sábado, 11 de octubre de 2008

Los monstruos

Apenas rebasábamos los doce y nos gustaba divertirnos. Las noches eran días y los días se convertían en la antesala que pacientemente nos guardaba para esa noche. Octubre me parecía divertido por muchas cosas: el clima, la luna, el juego, los estrenos en la televisión o el cierre de temporadas de Mágnum P. I., Remington Steel y Luz de Luna; me gustaba por Felicia Hardy, Punisher, Jackal, el Conde Bartok y el espíritu de aventura que nos cargaba la pilas preparando la noche del último día del mes.

Volvíamos loca a ma’Mary con la factura de capas y camisolas largas; el profe se divertía consiguiendo látex que serviría para hacer cicatrices; mi hermano ideaba mil formas de expulsar sangre por la cara sin que se notaran las mangueritas para el suero que nos robábamos del botiquín de la abuela.
Mezclábamos de todo para fabricar alguna pasta purulenta de color verdeamarella con puntitos de color marrón, pero lo suficientemente ligera para que fluyera lentamente por los tubos que colocábamos debajo de los plásticos de la cara.

El día esperado comenzaba después de la comida. Algunos se juntaban en las ventanas para ser testigos de la transformación que iniciaba con una buena lavada de cara para después comenzar a colocar el colodión, látex y avena que servían para hacer las texturas de la piel que sería expuesta toda la noche. No podían faltar la grenetina, el engrudo y el cleen pack, que por cierto nunca usamos y no recuerdo para qué estaba allí.

Al llegar la noche nos lanzábamos a las calles rodeados de quienes nos veían pasar; no pedíamos dulces ni nada por el estilo, pero nos divertíamos igual o más que muchos que sí lo hacían. No faltaba algún despistado que se asustara o algún otro que, después de burlarse de nosotros por ‘ya estar grandecitos’, se unía al grupo por unas calles para saber qué era realmente lo que pasaba.

Después de las once de la noche la colonia era nuestra, todo estaba solo y apenas comenzábamos la fiesta. Recuerdo haber pasado por cada cuadra atento a lo que sucedía en nuestro camino, esperando que de algún callejón saltara alguien más loco que nosotros para echársenos encima. Retábamos el miedo entrando en las casas solas con apenas una lámpara de mano y gritábamos hasta quedar mudos que en cualquier casa, callejón o calle, andaba el diablo en “pelota” haciendo de las suyas.

Después de eso, la cita era en la esquina. Junto a los amigos platicábamos lo visto y escuchado esa noche. Repartíamos el botín de quienes pidieron dulce a cambio de no hacer travesura, recorríamos de memoria cada escena vivida, cada gesto, cada palabra hasta quedar satisfechos con esa noche.

Al día siguiente llegábamos temprano a la escuela esperando no haber sido reconocidos para escuchar las impresiones de quienes nos vieron o supieron de los monstruos que pasearon hasta la media noche. Los comentarios eran alentadores y nos movían a planear la noche del siguiente año que debía superar la anterior, cosa que siempre sucedió hasta que llegamos a los veinte y comenzamos a cobrar para que otros se divirtieran.

viernes, 19 de septiembre de 2008

La Muralla del Libro

La Muralla del libro es una actividad que realizan mis alumnos adolescentes en su comunidad. La idea es el intercambio de libros entre ellos, de modo que si aportan uno, dos o cualquier cantidad de libros, pueden llevarse la misma cantidad a su casa con el compromiso de leerlos. Lo libros no necesariamente tienen que ser propios, pueden hacer una colecta entre los vecinos que quieran hacer espacio en su librero o deshacerse de de esas cosas que nivelan la mesa de la abuela.

Esta actividad inició en la Normal Superior allá por el año 2000, cuando el Fer, entonces responsable del Depto. de Difusión Cultural, sacó un montón de libros que se iban a tirar y los puso en una mesa para que se los llevaran los normalistas. Después de eso, los alumnos de la especialidad de Español, y de otras, se dieron a la tarea durante tres o cuatro años de repetir la misma acción cada vez con más y más libros de todo tipo: literatura, divulgación, chismes, escolares, especializados, etc.

Ahora, desde hace cinco años, los chavos de la secundaria 6 en Escobedo, han adoptado esa misión de reunir libros para llevarse libros. Puede sonar extraño que los adolescentes estén interesados en el material impreso, pero es cierto que participan convencidos de recuperar en letras lo que dejan en la mesa.

