jueves, 12 de febrero de 2015

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En ocasiones es necesario detener el tiempo, unos segundos apenas, para alcanzar a dimensionar lo que pasa en nuestro entorno; lamentablemente algunos, como yo, no nos permitimos ver lo que nos duele, lo que nos cala hondo, lo que nos podría soltar emociones que tenemos olvidadas o, peor aún, que no conocemos. Desde mayo del 2013 mi familia ha enfrentado una cuestión de salud que la trae de cabeza y creímos, en nuestra soberbia, que ya estaba superada. Hace unos días, doce para ser exactos, el fantasma del cáncer apareció de nuevo, pero aparentemente fortalecido. No sé si por un mal diagnóstico, porque llegó más agresivo como dicen los médicos, por desatención –que iría ligada a la soberbia que ya mencioné-, o porque algún Dios así lo quiso. Lo que puedo decir es que temo que en esta ocasión no la libraremos. Tengo un terrible miedo de que papá se quede sin su compañera, tengo un terrible miedo de que mis hermanas se desmoronen, tengo mucho miedo de derrumbarme ante mis hijas y mi esposa, … Por los primeros del mes manifesté a viva voz que yo también siento lo que está pasando (por cierto, creo que les extrañó escuchar eso, porque pensaron que estaba alterado) y, desde entonces, no he vuelto a decir palabra al respecto porque no sé cómo decirlo, no sé cómo llorar, no sé cómo soportar el dolor, ni siquiera sé si esto es dolor… me oprime el pecho, me cierra la garganta, me provoca ansiedad, me olvido lo que estoy diciendo o haciendo para quedarme quieto pensando en la vieja, escuchando sus palabras en mi memoria, imaginando que en cualquier momento me van a hablar para darme la noticia, al grado que prefiero ignorar el teléfono para no enterarme de nada, prefiero mantenerme ocupado en cosas de la escuela para evadir esto… Cada paso que doy es con permiso de cada pie, camino sin prisa; conduzco, de eso me di cuenta hace rato, sin poner atención, no sé a dónde voy cuando voy en camino, casi puedo decir que voy en automático a donde sea que llegue; por las noches duermo a ratos y los ratos que estoy despierto sólo escucho su voz, veo sus ojos de ese día que lloraba porque ya se quería ir a casa, mientras el enfermero buscaba insensible el lugar exacto para inyectarle el suero; los mismos ojos que anoche le puso a nuestro médico de confianza –mi prima- cuando ésta le dijo que si no mejoraba su condición en lo inmediato tendría que ser internada. Le temblaron los labios y apenas balbuceó “esperamos a mañana”. Hace apenas unos minutos me habló mi hermana para decirme que sigue mal, que no durmió, que no ha comido y que no tolera lo que bebe: se está acabando y no puedo hacer nada… La imagino con miedo, pero no de lo que le espera porque su fe la tiene medio tranquila, sino de lo que cree que deja aunque siento que en realidad se lo lleva casi todo… ¿Cómo saco esto? ¿Por qué no puedo hacerlo si se ve tan fácil en los demás? Creí que esto ayudaría, pero lo complica más porque eso de hablar conmigo no siempre me funciona –y además suena a locura-.