lunes, 10 de diciembre de 2007

El compadre rico y el compadre pobre

La fogata estaba lista. El aire que soplaba del norte se metía hasta los huesos y lo que traíamos puesto apenas servía para taparnos. Afortunadamente la lumbre comenzaba a compartir su calor con nosotros y eso ayudaba a que la noche fuera menos fría. El cielo se veía clarito y las ramas del árbol que nos cobijaba parecían estar dibujadas entre las estrellas que brillaban lo suficiente para alumbrar el camino a la acequia. La olla del café empezó a despedir ese olor que te abre el apetito; lo malo es que no teníamos comida para esa noche, sólo café negro.

Las risas que teníamos segurito llegaban hasta el puente; una que otra vez mi tío Beto se levantaba a orinar todo tembloroso, mientras Ramón, su hermano, seguía con sus historias de la revolución o de los caciques de Santa Engracia que ya habían muerto. Mi tío Orfelio era el que cocoreaba el asunto y aunque no le gustaba la idea de dormir incómodo parecía disfrutar más que mi papá prender la lumbre y poner el café; era raro porque papá siempre tomaba la delantera para esas cosas pero ahora dejó que su hermano mayor dirigiera la velada.

Con la noche ya entrada papá recordó una historia que le contó uno de sus tíos cuando era niño y nos la contó pensando que tal vez de esa forma nos mantendría despiertos más tiempo…

“En el pueblo, hace muchos años, vivían dos compadres. El primero trabajaba mucho de sol a sol en la labor pero no le alcanzaba muchas veces ni para comer. Todo el día se fregaba el lomo limpiando los surcos de la hierba, cuidando el riego y la fumigación que no debía faltar, y aunque la tierra era buena de su suerte no podía decir lo mismo: si llovía, la única cosecha que no se lograba era la suya, si no caía agua su milpa se quemaba sin disculpa y así tenía que batallar todo el año para pagarle al banco la semilla que le había financiado. Era pobre porque así había nacido, ni modo; su esposa y sus hijos tenían la misma vida marcada porque así les había tocado.

Su compadre, contrario a él, era rico; casi nada le hacía falta. Tenía lo suficiente para ayudar cuantas veces fuera necesario a su compadre pobre, y lo hacía con gusto porque así era él de tironero. Todo estaba en que se diera cuenta que a sus ahijados les hacían falta zapatos, o que a su comadre le faltaba para el gasto, o que viera a su compadre cabizbajo mascando el polvo del camino y tan rápido como podía acudía con ropa, despensa y lo que él consideraba podía ayudar a su amigo.

No esperaba a cambio nada porque su compadre nada podía pagarle. El compadre pobre pocas veces aceptaba la ayuda era por eso que el rico hacía los arreglos con el banco sin que el otro se diera cuenta. Ese apoyo desinteresado no había nacido de la nada, cuando niño, el rico estuvo a punto de ahogarse en la noria pero fue salvado de la tragedia gracias a un niño pobre que, sin tener miedo, se metió por él con una cuerda amarrada a la cintura.

El compadre rico con mucha frecuencia insistía al pobre que dejara la siembra y que se fuera con él a trabajar como su socio pues necesitaba ayuda en sus negocios, pero éste se negaba siempre argumentando que no necesitaba el trabajo y que seguramente con su mala suerte los negocios se vendrían abajo, por eso le aconsejaba que buscara a alguien que supiera de esos menesteres y que no le hiciera perder tiempo ni dinero.

Un día la esposa del compadre pobre se enfermó y el doctor le dijo que seguro era por las mal pasadas que se daba; le recetó descanso y buena comida, además ya estaba bueno de tener a los hijos en ese solar tan pelón e hizo que la familia se mudara al pueblo, a una de las casas que tenía su compadre sin ocupar. Lo que nadie sabía es que todo, excepto la enfermedad, era plan del compadre rico que no halló otra forma de acercar a sus compadres a la civilización y a sus ahijados a la escuela.

El compadre pobre no tuvo más remedio que aceptar las órdenes del doctor y acudió a su compadre para solicitar la ayuda que necesitaba. El rico se emocionó tanto con los resultados de su plan que sólo faltaba que su compadre aceptara el trabajo que le ofrecía pero el pobre nuevamente se negó.