Lo que opaca el entusiasmo de mis alumnos es el hecho de que muchos maestros de esa escuela no se interesan en nada que tenga relación con la lectura, y hasta interfieren con la actividad de los alumnos si se relaciona con libros; muchos no entran a la biblioteca a menos que se ofrezca un almuerzo o haya una junta, de esas engorrosas, que convoca la dirección.

La actitud de los maestros difícilmente se puede modificar, la de los alumnos confío que se fortalezca en cuanto a la participación y que crezca en lo que respecta al gusto por la lectura. El año pasado, gracias a Guillermo Berrones y otros comprometidos con la promoción de la lectura, se reunieron más de mil libros para la Muralla con la intervención de cerca de 200 muchachos… Eso es mucho para quienes piensan que no leen; y tal vez no lo hagan, pero qué importa si están cerca de la lectura y del material que la difunde.

Este año el reto es mayor, tenemos el compromiso de reunir una cantidad mayor de libros y participantes, no porque sea una promesa ni nada por el estilo, sino por el simple hecho de ganar cada vez más lectores en las aulas de mi escuelita; lo malo es que ya no tenemos a un Berrones con la facilidad de antes para donar libros, lo único que queda es confiar en que quienes colaboramos con esta tarea logremos, independientemente de los números, convencer a los muchachos de las ventajas de ser lector.

sábado, 16 de agosto de 2008

Lo miró

Lo miró apenas por la ventana que mostraba su rostro inmóvil, nada lo impacientaba ahora. La última vez que habló con él fue frente al televisor, ese viernes por la noche, cuando la estridente risa se convirtió en tos, y la tos en el pretexto para irse de prisa, sin esperar a que llegara el resto de la familia a despedirse. Lo miró a través del cristal que lo mostraba igual a sus últimos días: tranquilo, sin más preocupaciones que el juego del fin de semana y la última cerveza que tomaría esa noche antes de ir a la cama. Nada lo intranquiliza ahora. Se fue.

No podía apartar su imagen de hace cuarenta y tantos años. Su gesto era el de un sueño profundo que se confundía con la tranquilidad de aquella noche, cuando sus comadres dijeron que nada se podía hacer ya. Lo miró y le era difícil apartar el recuerdo de quien compartía la mesa cada noche sin importar el resultado del día.

Todo se presentaba en cámara lenta: la llegada de sus hijos, la sorpresa de los vecinos, las preguntas incómodas, los avisos inoportunos, la compañía indeseable, el festejo que exigía tortilla, música y vino, además de filas incansables de gente con ojos vidriosos que quería despedirse con una sonrisa socarrona de una complicidad compartida.

El dolor lo guardó para más tarde, cuando él no estuviera presente, tal vez porque quien se ausentó desde ese momento, el mismo en que acariciaba el frío vidrio como si quisiera que él sintiera, fue ella. Sus hijos guardaron silencio esperando el siguiente día para embrutecerse con el alcohol que dejó en casa para la ocasión, nada se los impediría, seguirían su ejemplo, y como él lo hiciera hace muchos años, despertarán de su pesadilla temporal para enterarse que fue cierto, que lo perdieron, que ya no vuelve.

Los últimos años son un misterio para la familia, no la suya, la de sus padres; nadie recordaba su cara pero reconocían su existencia en el exilio autoimpuesto, complaciente, conveniente para unos cuantos, necesario para otros. La noticia les recordó que pueden ser los siguientes, les remolió las culpas y los reclamos, les golpeó donde no duele pero carcome, les dejó un hueco más grade sin saber que está allí, en el centro, en el mismo lugar donde lo dejaron la última vez.

La despedida, la de de veras, fue larga. Le dejaron una playera de rayas, una fotografía de ella cuarenta años más joven, pulseras tejidas, un rosario, un millón de lágrimas y la ventana manchada; nada reparador, ningún consuelo, nada que dejara marcas profundas en la línea rota hace tanto tiempo, nada que pudiera interpretarse como señal de cercanía pues cada quien guardaba su distancia entre sí, como cuidando lo íntimo del momento, el sudor ocular que picaba, el dolor de las quijadas apretadas, lo que se veía y se sentía.

Al final no hubo cuentos, ni saludos falsos, “lo que es, es”, siempre decía, “si no nos vemos, no nos conocemos”. Quienes lo vieron por ese vidrio lo saben. Ella lo supo siempre -y ahora lo confirma con sus cansados ojos-, aun antes de verlo la primera vez, tan grande, tan fuerte, tan cerca, tan frío, tan muerto.