraje. Siempre la llevaba de mi mano a todas partes: al banco, la revistería, la escuela, mi escuelita, con mi familia, ¡Vaya! todos la conocían y se habían acostumbrado a verla conmigo a cualquier hora…

Como Serrat a su maniquí: de una pedrada se cargó el cristal y corrió, corrió con ella hasta ve tú a saber dónde… sólo espero que le hayan echado también el guante y que nadie lo visite de vez en vez, ni de seis a siete.

La muy maldita. Ni siquiera me despedí de ella, y ese día mi conciencia me gritaba que no la dejara sola; desde temprana hora tuve un mal presentimiento que ignoré: — “No la dejes”, me decía, y no la dejé en casa, la llevé conmigo sin ser necesario. — “No la dejes”, la tomé entre mis manos para ir a cenar. —“No la dejes”, y no la dejé en mi coche, sino en el de Ileana, oculta a la vista de todos… Bueno, de casi todos… Ese cabrón si la vio -¿o la presintió?- y decidió llevársela consigo.

jueves, 8 de octubre de 2009

Fantasmas

Los fantasmas tienen cara de mujer, aunque es difícil saber si lo son. Se aparecen junto a la carretera, justo en el borde de la línea blanca que indica el límite del acotamiento. Muchas veces pasan inadvertidos porque se esconden en lo más oscuro del camino, donde nadie los sorprenda porque les gusta ser los que sorprenden. Visten de todos colores y se fuman despacio la noche para que les dure más, algunos hasta beben de pequeñas botellas que guardan en sus bolsos roñosos donde seguro también guardan sus propios fantasmas, esos que los persiguen con hambre y miedo, con frío y sueño, esos que no los dejan dormir en el día y que en la noche les obligan a salir a buscar el día siguiente.

Los he visto en la madrugada camino a casa y en las mañanas rumbo al trabajo. En la madrugada me han asustado, pálidos, secos, cenizos, marchitos, como borrones que pasan por la ventanilla a más de 140 Km/hr., siempre alzando la mano, mostrando lo que tienen, invitando, sin importar que vaya acompañado; por las mañanas dan tristeza, cansados, ebrios, apoyados en cualquier caja de tráiler con los zapatos en la mano mientras vomitan el asco de la noche sin suerte, salvo la misma de siempre. Los fantasmas a los que me refiero tuvieron sed algún día, ganas de huir de su miseria y, seguramente, gusto por la vida; hoy tienen poco tiempo para morir en su marasmo y apenas lo suficiente para seguir rondando los caminos, toman lo que la vida les dejó y se conforman con ello, no tienen más opción, al menos no a la vista.

Hay otros fantasmas que se cargan a diario e impiden ser lo que se es; fantasmas que incomodan, que cobran caro el pasado en el presente, que aniquilan los sueños, que golpean el suelo a cada paso haciendo eco en el alma, fantasmas que gritan y gimen y lloran y se burlan, que nublan la mirada, que cubren los ojos, que lastiman, que arañan, que sangran; fantasmas que quitan el habla, las ideas y los sentimientos que también duelen porque hacen recordar de dónde viene uno y que distraen buscando que uno se olvide hacia dónde va.
Otros deambulan sin rumbo, sin hacer, sin ser; siempre callados, protegidos en lo etéreo, en la bruma, en la confusión que se aglutina formando una razón incomprensible en el colectivo insomne, perdidos en su propia consciencia inexistente, imaginaria, rústica; temen a lo mismo que los impulsa y se esconden de todo lo que los roce: viento, voces, palabras, frases, ideas completas que los puedan comprometer a existir en un mundo ajeno al suyo, sin sospechar que ese tampoco les pertenece.

