miércoles, 3 de octubre de 2007

Sobre un curso a distancia; o La conveniencia de ser parte del Tec

En el mes de agosto dio inicio un curso de Actualización en Tecnología para Escuelas de Educación Básica que es parte del Programa de Liderazgo en el Uso Pedagógico de la Tecnología. Dicho curso tuvo como propósito dar a los docentes las herramientas conceptuales y prácticas suficientes para que diseñen, desarrollen, implementen y compartan productos educativos basados en el uso de tecnología de tal modo que puedan mejorar las formas de enseñanza y, por consecuencia, el aprendizaje de sus alumnos.

La propuesta de las secciones sindicales 50 y 21 fue trazada por personal del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y fue desarrollada a través de una plataforma electrónica llamada Blackboard, además de incluir dos sesiones presenciales, único momento en que se tuvo contacto directo con quienes dirigieron el curso, el resto de la comunicación se hizo vía electrónica.

El sentido del curso es una excelente idea que seguramente traerá buenos resultados a la larga, pero la experiencia que ha dejado dicha instrucción es, además de provechosa, frustrante. Lo primero porque estoy convencido de que quienes participamos en esa aventura sabemos la importancia de adaptar el uso de la tecnología para llevarla a las aulas, con nuestros alumnos; lo segundo, porque, aun cuando el ITESM es una institución de prestigio internacional, dejó mucho a la deriva en cuanto al proceso instruccional.

Entiendo que esa puede ser una estrategia de trabajo: dejar que los alumnos hagan, resuelvan y modifiquen la forma tradicional de aprender, aquella que tiene que ver con el contacto cara a cara con el instructor; pero al parecer, quienes diseñaron el programa, no tomaron en cuenta que estaban trabajando con docentes de educación básica, que aun cuando hacen uso de la tecnología para diseñar una presentación en power point, una tablita en Excel o un documento de Word, no son expertos en el manejo de la misma.

A lo largo del curso se propuso una serie de actividades que debían desarrollarse en equipos o de forma individual, según el caso; sin embargo, la primera actividad que debía entregarse tuvo la gran dificultad de ser en binas. No, lo difícil no era trabajar con otro, sino hacerlo sin saber quién era ese otro, pues a un día de la fecha límite de entrega del producto, el responsable del grupo no había publicado la lista donde se mostraba la integración de equipos.

Lo peor vino cuando, en un estado caótico, los integrantes del grupo, más de treinta maestros, exigían saber con quién trabajarían esa primera actividad mientras la respuesta inflexible del instructor era que no aceptaría productos de forma individual, sin siquiera percibir el error que estaba cometiendo él mismo contra sus políticas de aplicación del curso.

Afortunadamente la situación mejoró en ese aspecto, se corrigió la postura y el trabajo siguió su cauce, hasta que nos dimos cuenta que el mismo instructor, quien antes había exigido la entrega puntual de los productos, aunque fuera sábado o domingo, no contestaba los mensajes que se dejaban en la plataforma ni en su cuenta personal por ser fin de semana. Nunca entendió que quienes tomábamos el curso trabajamos igual que él de lunes a viernes, en uno o dos turnos en distintos horarios al suyo, y que los días que podíamos dedicarle a las actividades se concentraban en los mismos días que él descansaba.

Los mensajes se acumulaban y su respuesta a estos se dejaba ver ausente, o distante en el mejor de los casos. No sé si eso también era parte de su estrategia, pero insisto en decir que él, y el equipo que lo respalda, estaban equivocados. Se suponía que de cada producto recibiríamos retroalimentación para saber si las actividades se habían acercado a lo sugerido por ellos… Es fecha que nadie ha recibido sus comentarios; lo más próximo fue un “Después lo comentamos” a través de la cuenta personal de un compañero, haciendo referencia a uno de los últimos productos entregados.

Una idea muy buena que tuvieron fue crear un espacio de asesoría técnica para aquellos que necesitaban ayuda sobre el diseño del producto final; lo malo fue que quien estaba a cargo de responder las dudas no siempre entendía los cuestionamientos de los compañeros o no sabía cómo resolver las situaciones planteadas. Por otra parte, la mayoría de las participaciones en este foro eran preguntas básicas que encontraban respuesta, las más de las veces, antes de que el especialista reaccionara.