Preocupado el compadre rico por la necedad de su amigo, tuvo la idea de ofrecerle dinero para que pusiera un negocio propio, pero tampoco funcionó. Días después le dijo que el dinero no era regalado, sino un préstamo que le hacía a cambio de cuidar una tienda que tenía pensado poner en esa casa que ahora ocupaba con su familia. El compadre pobre apenado por haber estropeado el negocio de su amigo, aceptó cuidar la tienda pero sólo a cambio de un salario que cubriría el costo de la renta del lugar y los alimentos de la familia.

Sintiendo el triunfo en sus manos, el compadre rico se dio a la tarea de comprar la estantería y la mercancía necesaria para que su compadre se pusiera a trabajar, no sin antes mandar cerrar las otras tiendas que tenía en el pueblo con la intención de que le fuera bien a su amigo de la infancia.

Una vez que estaba todo listo, el compadre rico le explicó al pobre lo que debía hacer para que el negocio fuera bueno y obtuviera grandes ganancias. Lo primero que le sugirió era que se levantara antes de las cinco de la mañana, hora en que las mujeres salían por la leche para el almuerzo y que de seguro algo habían de llevarse de la tienda. El compadre pobre también estaba emocionado por su nueva vida y aseguró que no tendría problema para levantase a esa hora pues estaba acostumbrado a hacerlo desde hacía mucho.

Esa noche el compadre rico no pudo dormir de la emoción. A las cinco de la mañana, sin tomar café siquiera salió de su casa para ver cómo su compadre había iniciado el día. Cuando llegó la tienda se dio cuenta que estaba cerrada. –‘Seguro a mi compadre le pasó lo mismo que a mí. No ha de haber podido dormir en la noche y hasta ahora le ganó el sueño’, pensó. –‘Regresaré en una hora. Seguro ya mi comadre estará lista para hacer la primera venta del día’.

Se fue a la plaza a tomar café y pasada la hora regresó. –‘¡Ah qué mi compadre tan flojo! ¡Por eso está jodido el pobre! Segurito anoche se emborrachó y no se ha levantado…’. Molesto abrió la puerta de la tienda sin cuidarse de no hacer ruido a ver si con éste se despertaba su compadre. Lo raro era que ni los chiquillos se habían levantado aún y todo estaba quieto en el patio que dividía la tienda de la casa.

-‘¡Compadre! ¡Compadre! ¡Despiértate flojo, que ya es hora de abrir la tienda!’. Nadie respondía a sus gritos cada vez más furiosos. Se asomó por la ventana pero no se veía nada. Regresó a la tienda y tomó una linterna para dirigirse de nuevo a la ventana. -‘¡Compadre! ¡Compadre! ¡Ya es hora compadre!’.

Apenas alcanzó a divisar los bultos de la familia recostada. –‘¡Ah que familia de flojos estos! ¡`Ora verán!’; de una patada se cargo la puerta de la casa pensando que así despertarían asustados, pero el susto se lo llevó él cuando en la mesa vio a la muerte sentada con esa risa espantosa que siempre le dibujan diciendo: -‘Yo pa´ pobres los mandé, tu para ricos los quieres, ¡revívelos si es que puedes…!”

La noche avanzaba y el sueño venció despacito a mis primos, después a mis tíos y a mi papá. Esa noche yo no pude dormir.

viernes, 2 de noviembre de 2007

¡Por qué no te parates!

Don Juanito era un hombre trabajador; toda su vida la dedicó a la siembra con la que en temporadas duras y otras peores daba de comer a su familia compuesta por once hijos -seis mujeres y cinco hombres-, y con la que pagó, hasta donde pudo, los estudios de todos ellos. Su esposa era una mujer dedicada a su marido y siempre estaba atenta de lo que se necesitaba en la casa para procurar conseguirlo sin molestar a su viejo, pues como buena administradora que era, no necesitaba pedirle dinero extra para completar el gasto.

Don Juanito tenía muchos deseos, entre ellos ver crecer a sus hijos y hacerse viejo con su esposa en esa casita que él mismo construyó y que fue ampliando conforme crecía la familia; pero algo que siempre quiso desde joven, era una pick up que nunca pudo comprarse, pues si bien el dinero no le faltaba, “tampoco podía malgastarlo en lujos innecesarios” repetía Don Juanito cada vez que su mujer le insistía en la compra.