Hay fantasmas que traicionan su naturaleza y se incluyen en el día queriendo ser más. Esos son más peligrosos porque desgarran desde adentro cuando son descubiertos, son parásitos que se significan en los aparadores, que se lucen, que creen brillar con luz propia pues consideran que la vida se los debe, aunque siempre han sido oscuros o grises o nada. Otros fantasmas no tienen cara, pero siguen siendo lo mismo: fantasmas. Y sin importar que sean nocturnos pasajeros o lastre que se arrastra, siempre da miedo enfrentarlos para que se vayan a donde pertenecen: al camino, la noche, la mañana, el sueño, el desvelo, el recuerdo o el fin.

¿Cuántos fantasmas has visto hoy?

domingo, 13 de septiembre de 2009

De princesas y brujas

No hay nada más rico que perder el sueño a las 3:30 de la mañana para descargar la conciencia en unas cuantas líneas.
Resulta que hace unos días, esta semana que termina para ser exactos, encargué a mis alumnos de secundaria, la lectura de un cuento que entre sus líneas maneja las palabras nalgas, chiches y cabrón, bajo el velo de una serie de actos vouyeristas que se antojan cómicos a ratos, hasta que revienta la situación con una violación implícita en el nudo de la historia.

Tal vez platicado así, fuera de contexto, sea alarmante dicho texto; sin embargo, puedo asegurar que tanto el vocabulario, como el delito cometido por el protagonista de la historia, están bien cocinados; es decir, justificados en la narración. Ojo. No quiero decir que justifico una violación, por supuesto que no; pero en esta historia en particular no podía suceder otra cosa, aunque no sea la parte medular del cuento.

Haber encargado ese texto obedece a que en clase teníamos que trabajar la descripción social, cultural y psicológica del personaje y del ambiente en el que se desarrolla, además de variantes dialectales y otras cosas. Ese cuento cumple claramente con todas las características que exige el modelo de análisis, de modo que no tendría que acudir a varios textos para abordar lo que el guión propone.

Lo que nunca preví es que daría comezón a algunos papás y que estos irían a preguntar/reclamar el porqué de ese tipo de cuentos. Mi respuesta se apegó al programa: deben ser cuentos latinoamericanos del siglo XIX o XX y muchos de ellos contienen temática similar.

- ¡Pero mi hija no conoce de esos temas!
- ¡Mi hijo no habla con esas palabras!
- ¡Esos temas no se tocan en mi casa!

- ¡Usted está contaminando la inocencia de los muchachos! ¿no pudo escoger otro tipo de cuento?

- ¿Cuál? ¿De princesas? Siempre vienen de familias rotas por diferentes motivos, o sufren la violencia hasta que huyen de su suerte en brazos del primero que pasa ¿de niñas acosadas por los lobos? ¿de hermanitos que pueden ser la “merienda de viejas brujas”?

-Bueno, no. Cuentos para su edad.

- ¿Cuáles? ¿de Rulfo o Quiroga? Siempre hay muertos o cosas parecidas, ¿de Márques o Arreola? Siempre hay muertos, engaños, infidelidades o pérdidas (y hasta perdidas), ¿de quién? … ¿qué hacen mientras comen? ¿platican o ven televisión? … ¿y qué programas ven a esa hora? … ¿Noticias? … No más preguntas señor, señores…

Tal vez algunos papás se prometieron no volver a dejar a sus hijos e hijas frente al televisor, el periódico, la computadora y hasta las ventanas de su casa para no contaminar su inocencia, tal vez pensarán dos veces antes de rentar una película infantil, tal vez tienen la idea de que en la escuela debemos apretar el nudo de la venda que muchos de ellos ponen en los ojos de sus hijos, o que debemos encerrar con otra burbuja, la burbuja que ellos creen haber hecho para sus querubines adolescentes, tal vez… tal vez muchas cosas…

Todavía no sé si cometí un error al proponer esa lectura, pero al día siguiente que trabajé el texto con los muchachos lo hice pausado, esperando algún comentario fuera de contexto relacionado con las nalgas o las chiches, o con la violación, pero no, lo que se dijo en la clase estuvo centrado y con buen juicio; lo escabroso del tema lo percibieron sólo los papás que fueron a verme y lo que mis alumnos hicieron fueron, muchos de ellos, muy buenos productos.