Con todo lo dicho no trato de excusar a mis compañeros, ni a mí mismo, en el manejo, poco o mucho, de la tecnología -se supone que escogieron a quienes teníamos mayores posibilidades de salir adelante con los productos sugeridos-, pero personalmente me dio la impresión de que, como el curso estaba dirigido a maestros de Educación Básica, nos dieron las sobras de un programa que tal vez no vendieron, sino que se ofreció como un servicio social del Instituto, o que al tratarse efectivamente de “profes” no pusieron la atención que hubieran puesto a alguien que seguramente en lo futuro les dejaría ganancias más significativas de las que nosotros podemos aportar, o para no ser mal pensado, que se trata de un programa piloto que busca eco a nivel nacional.

La primera etapa del proyecto termina en unos días, 14 de octubre, y la siguiente fase implica que seremos nosotros quienes compartamos la experiencia con los siguientes compañeros; mi pregunta es ¿será conveniente para ellos que lo haga? No lo sé. Seguramente me enteraré después de que lean este texto.

martes, 18 de septiembre de 2007

40 años de servicio

De los cuarenta años de servicio de mi padre, he vivido 37; en esos 37 años he visto de todo, desde el amigo que sin dejo de vergüenza se duerme mientras comparte la lectura de algún libro, hasta el trabajo exhaustivo que implica organizar un baile con Ramón Ayala en algún pueblo que ahora se jacta de ciudad.

Sé, por conducto de mamá, de otros tres años que no viví. Ese tortuoso, al menos para ella, camino por Golondrinas, historia que me gusta escuchar pues siempre se acompaña del reclamo de ella por el atrevimiento de papá al llevarla consigo a “ese rancho polvoriento”, como ella misma dice.

También sé, por los recuerdos de mi viejo, de su paso por Lampazos donde tenía mucho que enseñar, pero sobre todo mucho que aprender. Cuenta que el primer día enseñó las vocales, el segundo el abecedario, el tercero los números, pero que al cuarto día no tenía más que enseñar, aunque apenas hace unos años me enteré que enseñaba a montar a una maestra poco diestra con el caballo. Historias viejas de mi padre que suenan a exageraciones... eso nos conviene creer.

Recuerdo poco la Montemayor; es más no sé si la recuerdo de mí mismo o por referencias de papá, pero tengo grabados en la memoria algunos lugares que me parecen estar relacionados con dicha escuela, aunque no descarto que se trate de referencias cruzadas con las visitas al ISSSTE, que fueron muchas y permanentes.

Llevo conmigo su paso por la Normal Superior, lugar donde ahora trabajo, de esos tableros de ajedrez que hacía o aquellos con muchos clavos y ligas para jugar con canicas o una jabalina que envolvía con tiritas de papel para que tuviera mejor amarre y algunos rompecabezas hechos de cartón para mantenerme ocupado mientras él intentaba estudiar, siempre estudiar, siempre leyendo.

Tengo claro que el hábito de leer no llegó solo o por magia, él es culpable de tantos libros y revistas en mi casa; también entiendo que la profesión docente no fue un accidente en la vida de ninguno de sus hijos y que entre él y mamá manipularon nuestros cerebros infantiles para que nos convirtiéramos en profesores. No es fácil aceptarlo, lo lograron.

Las razones que tuvo papá para ser profesor fueron motivadas por la necesidad de servir, de satisfacer las carencias de los niños con los que sentía empatía; su vocación ha sido el motor de muchas familias, siempre en el medio rural o semi-urbano, pocas veces en el marasmo de la ciudad.

A lo largo de su carrera ha tocado muchas vidas que seguramente han olvidado su nombre, su sombra, el tono de su voz llena de cuentos, cantos e historias para repartir y que nadie sabe de dónde han salido, de sus manos limpias y su frente alta, de sus ojos que escudriñan más allá de lo simple y que siempre tratan de leer el alma de la gente. Lo que no olvidarán será esa paz que les ha compartido, esa armonía permanente con la vida que lo ha convertido en maestro más que profesor, de esas palabras de aliento que se pierden en el tiempo pero que se graban en el espíritu para siempre.

Como hijo puedo decirles que sabe enseñar. No olvido una lección de vida que me dio cuando, al no responder a su llamado, salió furioso de su cuarto para llevarme hasta la puerta de la cocina, llamar al perro y mostrarme que ese animalito hacía más caso que yo, su hijo. Desde entonces entiendo el llamado de mi padre y lo atiendo lo más rápido posible aunque me cueste sacrificar mi propio tiempo.

No sé si haya algo que no pueda hacer, a veces me da la impresión de que se hace loco para que hagamos las cosas por él, desde escribir un artículo para su revista o el periódico de la localidad, hasta preparar el carbón o la leña para la comida del domingo. Lo siento por mis cuñados, eso les toca a ellos.