Paseaba en su carretón tirado por un burro viejo y aunque sus vecinos poco a poco fueron haciéndose de camionetas y camiones para transportar la cosecha, Don Juanito se aguantaba la envidia y buscaba mil ventajas de seguir conservando su guallín. Sus hijos, cuando logaron salir del pueblo, intentaron muchas veces regalar a su viejo una pick up que le diera gusto y le facilitara el trabajo de transportar la carga, pero Don Juanito, testarudo como era, nunca aceptó que sus hijos hicieran tal gasto pues decía que si él quería tener un mueble de esos él mismo podía comprarlo con su trabajo.

Cuando cumplió Don Juanito ochenta años de edad, decidió vender parte de su parcela a sus yernos para que hicieran el negocio que más les conviniera, de ese modo él dejaría de preocuparse por sus hijas pues ellas administraban sus casas como la habían aprendido de su madre. La parte que le quedaba la dividió entre sus hijos bajo la única condición de que lo dejaran seguir trabajando ese pedazo de tierra que tanto les había dado.

Con el primer dinero que recibió, Don Juanito se fue a la ciudad con el mayor de sus nietos a comprar una pick up que le llenara los ojos. Regresaron con una camioneta doble cabina, extra larga, con clima y doble tracción; era de color azul con unas franjas doradas en los costados. Las llantas eran anchas y tenía un equipo de sonido con el que amenizaron un baile de festejo en el solar.

Después de unas clases de manejo que le dio el nieto, Don Juanito ya sabía lo básico de conducir una camioneta de esas, así que comenzó a practicar por las brechas y sólo cuando se sintió confiado fue al pueblo a comprar sus medicinas. Quienes lo conocían se reían al verlo derechito en la cabina de su pick up, quienes no, se asustaban de verlo tan viejito en tamaño trocón.

Un día entre semana, de esos en que nadie quiere salir por el calor, andaba Don Juanito en su camioneta con el clima prendido y la música bajita, nada lo molestaba. No había tráfico, las calles aledañas a la plaza principal estaban vacías y la carretera que atravesaba el pueblo parecía desierta, sólo un perro echado a la sombra de la botica estaba en la calle.

Con toda calma Don Juanito pisó el acelerador para cruzar la carretera despacito, como él manejaba, pero no volteó a ningún lado ni hizo alto en la esquina como lo indicaba la señal. Gracias a que viajaba a poca velocidad, una camioneta lo golpeó apenas en la puerta del copiloto, ocasionando que ésta se hundiera un poco y que se rayara la pintura. Don Juanito sabía que había cometido un error y apenado bajó de su pick up disculpándose con el conductor por haber provocado el accidente.

-“¡Híjole mijo! No hice alto…”, decía Don Juanito.

-“Ya sé Don Juanito, ya sé. ¿no le pasó nada?”, preguntaba nervioso el otro conductor.

-“No, no me pasó nada, lo pendejo ya lo traiba desde antes”

-“¿Pos qué le pasó? ¿por qué no hizo alto? ¡Tamaño letrerote!”

-“Pos no lo vi…”, dijo apenado Don Juanito.

-“¡Ah qué Don! Yo lo vi desde que iba saliendo de la calle pero pensé que se iba a parar…”

“-¡Ah, no cabrón! ¡no me queras joder! ¡entonces tu tenes la culpa! Porque si me vites ¡por qué no te parates!”

miércoles, 3 de octubre de 2007

Sobre un curso a distancia; o La conveniencia de ser parte del Tec

En el mes de agosto dio inicio un curso de Actualización en Tecnología para Escuelas de Educación Básica que es parte del Programa de Liderazgo en el Uso Pedagógico de la Tecnología. Dicho curso tuvo como propósito dar a los docentes las herramientas conceptuales y prácticas suficientes para que diseñen, desarrollen, implementen y compartan productos educativos basados en el uso de tecnología de tal modo que puedan mejorar las formas de enseñanza y, por consecuencia, el aprendizaje de sus alumnos.

La propuesta de las secciones sindicales 50 y 21 fue trazada por personal del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y fue desarrollada a través de una plataforma electrónica llamada Blackboard, además de incluir dos sesiones presenciales, único momento en que se tuvo contacto directo con quienes dirigieron el curso, el resto de la comunicación se hizo vía electrónica.