Siempre le escuché decir que la tarea de un hombre es tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, y que después de eso llega la muerte. Papá, estás equivocado, ya hice las tres cosas y aquí sigo. ¿Será acaso que por eso has decidido escribir tu libro a razón de una página diaria? Porque de ser así, entendido que tu libro lo escribas todos los días en la vida de los demás, de nosotros, en la tuya misma y no en simple papel que es más fácil y privado.

No, tu libro no es privado, es público, es de todos quienes quieren leerte cada día, de quienes quieren compartir contigo un pedazo de esa historia que te has formado, de aquellos que te acompañan a darle vuelta a la página porque es su derecho mientras tu obligación sea seguir escribiendo aquí o en otro lugar.

Oscar Mario Benavides, papá, profesor, amigo, maestro, tenemos mucho en común, no sólo el nombre, y aunque personalmente me falte mucho para alcanzar lo que has logrado, te has encargado de allanar nuestro camino dejando letreros para no perdernos cuando esté oscuro el día.

Maestro, amigo, profesor, papá, Oscar Mario, quienes estamos contigo te queremos y admiramos.

jueves, 2 de agosto de 2007

Harry Potter y el poco deseo de aprender.

Hablar de Harry Potter en estos días no es novedoso. Este personaje inglés se ha sabido posesionar de la plática en el café y en el aula. Unos dicen que es un gran fenómeno, que llevó a la lectura a tomar de nuevo un lugar privilegiado entre los adolescentes que la habían dejado por la televisión o los video juegos; otros señalan que los chavos se identifican con el personaje por tratarse de un adolescente que vive lo mismo que ellos y los más simples dicen que por guapo.

Lo anterior me parece una gran exageración en dos sentidos. Primero porque si bien los adolescentes volvieron a la lectura por Harry, en realidad no la habían olvidado, o porque ese comentario encaja en una cultura distinta y distante a la nuestra; segundo, porque no todos los adolescentes padecen la orfandad (aunque pareciera que sí, sobre todo aquellos que viven con padres que trabajan todo el día), pero sobre todo porque la mayoría de los adolescentes en nuestro país no acuden a colegios de paga o internados que se comparen con Hogwarts, sin contar lo tenebroso que cualquier escuela pública tiene en sí misma.

Es cierto que la obra de Rowling ha sido un fenómeno comercial que ha roto muchos récords de ventas en el mundo, y que ha logrado capturar la atención de muchos niños, jóvenes y adultos; debo decir que son pocos los amigos que aceptan públicamente no haber leído ni uno solo de los libros de esta autora; por mi parte confieso haber leído sólo el primero y la mitad del segundo, con mucho esfuerzo para no dormirme en el proceso.

En nuestra ciudad, y en cualquier otra de este país, no es fácil convencer a los jóvenes para que lean: o de plano lo rechazan o argumentan pretextos, válidos de cierta forma, tales como lo costoso que son los libros ante la película que se exhibe con la novela como referencia.

Habrá quienes digan que lo que acaban de leer es digno de la excomunión docente pues ¡¿cómo me atrevo a comparar el libro con la película?! Pero es verdad. Las películas, particularmente las de Harry Potter, están bien hechas, todas guardan la esencia del libro, son más económicas para nuestros jóvenes alumnos, sobre todo en miércoles, duran poco más de dos horas que se acompañan de palomitas, nachos, soda y hasta un buen amigo o amiga, según prefrencias.

La última entrega cinematográfica de Potter me pareció la más atractiva, vista como maestro y desde mi memoria como alumno. Plantea la posibilidad del aprendizaje significativo colectivo, motivado por el interés de bloquear lo realmente importante de la educación en Hogwarts. ¡Ojalá así lo entiendan mis hijas y alumnos!

Explico, con la condición de que si no has visto la película vayas al cine, o al mercadito, para confirmar lo que te digo. Resulta que el Ministerio de Magia envía al colegio a un visor para regular y vigilar las formas de enseñanza que se ofrecen allí, pues se dice que últimamente se han presentado situaciones poco convenientes, políticamente hablando, al suponer que el director de dicha escuela busca el cargo máximo en el Ministerio. (Si, sigo hablando de la película)

Ante esta situación, y habiendo comprobado que realmente se ofrecen muchas libertades a los estudiantes, el Ministerio, a través del visor, decidió restringir el uso de la magia dentro de las aulas, (no perdamos de vista que es una escuela para magos) pues parece poco favorable que los alumnos aprendan en la práctica, provocando que las clases se vuelvan teóricas.