El sentido del curso es una excelente idea que seguramente traerá buenos resultados a la larga, pero la experiencia que ha dejado dicha instrucción es, además de provechosa, frustrante. Lo primero porque estoy convencido de que quienes participamos en esa aventura sabemos la importancia de adaptar el uso de la tecnología para llevarla a las aulas, con nuestros alumnos; lo segundo, porque, aun cuando el ITESM es una institución de prestigio internacional, dejó mucho a la deriva en cuanto al proceso instruccional.

Entiendo que esa puede ser una estrategia de trabajo: dejar que los alumnos hagan, resuelvan y modifiquen la forma tradicional de aprender, aquella que tiene que ver con el contacto cara a cara con el instructor; pero al parecer, quienes diseñaron el programa, no tomaron en cuenta que estaban trabajando con docentes de educación básica, que aun cuando hacen uso de la tecnología para diseñar una presentación en power point, una tablita en Excel o un documento de Word, no son expertos en el manejo de la misma.

A lo largo del curso se propuso una serie de actividades que debían desarrollarse en equipos o de forma individual, según el caso; sin embargo, la primera actividad que debía entregarse tuvo la gran dificultad de ser en binas. No, lo difícil no era trabajar con otro, sino hacerlo sin saber quién era ese otro, pues a un día de la fecha límite de entrega del producto, el responsable del grupo no había publicado la lista donde se mostraba la integración de equipos.

Lo peor vino cuando, en un estado caótico, los integrantes del grupo, más de treinta maestros, exigían saber con quién trabajarían esa primera actividad mientras la respuesta inflexible del instructor era que no aceptaría productos de forma individual, sin siquiera percibir el error que estaba cometiendo él mismo contra sus políticas de aplicación del curso.

Afortunadamente la situación mejoró en ese aspecto, se corrigió la postura y el trabajo siguió su cauce, hasta que nos dimos cuenta que el mismo instructor, quien antes había exigido la entrega puntual de los productos, aunque fuera sábado o domingo, no contestaba los mensajes que se dejaban en la plataforma ni en su cuenta personal por ser fin de semana. Nunca entendió que quienes tomábamos el curso trabajamos igual que él de lunes a viernes, en uno o dos turnos en distintos horarios al suyo, y que los días que podíamos dedicarle a las actividades se concentraban en los mismos días que él descansaba.

Los mensajes se acumulaban y su respuesta a estos se dejaba ver ausente, o distante en el mejor de los casos. No sé si eso también era parte de su estrategia, pero insisto en decir que él, y el equipo que lo respalda, estaban equivocados. Se suponía que de cada producto recibiríamos retroalimentación para saber si las actividades se habían acercado a lo sugerido por ellos… Es fecha que nadie ha recibido sus comentarios; lo más próximo fue un “Después lo comentamos” a través de la cuenta personal de un compañero, haciendo referencia a uno de los últimos productos entregados.

Una idea muy buena que tuvieron fue crear un espacio de asesoría técnica para aquellos que necesitaban ayuda sobre el diseño del producto final; lo malo fue que quien estaba a cargo de responder las dudas no siempre entendía los cuestionamientos de los compañeros o no sabía cómo resolver las situaciones planteadas. Por otra parte, la mayoría de las participaciones en este foro eran preguntas básicas que encontraban respuesta, las más de las veces, antes de que el especialista reaccionara.

Con todo lo dicho no trato de excusar a mis compañeros, ni a mí mismo, en el manejo, poco o mucho, de la tecnología -se supone que escogieron a quienes teníamos mayores posibilidades de salir adelante con los productos sugeridos-, pero personalmente me dio la impresión de que, como el curso estaba dirigido a maestros de Educación Básica, nos dieron las sobras de un programa que tal vez no vendieron, sino que se ofreció como un servicio social del Instituto, o que al tratarse efectivamente de “profes” no pusieron la atención que hubieran puesto a alguien que seguramente en lo futuro les dejaría ganancias más significativas de las que nosotros podemos aportar, o para no ser mal pensado, que se trata de un programa piloto que busca eco a nivel nacional.

La primera etapa del proyecto termina en unos días, 14 de octubre, y la siguiente fase implica que seremos nosotros quienes compartamos la experiencia con los siguientes compañeros; mi pregunta es ¿será conveniente para ellos que lo haga? No lo sé. Seguramente me enteraré después de que lean este texto.