Los alumnos, que buscan aprender algo que realmente les sea de utilidad, se organizan para poner en práctica sus conocimientos teóricos, acción que molesta a la autoridad por no tener el control de lo que hacen los estudiantes. Al cabo de algunas escenas y algunos actos de represión, los alumnos se revelan abiertamente tomando la escuela y amenazando con continuar con su protesta si no les enseñan lo que necesitan aprender, y no sólo lo que las autoridades consideran debe impartirse en tan peculiar institución.

Líneas antes mencioné que me gustó la película, y tengo días, si no años, preguntándome ¿cuándo nuestros alumnos tomarán la iniciativa de reclamar, de exigir, lo que les corresponde como estudiantes? ¿cuándo entenderán que si no reaccionan ante su propia indolencia no podrán avanzar? Quieren el reconocimiento, si, pero sin mucho esfuerzo, bajo el pretexto de no saber qué hacer o cómo hacerle para lograr que el maestro cumpla con su trabajo.

No estoy incitando a que los alumnos tomen las aulas, no es esa la idea, pero tampoco se trata de que se queden cruzados de brazos esperando a que alguien venga y les resuelva la vida; no sugiero que sacrifiquen sus ratos libres, como sucede en la película, para aprender cosas realmente interesantes, sino buscar y aprovechar los momentos destinados al aprendizaje.

Los alumnos con los que he tratado siempre se quejan de que “el profe no enseña nada”, cuando en realidad, muchas de las veces, no entienden lo que les quiere decir y no le quieren preguntar para no verse tan burros; pero si les toca de suerte un maestro que quiera trabajar en serio, se refugian en su concha más grande para evadir a ese compromiso.

Difícilmente imagino a mis alumnos organizando grupos de estudio para satisfacer sus propias necesidades de aprendizaje; igualmente difícil sería verlos entusiasmados con la idea de compartir abiertamente lo que saben, no por envidia, sino porque no confían en su propia capacidad para hacer las cosas bien, a la primera o la segunda o a la tercera... Siempre buscan excusas, pretextos; inventan disculpas que no resuelven nada su situación de apatía hacia el futuro que les espera.

Entre menos trabajo les ponga el profe, mejor. Nada es más molesto que un maestro que encarga leer lo de la clase de mañana, -“al cabo si no leo ahorita, leemos todos en el salón”; todos quieren un profesor comprensivo que encargue ver la tele –“pero lo que a mí me gusta ver, no lo que él quiera”. En la secundaria eso es natural, son adolescentes, y aunque no es excusa suficiente, se puede perdonar su ignorancia y comodidad pues el futuro lo ven lejos todavía, ¡pero en las formadoras de docentes!

Algunos de mis alumnos tienen las oportunidades limitadas, a veces por lo económico y otras por su ineptitud, y si a eso le sumamos que un buen porcentaje de ellos no se interesa en lo que hace, ya se imaginan el tipo de estudiantes que son, ¡o peor aún! ¡El tipo de profesores que serán!, sobran las palabras.

En nuestras escuelas no estamos limitados por un Ministerio, bueno, al menos no como en la película; y nuestros alumnos tienen el derecho de aprender lo que necesitan aprender, lo que realmente importa, lo útil. Ese plus que exigimos como alumnos de brazos cruzados no va a llegar así nada más porque sí, tenemos que buscarlo o hacerlo si no existe.

Siempre he creído que la fuerza nace de la razón y que si nuestros alumnos, algún día (no pierdo la esperanza), alzaran la voz con argumentos suficientes para convencerse a sí mismos, antes que a sus maestros, de lo que realmente necesitan aprender para sobrevivir en un mundo de locura como este, todo sería distinto en las escuelas y en el trabajo docente.

No sé cómo sería el mundo si realmente existieran Potter y sus amigos, seguramente no serían un grupete que simula cantar con ropas de colegiales (¿o si?); es más, no imagino, sin considerarme un fan, el mundo sin Harry Potter en las librerías, revisterías, vídeo clubes, jugueterías, el cuarto de mis hijas. Lo que sí sé, es que es más fácil ignorar el mensaje de “La orden del Fénix” que trabajar de a deveras en lograr que nuestros alumnos cumplan con lo que señalan los programas, que por cierto, no es muy diferente a lo que muestra la película, salvo por aquello de magia.

Harry Potter no defiende el mundo real, pero defiende su forma de aprender aunque sea ficticia; como profesores, tenemos la obligación de no convertirnos en visores de ningún ministerio que limite la libertad de nuestros alumnos, tenemos que obligarnos, desde la aulas de las normales, a dar lo mejor que tenemos en la trinchera que nos toque defender.